La sala de espera de la esperanza: escrito del expresidente Betancur

La sala de espera de la esperanza: escrito del expresidente Betancur

El exmandatario repasa aportes de columnistas sobre el proceso de paz con las Farc.

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03 de julio 2016 , 07:58 p.m.

¡Oh siempre gloriosa
patria mía,
tanto por plumas como por espadas!
Luis de Góngora
y Argote

El periodismo colombiano es abundante en ejemplos de columnistas visionarios, cuyos escritos constituyen testimonios anticipatorios de patria, de buen decir y de bien analizar. Luciano Pulgar es uno de esos casos, con sus Sueños; también, el de los distintos nombres exaltados en su propia trayectoria por el escritor que se escondía detrás de Cleofás Pérez o de Hefestos, aquí Carlos Lleras Restrepo, allá don Marco Fidel Suárez, acullá Calibán por Enrique Santos Montejo; o Jacinto Ventura por Laureano Gómez, o Ulises por Eduardo Zalamea Borda; o, en fin, por D’Artagnan, Roberto Posada, para hablar solo de unos cuantos eminentes y lúcidos, de ayer y de hoy.

Soy lector cotidiano de los columnistas de periódicos y revistas; sigo las huellas de publicaciones literarias críticas, que analizan con estilos diferentes y casi siempre discrepantes pero aleccionantes el variopinto día a día de Colombia y del resto del mundo. Y doy fe de que, recogidas en libros, sus columnas en no pocas ocasiones se convierten en referencia iluminante para historiadores y para quienes no lo somos. Las evocaciones anteriores dicen con elocuencia sobre un pasado reciente, con el cual he coincidido o discrepado, siempre entendiendo y aprendiendo.

Otro tanto hicieron los Santos, raíces de una estirpe de escritores que son claves indispensables en el periodismo del comienzo del tercer milenio, el presidente Eduardo Santos, pensador, escritor y gestor, como leemos en los dos preciosos volúmenes de Otto Morales Benítez; y don Fidel Cano, quien creó el formato estilístico del Carnet, elevado a su más alta expresividad con ese mismo título por el objetivo y sacrificado Guillermo Cano, de una saga benemérita. ‘El tábano’, de Doña Bertha Hernández de Ospina Pérez, eran notículas de expresión copiosa que picaban aquí, picaban allí, en una especie de asepsia social y política, para ser convertidas más tarde por su autora en libros de resonancia pedagógica urticante: acremente picado varias veces, pero al final resulté su amigo y protegido, a mucho honor.

No hay un modelo único, excluyente, de columnistas, ni en la prensa hablada, ni en la escrita, ni en la televisiva. Los hermanos Álvaro y Enrique Gómez Hurtado discurrieron por este camino, cada uno a su manera; y recogieron en libros de exquisita textura lo mejor de su pensamiento. Desde los tiempos de la Revista Colombiana, con su padre Laureano Gómez y José de la Vega, y claras figuras del pensamiento escolástico, habían transitado el itinerario del artículo, que transmutaban en ensayo y este en libros, los cuales son referencia histórica ineludible, se esté de acuerdo o en desacuerdo con su pensamiento.

Y así, tantos casos relevantes en el panorama nacional, cuyas ausencias en este escrito ya estoy lamentando. Vayan unos pocos ejemplos, como Juan B. Fernández en El Heraldo, en Barranquilla, y el Grupo de La Cueva; como Rodrigo y Francisco Lloreda, en El País de Cali; como José Salgar y Roberto García-Peña y Jaime Posada y Plinio Mendoza Neira y Juan Lozano y Silvio Villegas en tantos diarios ilustres; y los Gómez Martínez y Alberto Velásquez en El Colombiano, de Medellín. Y los grecolatinos y los leopardos con José Restrepo en La Patria de Manizales. Y aquel brillante e inolvidable grupo con Gabo a la cabeza, que surgiera en El Espectador; y los Uribe; y los viejos y nuevos Zalameas; y los López Michelsen y la saga López. Y tantos y tantos que nos ilustran y orientan, a veces parcialmente pero nos ayudan a pensar con objetividad.

Y, repitamos, como el periodismo de la televisión y de las cadenas radiales, por las cuales discurren analistas espléndidos, recios en sagacidad y en controversia; atinados en la apreciación de la insondable huella de los siglos.

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Pues bien, en su reciente El tiempo por cárcel, Roberto Pombo conversa con el brillante escritor que es Juan Esteban Constaín sobre el proceso de paz; sobre el advenimiento del país nuevo que ya se vislumbra por el horizonte gracias al coraje de Santos y de los infatigables e iluminados miembros del grupo negociador de La Habana que comanda Humberto de la Calle. Y de cuantos enriquecen a su manera los textos de la paz, desde posiciones controversiales que apuntan a la esencialidad de los textos, cada quien a su manera y desde su propia atalaya.

Que este libro no es una apología ni una biografía sino un diálogo, escribe Constaín, de lo que puede ocurrir en una vida que se ha pasado contando la vida de otros. Y Pombo dice que se trata de alguien que entre la vida y la muerte escogió la vida.

Sí, soy lector de columnistas del mundo entero, sean cuales fueren sus filosofías y tendencias, principalmente del pensamiento social de la Iglesia católica, católico como soy, y adepto del humanismo social de un Morales Benítez y su estirpe; brillante; del conservatismo social de los Pastrana.

Por ejemplo, leí con parsimonia la ponencia del marxista Ramón Tamames en la sesión plenaria de abril del 2016 de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España. Cuenta Tamames que al llegar con su esposa al aeropuerto Papeete, de Tahití, vieron una enorme ampliación del cuadro de Paul Gauguin conocido con el nombre de

¿De dónde venimos, qué somos, a dónde vamos? Tamames adoptó tal nombre como título de un próximo libro suyo del cual hará parte la ponencia de que antes hablé, en la que reflexiona sobre grandes temas, entre ellos la Ilustración, de escoceses, franceses y alemanes de Kant para adelante, que tanto nos concierne a los colombianos, desde la Expedición Botánica de Mutis. Pues bien, el agnóstico Tamames, con quien tengo algunas discrepancias con respeto, postula la necesidad de una ética global de raíces ecológicas como un principio de esperanza; y recoge en cuatro preguntas el pensamiento de Kant, así: ¿Qué puedo hacer? ¿Qué me es permitido esperar? ¿Adónde vamos? ¿Tenemos esperanza?

Yo tengo rotunda esperanza. Por eso vengo de la guerra y estoy con la paz, que es a donde voy: a una patria nueva en la que todos los colombianos –estemos donde estemos– vivamos amándola y llenándola de educación, progreso, justicia y libertad.

* * * *

Así, he vencido mi reluctancia al elogio del columnista Pombo, por tratarse del director de “la cárcel” del tiempo; pero la densidad, visión y exuberancia de pensamiento en su libro merecen todas mis exaltaciones y recomendaciones. Y porque anhelo que se cumplan sus premoniciones: de la llegada de la paz. De la paz que ansío con inmensa e intensa ilusión, en la sala de espera de la esperanza.

BELISARIO BETANCUR*
Especial para EL TIEMPO
*Expresidente de la República

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