'Brexit': el día en que los viejos decidieron el futuro de los jóvenes

'Brexit': el día en que los viejos decidieron el futuro de los jóvenes

El referendo fue un tsunami para la política británica y las consecuencias no son triviales.

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29 de junio 2016 , 09:34 p.m.

Independientemente de que la salida del Reino Unido de la Unión Europea ha sido el varapalo más duro para lo que se ha dado en llamar el ‘Proyecto europeo’, el 'brexit' ha abierto una espinita muy difícil de cerrar y de consecuencias impredecibles (Lea también: 'Tras el 'brexit', dólar en Colombia subió $ 75 y bolsa cayó 0,89 %').

A lo anterior hay que añadir que este irresponsable referendo, que casi nadie pedía en Gran Bretaña, ha dejado patente una profunda ruptura generacional, territorial y social en el Reino Unido. Si a lo anterior unimos que está por medirse la repercusión que tendrá en los demás Estados miembros la salida del club europeo de la segunda economía de Europa, podemos decir que las secuelas del malhadado referendo son, sin lugar a dudas, aciagas.

Comencemos contestando la capital pregunta de por qué el Reino Unido votó por la salida de la Unión Europea. La principal causa de que más de la mitad de los británicos haya optado por la ruptura es el desencanto de una gran parte de los súbditos de su majestad con las élites de Westminster y con las de Bruselas, que “no están funcionando para ellos”. Cuestión que se manifiesta en el descontrol que para muchos británicos supone la emigración de personas del este y del sur de Europa a las islas, todo ello con una carga emotiva e irracional sustancial.

Esto, que no es un problema para unos jóvenes británicos, más formados y más urbanos, es de capital importancia para los mayores con pocos estudios, que se sienten intimidados con una Europa común en la que difícilmente pueden competir.

Si quisiéramos una frase lapidaria para definir lo que fue el resultado del 'brexit', se podría decir que los mayores decidieron el futuro de los jóvenes británicos.

Una brecha irreparable

De humanos es buscar a un culpable de todo este desaguisado con nombre y apellidos, y el convicto es David Cameron, representante máximo de la estulticia política en el mundo occidental contemporáneo (Lea también: 'David Cameron anuncia su dimisión tras victoria del 'brexit''). Primero dividió irremediablemente a una sociedad, hasta ese momento tranquila como la escocesa, convocando a un referendo sobre su separación del Reino Unido sin que hubiera sido una petición popular masiva para ello. Salió airoso por los pelos, pero dejó una brecha irreparable en la sociedad escocesa.

Creyendo que podría ganar un nuevo referendo declarándose partidario del 'remain' en la Unión Europea y presionado por el ala más derechista y euroescéptica de su partido, convocó a una consulta rupturista con la UE creyendo ganarla, aunque fuera por un estrecho margen, como había ocurrido con la consulta escocesa.

Los sondeos anteriores a la votación daban la victoria del 'remain' sobre el 'leave' por un exiguo margen, pero algunos datos ensuciaron una campaña en la que el asunto de la emigración movilizó a los más contrarios a continuar dentro de la UE.

El ascenso del xenófobo partido UKIP a la derecha del Partido Conservador y la oratoria estridente, pero contundente, de su líder Farage, condicionó el voto de muchos ciudadanos que antepusieron su xenofobia a los perjuicios económicos que la salida del Reino Unido de la Unión Europea podría suponerles.

Porque el futuro económico de Gran Bretaña después del 'brexit' es cuando menos sombrío, si nos fijamos en las primeras reacciones de los mercados: la libra se ha desplomado con respecto al dólar y al euro, colocándose a los niveles de mediados de los años 80 y ratificando a la vez que el 'leave' ha sido el peor resultado para la mayoría de los inversores.

Es cierto que tanto el Banco Central Europeo como el Banco de Inglaterra han declarado que tomarán todas las disposiciones necesarias para que no se dé un cataclismo bursátil (Lea también: 'Líderes europeos le piden al Reino Unido irse de la UE con rapidez'), pero habrá que ver si son capaces de ejecutar esas promesas, vista en otras tesituras la incompetencia de las autoridades económicas, sobre todo en la Europa continental.

El ‘Reino desunido’

Para la política británica, el 'brexit' ha sido un cataclismo, un terremoto inesperado, incluso para los que lo apoyaban, pero lo que es innegable es que el Reino Unido se ha convertido en el ‘Reino desunido’. Escocia e Irlanda del Norte amenazan con abandonar una alianza que se dio en 1707, cuando se creó el Reino Unido de la Gran Bretaña y que hizo que fuera por siglos la primera potencia mundial.

Gales e Inglaterra han apoyado el 'brexit'; en cambio, Escocia e Irlanda del Norte se han inclinado por continuar en la Unión Europea. La primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, incluso antes de la convocatoria del referendo, proclamaba sin recato que, independientemente del resultado, “Escocia ha dado un voto fuerte y equivoco a favor de permanecer en la UE”.

