Soberanía de China sobre las islas Spratly y Paracelso genera tensión

Soberanía de China sobre las islas Spratly y Paracelso genera tensión

Varias naciones del área se mantienen en guardia. La paz del mundo estaría en vilo.

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23 de junio 2016 , 10:07 p. m.

Una disputa territorial en el sur del mar de China meridional mantiene en guardia a varias naciones del área y, en cierta forma, en vilo la paz del mundo.

La causa es una de las tantas contiendas internacionales que se conocen por territorios marítimos y que no difieren mucho las unas de las otras, pero crean todas, en mayor o menor grado, focos de tensión, de inestabilidad e inseguridad.

Este vasto mar encerrado de más de 1,5 millones de kilómetros cuadrados de superficie, más grande que Colombia, comunica al océano Pacífico con el Índico en el sudeste asiático –desde Singapur y Sumatra al sur hasta el estrecho de Formosa al norte, frente a las costas de Fujian, China–.

Posee, para la región y para el mundo, una jerarquía geoestratégica, económica y política de primer orden, y ello se debe a que esta dinámica ruta marítima conecta nada menos que a Europa, Medio Oriente, África e India con el Asia oriental: China, Corea del Sur y Japón, de suerte que lo convierte, tal vez, en la ruta oceánica de mayor afluencia del mundo por el caudal de buques y cuantía comercial de su tráfico interoceánico y regional.

Este nuevo contexto de preocupación mundial, aunque menos conocido en nuestros países, es azaroso.

Se desprende de algunos momentos críticos recientes; por ejemplo, cuando buques de guerra chinos y filipinos enfrentaron sus cañones uno contra el otro, sin que fuera esta la primera vez que ocurre. Sobre el hecho, Estados Unidos actuó de inmediato, azuzando a China en una poco habitual demostración de fuerza y temerario desafío, mediante el envío a la zona del potente destructor lanzamisiles de última generación USS Lassen, en un área considerada dentro de su jurisdicción. China respondió al instante con el envío de aviones caza y buques menores. El hecho encendió alarmas, hizo contener la respiración a las partes y produjo enérgicas reclamaciones diplomáticas, pero, por fortuna, no pasó a mayores. Sin embargo, incidentes como este evidencian la fragilidad y clima candente del escenario.

Se enciende la región

Lo grave, lo de cuidado, lo que aviva el fuego en la región, de manera por demás osada y que en nada contribuye a procurar una solución pacífica y civilizada del conflicto, son la reciente refrendación y ampliación del Tratado de Defensa Mutua suscrito entre Estados Unidos y Filipinas en 1952, que permite a los americanos mantener en Filipinas un creciente número de efectivos militares, radares, navíos y aviones de combate.

Con seguridad no debe de ser nada cómodo para China sentir tan cerca la presencia de la más grande potencia militar en su zona de influencia, respirándole en la nuca.

Nada más imaginémonos por un instante lo que representaría para nosotros los colombianos que, hipotéticamente, por así decirlo, China buscara establecer algún tipo de concurrencia de índole militar en Nicaragua o Rusia quisiera hacer lo propio en Venezuela...

Ahora, ¿habrá guerra? La respuesta más probable es no. Pues, pese a la tirantez, el buen juicio de los analistas internacionales indica que ninguno desea una guerra que traería consecuencias catastróficas para todos en una región de tal importancia y donde media la responsabilidad de todos los Estados vecinos, de cara a un promisorio futuro de crecimiento conjunto y logros de prosperidad regional.

De otra parte, desde tiempos inmemoriales China ha dado muestras de ser una nación y un pueblo pacífico en sus relaciones con pueblos vecinos.

Incluso durante las grandes excursiones navales, entre 1405 y 1433, de Zheng He, de quien se dice que estuvo en América antes de Colón y circunvaló el globo con más de 300 naves y 30.000 marineros, sus travesías se limitaron a procurar un importante intercambio comercial y cultural con los países visitados.

No invadieron, no conquistaron, no sometieron y no promovieron adhesiones ni reconocimiento territorial, cuando el mundo lo admitía, como sí lo hicieron los europeos en América y el resto del globo.

