El coraje de Elsa Noguera

El coraje de Elsa Noguera

La actual ministra de Vivienda demuestra que a pesar de su enfermedad, nada la detiene.

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27 de junio 2016 , 06:15 p.m.

Iba en camino a una de sus primeras ponencias como ministra de Vivienda y apenas había tenido tiempo para ojear los documentos que sus asesores le habían preparado. Todavía no estaba muy empapada de los temas de su nuevo cargo. Elsa Noguera tomó los papeles, les dio una leída rápida y siguió su camino rumbo al lugar de su intervención. Cuando llegaron, los asesores quedaron de una sola pieza: no había un atril con la altura adecuada para ella, nada donde pudiera poner los papeles y leer. Pero la ministra ni lo dudó: explicó todo con sus propias palabras. (¿A qué horas lo había memorizado?, se preguntaban los de su equipo).

Elsa Noguera se ha acostumbrado a eso desde niña: a acomodar el mundo según sus necesidades. En el colegio, cuando la profesora de matemáticas la pasaba al tablero, ella se levantaba y en el camino acercaba una silla, la llevaba consigo, se subía en ella y empezaba a escribir en la pizarra.

“Sabía que tenía mis huesos frágiles y que por eso no crecía –dice–. Era más pequeña que mis compañeras, pero siempre encontraba la forma de hacer las cosas”.

Esa búsqueda de opciones, la determinación de no paralizarse ante los obstáculos, es una de las señales particulares de Elsa Margarita Noguera De la Espriella, barranquillera de cuerpo y alma nacida en 1973. Cuando tenía 12 años y se fracturó el fémur por primera vez –estaba columpiándose con sus compañeras del Marymount– empezó a entender que su condición le exigía vivir con más cuidado. Sus huesos son tan sobrecalcificados que se rompen con una facilidad extrema. En esa ocasión la operaron y debió usar silla de ruedas durante tres meses y pasar un año en rehabilitación. Pero no dejó de ir al colegio. Desde entonces demostró que asume los retos con coraje y si se impone una meta, lucha hasta sacarla adelante.

Noguera ayudó a consolidar el éxito de la primera alcaldía de Alejandro Char en Barranquilla, cuando llegó como secretaria de Hacienda y les cambió la cara a las finanzas de la ciudad; también le aportó votos a la campaña presidencial de Germán Vargas Lleras como fórmula para vicepresidente; y acabó su periodo como alcaldesa (fue la primera mujer en ocupar ese cargo por voto popular en Barranquilla entre el 2012 y el 2015) con una favorabilidad del 78 por ciento. Esa cifra se escribe fácil. Lograrla es otro cuento.

La educación en casa le ayudó a formar su carácter. Su papá, Vicente Noguera, le impuso la disciplina y la vocación de servicio (él es un reconocido líder político y cívico de su ciudad). Su mamá, Elsa De la Espriella, el optimismo. Y ambos, la fe. Es una familia del Opus Dei. La devoción mayor de Elsa es por el Divino Niño. De las pocas cosas que trajo de Barranquilla, en el trasteo motivado por su nombramiento en el Ministerio de Vivienda, fueron sus imágenes del Niño Jesús.

—Cuando la entrevisté a comienzos de su periodo en la Alcaldía, usted dijo que ese sería su último cargo público porque lo suyo era el sector privado, y vea dónde está. ¿Le quedó gustando?

—Yo tenía planeado irme en mayo a estudiar y ya tenía dos becas, que espero que me guarden: una Fulbright y otra en Yale. Pero apareció este ofrecimiento. La verdad es que lo público es muy lindo, y este Ministerio en particular porque uno puede responder a las necesidades de la gente. Creo que me dieron el mejor de todo el gabinete.

Elsa Noguera está más tranquila ahora, con más experiencia a la hora de las entrevistas, las fotos, el contacto directo con los ciudadanos. Sus primeros pasos fueron en el sector privado, tras graduarse de la universidad, y no fueron fáciles. Salió del colegio en 1989 con la idea de estudiar Economía en Bogotá.

Con abuelos barranquilleros, papás barranquilleros, dos hermanos varones, ella era la niña de casa. ‘La Nena’, como le dicen. Ninguno quería que viajara sola –y menos en ese momento: acababan de asesinar a Luis Carlos Galán y el narcoterrorismo imperaba– a un mundo desconocido. Había crecido en un círculo cerrado, casi reducido al entorno de su barrio, Alto Prado. Pero ella insistió y se salió con la suya.