Tampoco ha perdido tiempo la premier escocesa en plantear la posibilidad de un nuevo referendo para conseguir la independencia una vez cristalizada la victoria del 'brexit'. Para los independentistas escoceses el que venciera la permanencia al Reino Unido en el referendo escocés de 2014 se debió en parte al deseo de los escoceses de pertenecer a la Unión Europea, una opinión que parece ratificarse al conocer los resultados del viernes pasado, cuando el 60 % de los escoceses votaron a favor del 'remain'.

Por su parte, Martin McGuinness, el viceministro de Irlanda del Norte y antiguo militante del IRA, ha puesto sobre la mesa la posibilidad de un rompimiento con el Reino Unido para unirse a la vecina Irlanda.

Si concluimos que el 'brexit' ha sido un tsunami para la política británica, las consecuencias del referendo más allá de las fronteras británicas tampoco son triviales.

¿A golpe de crisis?

Si el Reino Unido como tal tiene un futuro incierto, el de Europa es impreciso y trufado de riesgos. Por lo pronto, los intentos de mayor integración de la UE chocarán en muchos países con unos nacionalistas crecidos por el 'brexit'. Habrá que ver si la premonición de Jean Monnet, uno de los padres del europeísmo, de que Europa “se forjaría a golpe de crisis”, se cumple. Recordemos que es feroz la oposición a la UE desde una parte de la ciudadanía de muchos países europeos.

Una opción probable es que Europa opte por intentar no cambiar nada, como si todo siguiese igual. Conociendo los antecedentes de la UE, es la alternativa más probable, pero tiene sus riesgos. La posibilidad de un gobierno de extrema derecha en Francia, uno de extrema izquierda en España o del populismo del Movimiento Cinco Estrellas en Italia, todos antieuropeístas, haría que la UE se viera forzada a descentralizarse y permitir más autogobierno antes que tener que acometer otra ruptura como la de los británicos, en otro socio de la unión.

Para la ultraderecha europea el triunfo del 'brexit' ha sido una “victoria de la libertad”, y así lo expresaba una eufórica Marie Le Pen, que lleva años pidiendo un referendo en Francia y en el resto de los socios europeos. Su sobrina, Marion Marechal-Le Pen, también dirigente del Frente Nacional francés, ha planteado un 'frexit' como un ejercicio de libertad y del “derecho a elegir”.

En los Países Bajos, Geert Wilder se ha expresado en términos similares a sus colegas ultraderechistas franceses: “¡Hurra por los británicos, ahora nos toca a nosotros!”, exclamó.

En Italia, el secretario general de la Liga Norte y eurodiputado se pronunció en términos similares cuando dijo: “Ahora nos toca a nosotros”. En el primer socio de la Unión, Alemania, la formación populista de derecha Alternativa para Alemania (AFA) y uno de sus líderes, Joerg Meuthen, pidió un referendo, a la vez que exclamaba “es tiempo de cambiar”.

Si nos fijamos con atención, el nexo que une a todos estos grupos políticos escorados a la derecha en Europa es su rechazo a la emigración y al espacio de libre circulación de Schengen, además de la denuncia del problema de asimilación que supondría, según ellos, la entrada de Turquía al club de los países europeos que es la UE. Países como Austria o Dinamarca, con formaciones de tinte extremo, han escuchado manifestaciones del mismo tono.

Si bien cada país mentado tiene características particulares, todos estos grupos están unidos por el rechazo a la emigración y a los eurócratas, además de una añoranza evidente de la independencia nacional que ahora ven supeditada a dictámenes de Bruselas.

Al otro extremo del espectro político europeo, y por ello en muchos casos coincidente con la derecha extrema, está la izquierda descentrada. En Gran Bretaña, las declaraciones de Corbyn, líder y representante más destacado del laborismo, han fluctuado desde el euroescepticismo explícito hasta un tibio apoyo al 'remain', sabedor del europeísmo de su partido y consciente de que le iba el liderazgo en ello.

En España, el líder del emergente partido Podemos también trocó de antieuropeísta a un posibilismo proeuropeísta tenue en la actualidad, olvidando los días en que, de la mano del griego Tsipras, denunciaba las maldades de la UE.

La consecuencia lógica es pensar que el euroescepticismo avanzará y se sedimentará en las conciencias de los ciudadanos de la Unión Europea más desfavorecidos, los votantes esperados por los dos extremos políticos.

Los tiempos han cambiado. Ese aglutinante, que fue la integración económica europea en una coyuntura de crecimiento y reconstrucción después de la II Guerra Mundial y durante la Guerra Fría, se ha diluido en parte por el alejamiento del ciudadano de la fría e inhumana superestructura de la Unión Europea, más preocupada por lo macro que por los ciudadanos europeos, convertidos en meros espectadores.

Decía Winston Churchill en 1942: “Esto no es el fin, no es ni siquiera el principio del fin, pero sí es el fin del principio”. Sirva esta aseveración para atisbar a la comprensión de lo que ha pasado con este infortunado referendo.

JOSÉ ÁNGEL HERNÁNDEZ
Especial para EL TIEMPO

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