Investigación y ciencia en la escuela

Investigación y ciencia en la escuela

Colombia necesita más investigadores, más científicos y más gente que conserve su curiosidad.

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27 de junio 2016 , 06:55 p. m.

El uso reiterado de ciertas palabras suele confundirnos, dando la impresión de que todos entendemos lo mismo cuando las usamos. Sin embargo, basta explorar un poco para sorprenderse con los debates que se suscitan al buscar acuerdos sobre palabras como ‘paz’, ‘justicia’, ‘belleza’ o ‘amor’.

De estas discusiones se alimentan los diálogos de Platón, en los cuales Sócrates ejercita la capacidad reflexiva de sus alumnos a través de la mayéutica. Para el filósofo, la sabiduría no consiste en la acumulación de conocimientos, sino en revisar los que se tienen y a partir de ahí construir unos más sólidos.

En su relación con la educación, vale la pena revisar conceptos como ‘conocimiento’, ‘investigación’ y ‘ciencia’. Se habla de conocimientos, en plural, en la acepción que da el diccionario: “noción, saber o noticia elemental de algo”. Eso es lo que usualmente se enseña y se evalúa en el sistema educativo: un listado de informaciones más o menos informe, inútil y sin sentido, sean ellas de geografía, física o democracia. El conocimiento, en singular, es mucho más complejo y de él se ocupan los filósofos desde que existen. Hoy, la biología y la neurología siguen intentando esclarecer este inevitable fenómeno humano que incorpora diversas formas de aprendizaje, experiencia y predisposición genética y cultural, que no sirve para contestar evaluaciones sino para ser capaz de vivir como persona.

La investigación, por su parte, es para muchos un oficio de iniciados de bata blanca, con coeficiente intelectual excepcional y títulos de doctorado, preferiblemente en idiomas extranjeros. Pero se trata de una actividad natural no solamente humana, sino observable en muchos animales que derivan su aprendizaje adaptativo de la exploración de su entorno. Konrad Lorenz, padre de la etología, se ocupó de este fenómeno, señalando que la curiosidad es un tropismo, es decir, una respuesta del organismo a los estímulos de la naturaleza. En la mayoría de las lenguas se usa una palabra que se acerca más a ‘buscar’. En inglés, 'research'; en italiano, 'ricerca', o en francés, 'recherche'.

Los niños son naturalmente curiosos y exploran su medio desde el inicio de su vida. Al principio es una exploración sensorial; luego, motriz; después, con el lenguaje pueden organizar preguntas sobre el mundo físico, el mundo social y su mundo interno, y todo el tiempo formulan intentos de respuesta que van afinando sus aprendizajes. Investigar es su comportamiento biológico natural, y si no se aniquila poniéndolos a repetir definiciones y dándoles respuestas antes de que hagan las preguntas, conservarán esa actitud que da sentido a la adquisición de nueva información y al desarrollo de procedimientos metodológicos que ayuden a responder sus interrogantes de manera más satisfactoria.

La ciencia, en cambio, no es el resultado de un comportamiento espontáneo. No toda investigación pretende generar teorías generales o inscribirse en un conjunto sistemático de conocimientos dentro de campos específicos del saber: recordemos que también está presente en el arte y en la vida cotidiana. El concepto de ciencia es problemático cuando se confrontan las ciencias básicas con las sociales, por ejemplo. Pero es claro que no es lo mismo hablar de investigación que hablar de ciencia, así el desarrollo de la ciencia se haga a través de un tipo particular de investigación, altamente regulada y muy estricta en su método.

Colombia, sin ninguna duda, necesita más investigadores, más científicos y, sobre todo, más gente que conserve su curiosidad a lo largo de la vida, pues ella será el motor de la innovación en campos tan diversos como la música, la industria, la salud o la capacidad de tomar buenas decisiones personales. Y esta curiosidad no debería aniquilarse desde el comienzo de la escolaridad buscando las respuestas correctas para aprobar exámenes.


Sergio Muñoz Bata

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