Un día en el mejor colegio público de Colombia

Un día en el mejor colegio público de Colombia

El Instituto Alexander Von Humboldt está en Barranquilla. Estos son los secretos de su éxito.

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27 de junio 2016 , 07:12 p. m.

Bajo la sombra de un palo’e mango, unos jóvenes conversan entre risas. De la cafetería ubicada a pocos pasos de la entrada escapan los ‘beats’ repetitivos y tenaces de una canción hip-hop. A unos cien metros, frente al laboratorio de naturales, Richard Sánchez, un estudiante de décimo B, haciendo gala de una gran destreza, usa sus pies para elevar en el aire un mango verde con el que comienza a hacer pinolas. La fruta rebota en su rodilla, en su pie izquierdo, en el derecho y antes de volver a besar el piso, Sánchez la patea lejos y levanta las manos como si hubiera anotado un golazo. Sus compañeros sonríen.

No hay aquí ninguna señal que indique que estamos en el corazón de la mejor institución oficial del país, un reconocimiento otorgado por el Ministerio de Educación y la Presidencia de la República.

El Instituto Alexander von Humboldt, o ‘la Humboldt’ a secas, como se conoce a esta especie de laboratorio potenciador de talentos, ocupó el pasado 24 de noviembre el primer puesto en el listado de colegios públicos del país (distinción que ya había obtenido en el 2009 y el 2014) en el ‘ranking’ del Índice Sintético de la Calidad Educativa (ISCE). También en el 2015, la revista Dinero ubicó al colegio como el mejor de Colombia, y ese mismo año, 35 alumnos del grado once lograron una beca del programa ‘Ser pilo paga’.

Escritas con marcador, en las paredes de la oficina del coordinador académico, el profesor José Antonio Bernal Altamar, se pueden leer algunas reflexiones: “Amar a la gente y usar las cosas y no amar a las cosas y usar la gente”, o “Dios les da comida a todas las aves, pero no se las pone en sus nidos”, máximas que algo dicen de la filosofía de esta escuela y de los principios bajo los que se rige.

Una mezcla de exigencia académica (los alumnos deben mantener sus calificaciones entre 7,8 y 8 para pasar el año escolar) y de intensidad horaria (las clases arrancan a las 6:30 de la mañana y acaban a las 5:30 de la tarde).

José Rodolfo Henao, actual rector de la escuela, asegura que una de las claves del éxito de este centro del barrio Delicias es estudiar los talentos de los niños e ir descubriendo el área en donde más se destacan para potenciarlos. A partir de séptimo grado los chicos empiezan a trabajar en esas áreas en las que se destacan: matemáticas, ciencias o arte. En noveno grado construyen un anteproyecto de investigación y en décimo y undécimo lo ejecutan.

La Humboldt cuenta ahora con 741 estudiantes que van desde transición hasta grado once. Tiene 29 salones: 14 aulas de primaria, 2 de transición y 13 de secundaria.

A pesar de la presión académica, el ambiente aquí es más bien distendido. Todo hace suponer que los muchachos son felices y conscientes de lo que supone pertenecer a este plantel: “Cuando uno cuenta que estudia en la Humboldt la gente se imagina que vamos a encontrar la cura para el cáncer o algo así. La verdad es que ser humbolista es algo que nos llena de orgullo”, dice la alumna Rosy de La Cruz, de grado once. “La gente piensa que uno es un ‘comelibro’, pero qué va; somos normales, pero muy responsables, eso sí”, cuenta Richard Sánchez.

La historia de la Humboldt arranca en los años 70, cuando a Wladimiro Woyno, doctor en psicología de ascendencia polaca, se le ocurrió la idea de escoger a varios niños con un elevado coeficiente intelectual y agruparlos para fundar un colegio. “Ese proyecto, Woyno se lo expuso al Club Rotario, que decidió apoyarlo. El colegio comenzó con solo 40 alumnos el 25 de febrero de 1970. Era una empresa mixta, el Estado pagaba el 50 por ciento de los sueldos de los docentes y el resto lo asumía el Club Rotario y los padres de familia. Desde 1994, el Club Rotario entregó el colegio a la Administración y hubo una etapa de transición. En 1997 pasamos a ser un colegio completamente oficial”, explica el profesor Bernal.

“Recuerdo que venían delegaciones de Holanda y de todo el mundo para conocer lo que estábamos haciendo para que nos fuera tan bien a nivel académico. Este es un proceso que debería tomarse como ejemplo y repetirse en toda Colombia”, opina Marietta Morad, rectora del colegio entre 1981 y 1997. Y añade: “Hoy, cuando veo todo lo positivo que está pasando con ‘la Humboldt’ siento que valió la pena todo el esfuerzo. Mucho de lo que soy se lo debo a esa maravillosa experiencia”.

Mientras, la jornada continúa en el colegio. Un grupo de niños de primaria rodean a su profesor en un pasillo. Llevan flautas en sus manos. La clase de música está a punto de empezar.

CARLOS POLO

PARA CARRUSEL

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