Esto, en razón de esa ausencia de tradición de colonialismo hegemónico e imperialismo que fija la idiosincrasia china y les viene de las enseñanzas de Confucio, el gran maestro y verdadero ideólogo de los chinos.

Las islas de la discordia

Las islas Nánsha Qúndao, conocidas como Spratly y Paracelso, ubicadas en el sur del mar de China meridional, son parte de dos archipiélagos formados por las citadas islas y el conjunto de unos mal contados 200 pequeños, áridos y estériles islotes carentes de población nativa, de no más de una hectárea de superficie.

Se cuentan también algunos todavía más menudos atolones, cayos y arrecifes coralinos, así como uno que otro desolado banco de arena. Los más pequeños se mantienen sumergidos o se inundan del todo con la marea alta, hasta perderse de vista en pleamar.

Tierra del olvido

Lo cierto es que hasta hace no más de tres décadas estas pequeñas islas no aparecían en los mapas de la región ni interesaban para nada a ninguno de los países del entorno, ninguno de ellos se preocupó siquiera porque estas figuraran en sus mapas. Eran apenas útiles como sistema natural de referencias para el fluido corredor de navegación donde están situados, y solo servían para precisar la posición de los navíos que lo surcaban.

Pero también es cierto que en 1947 China sí incluyó oficialmente a las islas Nánsha Qúndao (Spratly y Paracelso) e islotes más visibles como parte integral de su territorio sin que ninguno de los Estados ribereños se opusiera, y como tal comenzaron a aparecer en su precursora cartografía, cuya ciencia los chinos manejaban con pericia y, en cambio, no era del dominio de las otras naciones demandantes que hoy se disputan a cuatro bandas la zona oceánica en cuestión: Filipinas, Vietnam y Malasia, aparte de China, por supuesto.

China alega derecho sobre las islas

China basa la prueba de reclamación de sus derechos territoriales en hechos históricos.

Según ellos, y tal como lo recogen actas de la época, se remontan a principios del siglo II, durante la dinastía Han. Y, sobre todo, siglos después –en el curso del siglo XVII–, durante la dinastía Qing, de cuando se registran testimonios documentales y arqueológicos de repetidas expediciones navales chinas hacia ese disperso conjunto de islas, islotes y atolones.

Subsuelos, el verdadero trasfondo de este lío

Con todo, el fondo del conflicto que ha degenerado en la formalización de litigios internacionales, dada la falta de voluntad de algún país de alcanzar salidas satisfactorias para las partes por la vía diplomática bilateral, reside en el hecho que, según estudios geológicos, los subsuelos del lecho marino de la zona contarían con importante potencial de reservas de petróleo y gas natural.

A partir de entonces aparecieron los reclamos, que se recrudecen progresivamente y han convertido la zona en una de las más tirantes, donde detrás de bambalinas media la persistente intervención de los Estados Unidos, lo cual exacerba la situación al punto de hacerla irritante.

No obstante, los análisis geológicos practicados por compañías internacionales, americanas entre ellas, señalan que el grueso de los recursos se halla en áreas de aguas profundas, tecnológica y económicamente difíciles de explotar, y mucho menos a los bajos precios del petróleo hoy en día.

‘Xi pide una gestión pragmática de las diferencias entre China y EE. UU.’. Este es el título con el que la prensa nacional e internacional rubrica la noticia del encuentro de la semana pasada en Pekín entre delegaciones americanas y chinas del más alto nivel, reunidas para celebrar el VIII Diálogo Estratégico y Económico China-EE. UU., también denominado Grupo de los dos (G-2), concebido e instituido por las partes en el 2009 con el fin de ventilar periódicamente sus diferencias y construir un mayor entendimiento entre las dos superpotencias en aras de la superación y la concordia.

En efecto, en la ceremonia de inauguración el presidente Xi Jinping abrió el diálogo enfocando la agenda del encuentro en una cooperación más profunda y positiva cuando dijo: “El vasto océano Pacífico no debe convertirse en escenario de rivalidades y campo de competencia, sino en una plataforma de cooperación constructiva inclusiva”.

JUVENAL INFANTE
Especial para EL TIEMPO

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