La paz con cabeza fría

La paz con cabeza fría

El resultado del plebiscito se convertirá en un terremoto, con consecuencias políticas.

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02 de julio 2016 , 11:59 p.m.

En cierto sentido tienen razón los críticos y los uribistas cuando cuestionan el despliegue internacional y mediático que promovió el Gobierno, la semana pasada, para anunciar un cese del fuego y de hostilidades bilateral y definitivo, aunque todavía indeterminado para su entrada en vigencia, pero que en la práctica ocurre desde hace varios meses. Si no fuera por los apuros de favorabilidad del presidente Santos, el Gobierno se lo hubiera podido ahorrar.

Pero se equivocan, porque el evento resultó políticamente válido, dada la enorme complejidad del proceso de paz, de su significación histórica a la luz del acuerdo complementario de dejación de armas, de zonas de concentración y de aceptación del mecanismo del plebiscito por parte de las Farc. Y además legítimo como forma de notificar al país de la necesidad de prepararse ante la inminencia de un acuerdo final.

Ello es apenas una muestra de lo difícil y abigarrado que puede resultar el debate de refrendación de la paz que se avecina, incluso por encima de los dogmatismos, porque en muchos casos las conclusiones dependen del cristal con que se mire. Y si bien el país va a asistir a su anestesia general en los próximos seis meses, y el Gobierno no la desaprovechará para ganar el plebiscito y recuperar la imagen presidencial, tampoco nada nos garantiza un posacuerdo ausente de traumatismos y de reciclaje de la violencia.

Es vital entonces un debate sano, con cabeza fría y con todas las garantías para la oposición, sin utilizar la aplanadora y las descalificaciones innecesarias de los fundamentalistas de la paz. Porque una cosa es cuestionar con vehemencia al uribismo por sus posiciones y otra llamar mensos, como hace el copresidente del Partido Liberal, Horacio Serpa, a quienes firmen la proclama uribista en vez de votar el plebiscito. O llamar ladrones a los parlamentarios del Centro Democrático, como lo hizo la senadora Claudia López, porque se retiraron de una sesión para desbaratar el ‘quorum’ congresional. Tan legítimo es el filibusterismo parlamentario como democrática es la campaña de ‘resistencia civil’ o el ‘firmatón’ que promueven.

Otra cosa es que la posición cerrera del expresidente le haya impedido ver los matices, que pierda el pulso de la guerra y de la paz con Santos, y haya caído en un callejón sin salida en el que con cara gana el Gobierno y con sello pierde Uribe. Porque modificar su postura fundamental para montarse por la puerta chica en el tren de la paz es perder, y persistir en la actitud inflexible también es perder cuando las posibilidades del triunfo del no en el plebiscito son mínimas. Adelantar una campaña bajo esa bandera puede ser incluso un suicidio político.

Si bien cualquier cosa puede pasar, porque el futuro no está escrito, es claro que si hace tres, dos y un año el camino de la paz era de gran incertidumbre, ahora no solo un acuerdo con las Farc es irreversible, sino que también son relativamente previsibles el sendero de los acontecimientos y las fulminantes consecuencias del terremoto político de la paz. Y allí es muy probable que Santos disfrute de su cuarto de hora, que Vargas Lleras se sienta cómodo para acentuar su apoyo a la paz o tomar distancia ante tempranas grietas y que Uribe resulte como el gran perdedor. A diferencia del confuso referendo de 2003, que obtuvo 6’300.000 votos, el plebiscito será una pregunta simple que puede conseguir entre 8 y 9 millones de votos. En ese caso, Uribe debería hacerse a un lado ‒como deberían hacer todos los expresidentes‒ para no taponar más la emergencia de nuevos liderazgos a la derecha del espectro político.

John Mario González
@johnmario

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