Ahora nosotros

Ahora nosotros

Ahora nos corresponde ayudar a construir esa paz acordada: para que sea duradera.

notitle
27 de junio 2016 , 05:49 p.m.

La hemos extrañado, la hemos soñado, la hemos pedido: la paz. Y desde la semana pasada la estamos celebrando, la estamos agradeciendo.

Estamos imaginando un país en paz: pocos lo han vivido. Muchos de los que sabemos llorar, y el pasado jueves lo demostramos por cuenta de las imágenes que llegaban desde La Habana, también hemos recordado en estos días el horror tantas veces vivido, tantas veces visto: el de las explosiones que de repente echaban a perder vidas y sueños y amores. El de las balas que intimidaban, que herían, que negaban la posibilidad del futuro. El de las palabras que amenazaban, que maltrataban.

Hemos recordado cómo se sumaban, cómo se mezclaban, el olor de la sangre, el olor de los cuerpos sin vida, el olor de los hierros retorcidos y quemados, el olor de la gasolina derramada... todos los olores en uno solo: el del terror. Y, mientras aquel olor se metía en el cerebro y se sentaba en la memoria, uno caminaba sobre los cuerpos mutilados, las telas rasgadas, las paredes que se descascaraban y esos fragmentos de vidrio que seguían apareciendo varios días después, que se multiplicaban.

Algunos recuerdan escenas más tenebrosas y cargan con dolores que el tiempo no ha borrado. Otros prefieren callar, pero no han dejado de ver las tristes películas de una época a la que parece haberle llegado el fin.

Por eso celebramos con tanta ilusión, con tanta euforia. Y ahora nos corresponde ayudar a construir esa paz acordada: para que sea duradera. Nos corresponde contagiar a los incrédulos y a aquellos que se han dejado contaminar de los que solo responden a la voz de venganza y de guerra: quizás porque les sobra hígado y les falta corazón. O porque allí en donde debería estar el corazón se instaló el ego enorme que les impide reconocer los buenos oficios de los demás.

No es con aquellos con los que coincidimos en la forma de ver el mundo con quienes se firma la paz, sino con los enemigos. Y al firmarla, dejamos de ser enemigos para convertirnos en contradictores: porque hemos establecido reglas para respetar las diferencias y para manifestarlas.

Sí, ahora nos toca a nosotros. Y, aunque difícil, no dudo que será hermoso el ejercicio de abrir el corazón, de entender que el mundo es una suma de contrarios, de abrirles un espacio a aquellos que han entendido que avanzaban por el camino equivocado.


Fernando Quiroz

@quirozfquiroz

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.