Prefiero

Prefiero este acuerdo y no ser el país con la guerrilla más antigua del mundo.

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28 de junio 2016 , 07:03 p. m.

Prefiero la firma entre el Gobierno y las Farc, que acaba de darse en La Habana, y no la larga espera que hemos tenido para llegar a ella. Prefiero la frágil esperanza de una paz incompleta que los deseos de los que se alimentan con la guerra, a través del contrabando de armas, del tráfico de drogas, del matute y de la corrupción.

Prefiero esta ventana a una paz recién firmada que debe construirse cada día, a estos días de secuestro, de extorsión y de amenaza. Prefiero la armonía del diálogo a verlos con uniforme de guerreros, armados hasta los dientes, llenos de insignias y charreteras, de falsos honores e investidos de una autoridad ilegítima.

Prefiero este acuerdo y no ser el país con la guerrilla más antigua del mundo, con minas y con bombardeos de cilindros de gas. Prefiero este acuerdo a continuar con los daños colaterales, los ‘falsos positivos’ y la discusión sobre las guacas que encontró el Ejército. Prefiero la posibilidad que nos da esa firma a la imposibilidad de que los expulsados del campo recuperen sus tierras y a que las víctimas nunca tengan reparación. Prefiero lo que se ha logrado a los niños en la guerra, los embarazos forzados y la explotación sexual de combatientes.

Prefiero lo asentido y no ser de los países con la peor distribución del ingreso y la mayor concentración de la propiedad rural. Prefiero el camino de la paz acordada que continuar con la exclusión social, la terrible discriminación racial, el machismo y el odio a LGBT.

Prefiero la letra del acuerdo a las palabras altisonantes del Procurador, a los desvíos del Fiscal, a las trabas de los legisladores o al amaño de los jueces. Prefiero la posibilidad del entendimiento a las frases de ‘quiero la paz, pero no así’, ‘esto se convertirá en una Venezuela’, ‘la paz es muy costosa’, ‘nos lo van a quitar todo’ y otras similares, o a la ciega resistencia civil. Prefiero el riesgo político del documento de La Habana a que las ideas se impongan con los tiros de dos bandos que son del mismo pueblo y deberían tener los mismos propósitos. Prefiero el documento que privilegia la tribuna sobre la trinchera, la paz sobre la guerra y la tranquilidad sobre la zozobra.

Prefiero este acuerdo que da una nueva legitimidad a la que permite que un procurador sea enemigo de la libertad, partidario de la censura, perseguidor de sus fantasmas ideológicos y ambicioso aspirante a la presidencia de la república. Prefiero esa rendija que da luces para lograr un parlamento con más diversidad de partidos, amplitud de ideas, debates inteligentes y representantes transparentes que un parlamento atado a los gritos, al caciquismo, a la intolerancia, al amaño, a la venta de votos y a la manipulación con la aparente dulzura de ‘mermelada’.

Prefiero que el resultado de esta larga espera nos lleve a un mejor entendimiento entre amigos, vecinos, familiares, para que los seres queridos sean queridos, y no la animadversión que nos ha reinado basada en la terquedad de que nada es conciliable, que se nace bueno o malo y no se cambia. Prefiero saber que no es la paz la que está herida, sino que es Uribe el herido por no poder sabotearla.

Prefiero, en fin, esta suerte de letanías paganas, que no están dirigidas a Dios, a la Virgen o a los santos. Las prefiero a los discursos amargos, llenos de odio, de fracaso, de hiel y vinagre de aquellos que se han opuesto a este proceso de paz simplemente porque temen perder sus privilegios. Son solo los deseos y las esperanzas que los colombianos deberíamos compartir, en vez de jugar a la guerra. Que no es guerra, sino tragedia. Una paz que no depende de milagros, sino de la construcción limpia, desinteresada y generosa de todos nosotros.


Carlos Castillo Cardona

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