Editorial: Final de temporada

Editorial: Final de temporada

El lenguaje de las series de TV es quizás el más idóneo para descifrar la política local y mundial.

01 de julio 2016 , 08:22 p.m.

Se ha vuelto común que se ponga de ejemplo alguna serie de televisión para explicar lo que está sucediendo en todos los países del mundo. Es claro que, con los sistemas de televisión por cable y los proveedores de películas en internet, el planeta entero se ha puesto al día en los mismos referentes, y es ya corriente también escuchar frases tales como ‘Fulano es el Frank Underwood colombiano’, refiriéndose a la serie política 'House of Cards'; ‘la justicia de este país funciona como se ve en 'Making a Murderer'’, en referencia al documental en diez partes que tanto sonó al principio de este año; “es increíble que estemos viviendo aquí la cuarta temporada de 'Games of Thrones'”, aludiendo al programa que por estos días nadie se pierde.

Desde hace ya varios años viene hablándose de un renacer mundial de la televisión, empujado por los trabajos hechos en Estados Unidos, en Hollywood. Luego de una primera etapa de producciones de autores comparables con las grandes obras de la narrativa literaria, luego de series de los años noventa como 'Twin Peaks' o 'Picket Fences', vino –a raíz de la libertad concedida a los realizadores por canales de cable como HBO o Showtime– una seguidilla de obras seriales que sirvieron como refugio de grandes talentos y recobraron para los espectadores del siglo XXI el espíritu y la estructura fascinante de las novelas por entregas del siglo XIX.

Si algo tienen en común los hombres de estos tiempos, aparte de sus héroes del mundo del espectáculo y del deporte, aparte de la supuesta libertad de las redes sociales, es esa serie de dramas por entregas que en un principio vinieron de la BBC británica y de los canales norteamericanos de cable y de los mismos realizadores del cine de Hollywood –y se quedaron con los guionistas y los actores de las películas más taquilleras–, pero que han comenzado a originarse en los canales de países como Francia, España, Argentina o Dinamarca, y han obligado a las televisiones de las demás naciones a replantearse sus contenidos y sus formatos resignados a un público tradicionalista que veía la televisión como otra de sus costumbres.

Hoy en día resulta útil, para hacerse entender, decir que todo lo que está ocurriendo en la campaña presidencial de los Estados Unidos ya sucedió de igual manera en 'House of Cards' o en 'The West Wing' o en 'Veep'; que algún político temible de los que se cuelan en las primeras planas se ha estado portando como el despiadado protagonista de Los Soprano; que todo este mundo plagado de nuevos nacionalismos, en el que la Gran Bretaña se va de la Unión Europea y los fundamentalistas emprenden guerras en las tras escenas de las ciudades icónicas, es el mundo que ha estado contando la incansable 'Homeland' en sus cinco temporadas: podría decirse, sin temor a exagerar, que las series de televisión se han convertido en una suerte de relato en común al que puede acudir cualquier persona para hacerse entender en el planeta del siglo XXI.

Hace un año, el 2 de abril del 2015, el presidente Barack Obama envió un video al mundo en el que imitaba al protagonista de 'House of Cards': “Frank Underwood lo aprendió de mí”, decía. Y dejaba en claro que todos hablamos hoy la lengua de las series.

editorial@eltiempo.com

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