Llegó a Bogotá como alumna de la Universidad Javeriana. En últimas, esa determinación no sorprendió a su familia. Su hermano Daniel dice: “Ella nunca ve nada difícil. Aunque la situación sea compleja, busca la manera de salir adelante. No solo en lo profesional, sino en lo personal. Ha sido así desde niña y es algo que no deja de asombrarme”.

En Bogotá vivió las dos caras de la moneda: por un lado, contó con el apoyo de sus compañeros, que incluso la cargaban en hombros para que llegara a tiempo a clases; por otro: durante ese periodo necesitó tres cirugías. Por caídas que originaban fracturas en sus huesos, o porque tocaba corregirle alguna platina que le hubieran puesto. Las operaciones fueron en el Hospital San Ignacio, de la misma universidad, de esa forma se mantenía al día en clases. No abandonó sus estudios. Y se graduó.

A partir de esas cirugías debió acostumbrarse a usar muletas. Y si para toda su generación resultó complicado conseguir empleo al acabar la universidad, más para ella. Noguera cuenta que pasaba hojas de vida a todos lados, pero nada salía.

“Yo tenía claro que estaba en una circunstancia particular: a las entrevistas de trabajo llegaba una persona con muletas y otra sin muletas. Era yo la que no quedaba elegida”.Tal vez ahí sintió la discriminación por primera vez. Pero no la detuvo. Durante dos años trabajó en el almacén de una amiga diseñadora de modas, luego consiguió empleo en un banco y desde ese momento empezó a caminar en el sector financiero.

Después entró a Fundesarrollo, un tanque de pensamiento del que formaba parte el actual embajador de Colombia en Cuba, Gustavo Bell. Y llegó el reto del mundo público, de la mano de Alejandro Char, a quien conocía desde los años de universidad. “Cuando me llamó para que fuera parte de su equipo, lo primero que le respondí fue un no rotundo –recuerda–. ¡Nadie quería trabajar en la Alcaldía en ese momento! Al final acepté y el resultado fue bueno”. Noguera pasó momentos complicados en la Secretaría de Hacienda, sobre todo al empeñarse en desenmascarar la corrupción que reinaba.

¿De dónde logra sacar tanta fuerza esta mujer de 1,40 metros de estatura, de huesos frágiles, de muletas en mano? Esa era la pregunta de muchos cuando la veían recorrer todo el país y dar discursos en la plaza pública como fórmula vicepresidencial de Germán Vargas Lleras para el periodo 2010-2014. Ellos no se conocían. Una noche de fiesta en el Country Club de Barranquilla, después de la batalla de flores, Vargas Lleras la buscó y se presentó. Lo siguiente que le dijo, después de saludarla, fue que la necesitaba como su pareja vicepresidencial. Noguera pensó que era una broma, al fin y al cabo estaban de fiesta, disfrazados, él con una camisa de lentejuelas... Pero era en serio. Aceptó y terminaron por alcanzar la tercera mayor votación en el país.

“Mucha gente me advertía de su mal genio, pero qué va. Es estricto, sí. Y muy inteligente. Desde la campaña se convirtió en mi padrino, en mi mentor –dice Noguera–. Hemos construido una buena relación, no solo de trabajo, sino también de amistad”. Tanto que hoy está a cargo del ministerio consentido de Vargas Lleras.

—¿Qué ha sido lo más duro de dejar Barranquilla y vivir en Bogotá?

—El clima. Prefiero mi clima caliente. Entre otras cosas porque me gusta andar con ropa suelta, no así de arropada.
Por ahora vive en un apartahotel, mientras encuentra su lugar más adecuado. Tiene planeado reactivar el ritmo de ejercicios que traía desde finales de su alcaldía: una hora de piscina y otra de ejercicio, lo que le permitió fortalecer los músculos y cambiar las dos muletas por una sola. A pesar del frío bogotano, Elsa Noguera mantiene la sonrisa.

Tiene razones para sonreír, y no solo laborales: está enamorada. Todavía no hay planes de matrimonio, pero sí recibe las visitas constantes de su novio, de Barranquilla a Bogotá. “El ministerio me cogió en buen momento”, resume. Y para ella ese buen momento es constante porque siempre se protege en su optimismo. Creció con la convicción de que cualquier dificultad puede resolverse y que ante un problema hay que hacer borrón y cuenta nueva. Esa ha sido su filosofía de vida y con seguridad la aplicará en su siguiente paso por la vida pública. Porque está claro que el ministerio no será su última etapa.

Por María Paulina Ortiz
Redacción EL TIEMPO

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