Para siempre la Paz

Para siempre la Paz

Por el enorme peso que me quitaron de encima, quiero agradecer este comienzo del fin del conflicto.

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27 de junio 2016 , 06:14 p. m.

Crecí en un país donde la paranoia estaba a la orden del día, servida en la mesa para que todos temiéramos algo. Yo les temía a los jeeps artillados que pasaban por las calles con su armamento alerta, apuntando a todos lados. Les temía a los soldados que patrullaban las ciudades en pelotones. Les temía a esos combatientes, hasta que pude mirarlos a los ojos. Entonces me di cuenta de que eran adolescentes como yo, y que tenían miedo también. Luego comencé a viajar por el territorio nacional, adonde nadie quería ir porque eran zonas peligrosas, llenas de enemigos que también daban miedo porque estaban armados. Y cuando los miré a los ojos, me di cuenta de que eran como yo. Seres humanos de humana condición, alzados en armas contra un Estado en el que no creían.

Crecí en un país en guerra.

Del lado de allá, unos jóvenes llenos de vitalidad, con un hermoso futuro por delante si no fuera porque pertenecían a un bando y estaban armados hasta los dientes: en cualquier momento saldrían por las montañas de Colombia con la misión de matar o ser matados. Del lado de acá, lo mismo, otros muchachos plenos de vida, con ganas de amor y belleza, de no ser porque el día de mañana tendrían que salir en un helicóptero que los dejaría en la mitad de la nada, con la secreta misión de matar o ser matados.

Crecí en un país así, en donde la tristeza estaba servida al desayuno de todos los días. Todos los días una noticia atroz, todos los días la inevitable guerra, como si estuviéramos malditos para siempre. Para siempre e irremediablemente malditos por ese miedo que se enconó y se volvió rabia pura; hay fuerzas que todavía se alimentan de los muertos en el campo de batalla. Si el combate arrojaba sesenta guerrilleros muertos y cuarenta soldados muertos, eran capaces de brindar por la victoria en esa batalla. Si la cuenta daba al revés, del otro lado también brindaban. Pero eran cien muertos. Cien jóvenes que lanzamos a la muerte desde las ciudades con total y absoluta indolencia.

Crecí en un país así y jamás pensé que esa realidad podría cambiar. Los gestos de amargura que seguro tengo marcados en mi rostro se los debo a esta guerra larga sin esperanza de tregua ni paz.

Por eso, por el enorme peso que me quitaron de encima, quiero agradecer este comienzo del fin de la guerra, el cese bilateral y definitivo de las hostilidades. Gracias a todos los que hicieron posible esto, que para mí era una utopía romántica.

Si hay cosas que arreglar en este acuerdo, pues se arreglan, como lo hacían los arrieros de antes cuando arreglaban la carga de cada mula de una recua de cien, mientras caminaban por trochas imposibles. Los arrieros de antes no se quedaban gimoteando en el establo, recitando piezas líricas baratas frente a las cámaras. Los arrieros de antes, los de verdad, ya estarían caminando esta nueva ruta, proponiendo cosas. Ahí estarían con toda su templanza.

Lo que se viene es tanto o más importante que lo hecho durante los pasados cuatro años. Los de La Habana cumplieron con la primera parte de lo prometido. Dijeron que pactarían la paz y ya lo han hecho. Ahora nos toca a nosotros como pueblo estar a la altura de semejante esfuerzo. Seremos protagonistas cuando votemos por el sí. Y podremos exigir a las partes que cumplan cada uno de los puntos.

El reto mayor es hacer realidad esos acuerdos. Que sean una realidad de cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día que se viene. Cada futuro que se teje en el presente.

Que viva la Paz.

Y que sea para siempre.


Cristian Valencia

cristianovalencia@gmail.com

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