La historia detrás de la Casa de la Ópera, emblema de Sídney

La historia detrás de la Casa de la Ópera, emblema de Sídney

Una idea que resultó difícil de volver realidad, es uno de los tesoros que identifican a Australia.

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29 de junio 2016 , 09:41 p. m.

La Casa de la Ópera, el edificio emblemático de Sídney, la gran urbe australiana, probablemente no es el mejor ejemplo de un proyecto bien desarrollado.

Se adjudicó con la emoción que da una bella idea, pero sin completar, y se inició prematuramente para evitar que se quedara en sueño.

La complejidades imprevistas del reto pusieron a su creador y sus realizadores a resolver problemas fundamentales a mitad de obra. Y como resultado de todo ello, la construcción se extendió a 14 años y su costo fue 15 veces el inicialmente presupuestado, superó los 100 millones de dólares.

Pero toda esta historia hoy es casi una anécdota. Después de 43 años de su inauguración, el complejo de imponentes conchas levantadas en menos de dos hectáreas al pie del mar le ha devuelto con creces a la ciudad el esfuerzo realizado.

Patrimonio del mundo

Unos 6 millones de personas de todo el mundo lo visitan cada año y se regresan a casa por lo menos con una foto delante de su fachada, con una camiseta que la tenga dibujada o con una réplica en pequeño a cambio de unos pocos dólares australianos.

La famosa estructura es hoy uno de los recintos culturales más concurridos del mundo con al menos 1.800 funciones anuales y es sede de la compañía de Ópera Australia, la Compañía de Teatro de Sídney, la Orquesta Sinfónica de Sídney, la Orquesta Australiana de Cámara, la compañía de teatro Bell Shakespeare, el Ballet Australiano y el Teatro de Danza Bangarra.

La condición de este edificio icónico de centro de arte de clase mundial es consecuente con otra: la de patrimonio de la humanidad, por ser una de las piezas maestras de la arquitectura del siglo XX.

La Unesco, al otorgar el título en el 2007, la destacó como un ejemplo de gran creatividad tanto arquitectónica como de diseño estructural, localizada en medio de un paisaje acuático sin igual.

El hombre de la idea

El origen de toda esta maravilla cultural estuvo en la cabeza de Jørn Utzon, arquitecto nacido en Copenhague en 1918, en la familia de un reputado ingeniero naval.

En su formación como creador de espacios se le cruzaron nombres como Erik Gunnar Asplund, Alvar Aalto y Frank Lloyd Wright, todos ellos con huella en la historia de la profesión.

Estocolmo, Londres, Helsinki y otros lugares de Europa quedaron marcados en su pasaporte, pero también estuvo en el exótico Marruecos, vivió algo del florecimiento como potencia de Estados Unidos y cayó fascinado ante la arquitectura maya de las pirámides.

Probablemente, mucho de tan variadas experiencias quedó plasmado en su propuesta para participar en el concurso que había abierto en 1956 el gobierno del estado de Nueva Gales del Sur, del cual Sídney es capital. El objetivo era tener una nueva sala para la ópera y otra para los conciertos sinfónicos y no había parámetros de diseño ni límites de costo en las especificaciones de la convocatoria.

Utzon presentó al año siguiente una propuesta sin duda hermosa pero sin gran desarrollo, que estuvo cerca de ser rechazada. Sin embargo, Eero Saarinen, arquitecto y diseñador estadounidense de origen finlandés, que hacia parte del jurado, se enamoró de la idea de Utzon y se empeñó en que fuera el proyecto ganador, entre los 233 proyectos recibidos, procedentes de 32 países.

Sus argumentos fueron acogidos y el premio, cargado con 100.000 dólares, fue para el danés. Poco después, Utzon se instaló en Sídney y empezó a descubrir las complejidades extremas de la realización del proyecto.
Mientras avanzaban los trabajos sobre la base –el podio de donde debían emerger como velas gigantes las conchas–

Utzon y su equipo de arquitectos e ingenieros desarrollaron la estructura final de las mismas y también los detalles del interior.

La clave de las conchas estuvo en imaginarlas como parte de una esfera. Sin embargo, encontrar las soluciones y la forma de hacerlas realidad de manera más eficiente tomó tiempo, y los costos fueron creciendo. Este fue uno de los primeros proyectos en los que se usaron herramientas computacionales para medir las fuerzas a las que estaría sometido.

Como era de esperarse, con las dificultades fueron apareciendo las críticas y las intrigas entre los políticos y las personalidades de la ciudad. Un cambio en el poder hizo que las tensiones entre todos los involucrados en el proyecto crecieran y el blanco principal era, por supuesto, Utzon.

En algún momento de 1966 se hicieron cambios en los planos que no le gustaron al arquitecto danés, y este decidió abandonar Sídney con la idea de nunca más volver.

Entonces el arquitecto Peter Hall, con la colaboración de otros colegas, tomó la batuta e hizo ajustes, especialmente en el tema del diseño interior, para sacar definitivamente adelante el proyecto. Siete años después tanto esfuerzo y tanta espera dieron sus frutos.

Reconciliación y premio

El 20 de octubre de 1973, con presencia de Isabel II, también reina de Australia, el mundo supo que había una maravilla nueva en l Bennelong Point de la bahía de Sídney.

Hubo fuegos artificiales, sonó la Novena Sinfonía de Beethoven, barcos de todos los tamaños llenaron la bahía, aeronaves surcaron el cielo para darle gala al acto, se oyeron los discursos entre el viento incesante, pero el nombre de Utzon, quien no fue invitado, no se escuchó por los altavoces.

Solo a finales de los años 90 llegó la reconciliación con el creador, que ya tenía más de 80 años. La empresa que maneja el complejo lo nombró asesor y le pidió preparar un protocolo para guiar futuros cambios.

En el 2004, un año después de ser reconocido con el Premio Pritzker –algo así como el Nobel de la arquitectura– el primer espacio interior de la Opera House fue renombrado como Salón Utzon. Honor apenas justo para quien le regaló a Sídney su más preciado emblema.

JUAN CARLOS BERMUDEZ
juaber@eltiempo.com

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