El enorme reto de desarmar los espíritus para la paz

El enorme reto de desarmar los espíritus para la paz

Expertos indican que el país deberá aceptar sus diferencias políticas y culturales.

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25 de junio 2016 , 10:38 p.m.

Desde la Organización de las Naciones Unidas hasta el Vaticano, son múltiples las voces de la comunidad internacional que se han juntado en un gran aplauso a favor del acuerdo del cese del fuego bilateral entre el Gobierno y las Farc.

No obstante, al margen de esos espaldarazos han aparecido fuertes diferencias internas que expresan la intranquilidad de un sector político y social con el proceso de paz y que también ocupan un lugar en el panorama político, en los medios y en las redes sociales. Los analistas del conflicto coinciden en que las grandes diferencias entre el clima interno y el externo pueden verse paradójicas, pero al mismo tiempo consideran natural que la inercia de la guerra se sienta mucho más de puertas para adentro que en las afueras.

Lo cierto es que esta realidad es apenas un detalle del importante desafío que se le viene al país: que una vez se silencien las armas puedan desarmarse también los espíritus y dejarse atrás las cargas de odio, miedo y resentimiento que acumulan 52 años de confrontación violenta.

Como aseguró recientemente el expresidente uruguayo José Mujica a raíz del acuerdo: “Donde hubo dolor hay quemaduras, pero el destino y el pueblo debe ser la prioridad porque, si no, el cobro de cuentas no termina. Hay cosas que no tienen reparación (…) Sin embargo, hay que seguir andando porque todos los días amanece”.

¿Cómo mirar entonces hacia el frente y aceptar que las ideas que antes se manifestaban con armas ahora puedan ser debatidas abiertamente en la arena política? ¿Cómo aceptar que el que por años ocupó el lugar del villano ahora podrá defender sus posiciones con argumentos?

Para Angélika Rettberg, directora de la maestría en Construcción de Paz de la Universidad de los Andes, con lo que viene no se trata de cubrir con un manto de romanticismo el conflicto ni de ser todos amigos de la noche a la mañana, pero el primer paso es sanar las heridas para empezar a construir sobre lo saludable: “Tendrán que venir comisiones de la verdad, deberán participar los medios, ser tenidos en cuenta los currículos escolares para explicar las razones de la guerra. Una vez todas las voces se sientan escuchadas, creo que comenzarán a calmarse los ánimos”.

Columnistas de este diario, como el padre Francisco de Roux, han destacado el momento histórico que vive Colombia como una renovación necesaria de nuestras nociones de tolerancia, una etapa en la que “es muy importante proteger el respeto por los que piensan distinto y es pertinente acrecentar la confianza en que los otros son bien intencionados y en que, como lo pensamos nosotros, están buscando lo que consideran mejor para el país”.

El reto que se abre, entonces, parece recordar las palabras pronunciadas en 1963 por el entonces presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, cuando asistió a la graduación de la American University de Washington en plena Guerra Fría: “Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas”.

La hora de la tolerancia

Parte de ese desafío, según Iván Garzón Vallejo, director del programa de Ciencias Políticas de la Universidad de La Sabana, también estará en que la construcción de paz requerirá del cambio alrededor de la extinción del enemigo común y su amenaza. “Los líderes deberán ponerse a tono con el gran acuerdo político y encontrar nuevos sustentos mirando hacia sus ideas y no a los señalamientos”.

La profesora Rettberg afirma que de momento, Colombia cuenta, paradójicamente, con una desventaja para encarar la nueva etapa: “A diferencia de otros momentos históricos, El Caguán por ejemplo, ahora el país no está en crisis política ni económica profunda. Este hecho puede provocar que sea mucho más difícil de ‘vender’ la idea de la paz, pues en una situación de crisis la gente tiende a estar más dispuesta a asumir los costos para superarla”.

En ese sentido, en una entrevista que Fernando Savater concedió a este diario, el filósofo español advertía que en circunstancias tan específicas como un proceso de paz y en los años venideros al fin de un conflicto, cobraba una importancia enorme la idea de que a todos los actores sociales los une el mismo libreto: “Cada persona no tiene por qué parecerse a todos; puede discrepar en cuestiones eróticas, estéticas, religiosas, en fin. Pero lo que no puede haber es una ley para cada uno. Tiene que haber una ley común”.

Los acuerdos hasta ahora alcanzados con las Farc son justamente la incorporación de la guerrilla a esa ley común determinada por la institucionalidad del Estado, y en este proceso, en el que la guerra ha dejado una profunda huella, es indispensable la creación de un clima de reconciliación en el que el desacuerdo no sea una amenaza para la vida.

Así lo considera el periodista británico John Carlin, quien cubrió de cerca la era post-apartheid en Sudáfrica y escribió el libro El factor humano. En él, el autor recoge el rol protagónico en la reconciliación nacional de Nelson Mandela, quien aprovechó la cohesión social que generaba el rugby en su país para empezar a construir la paz desde los puntos comunes antes que desde las diferencias.

“El general Constand Viljoen –relata Carlin– estaba preparando un golpe. Mandela un día lo invitó a su casa y él asistió. El general cuenta que esperaba a un monstruo, pero Mandela le sirvió el té y después de cinco minutos ya estaba desconcertado ante su carisma. Era su enemigo número uno, pero lo trató con enorme respeto y cortesía. Hoy Viljoen habla de Mandela y llora de la emoción”.

El poeta y escritor Juan Gustavo Cobo-Borda considera que el país tendrá que buscar sus narrativas de reconciliación a partir de cómo la guerra fue leída y recreada, conociendo sus paradigmas y buscando la manera de reformarlos. De Rettberg reconoce que vendrá mucho trabajo para el Estado en su esfuerzo de incluir en sí mismo lo que antes era visto como un apéndice oscuro. “Habrá temas que tomarán meses y otros que tomarán años. También habrá sectores que aprovecharán los tropiezos que puedan venir, con fines electorales”. El fin de la guerra ahora se ve como el comienzo de una nueva historia.

La influencia del 2018

Según Angélika Rettberg, directora de maestría de la Universidad de los Andes, uno de los escenarios más cercanos en los que se podrá tener una noción del avance político tras los acuerdos de paz con las Farc serán las elecciones presidenciales del 2018. Según su análisis, las posiciones que están tomando los partidos en la actualidad desde ya comienzan a delinear la estrategia con la que buscarán un buen resultado en las urnas.

Es posible que, por la cercanía de la fecha, ciertos sectores políticos fundamenten su discurso “poniéndole leña al fuego de la polarización”.

De otra parte, la experta opina que las dudas que generan los acuerdos son legítimas, pues quienes desconfían de las Farc no lo hacen sin razón, sino basadas en “una larga historia de atropellos de los derechos humanos de miles de colombianos”.

Rettberg también ve posible que después de que se conozcan los acuerdos, los ánimos bajen, cuando haya claridad sobre su contenido.

DIEGO ALARCÓN
Redacción Domingo

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