El tremendo viaje ha comenzado

El tremendo viaje ha comenzado

Debe quedarnos claro que el fin del conflicto bélico no es la paz, sino el principio del camino.

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23 de junio 2016 , 07:06 p. m.

“El espantoso viaje ha terminado” dicen los primeros versos del canto inmortal (‘Oh capitán, mi capitán’) que escribió Walt Whitman para honrar la memoria del presidente Abraham Lincoln, asesinado pocos días después de vencer en la épica guerra civil de Secesión entre el norte y el sur de los Estados Unidos. Victoria del norte que preservó la Unión y consolidó la libertad de los esclavos promulgada por Lincoln en 1863.

Después de setenta años exactos de guerra civil, iniciada el 7 de agosto de 1946 y gestada, en su primera parte (1946-1958), no por colombianos, que solo fueron el instrumento, sino por la Guerra Fría que enfrentó al capitalismo con el comunismo, y en su segunda parte (1964-2016) por la misma causa, a la que se agregó la codicia de los terratenientes y de los ganaderos, más el narcotráfico y el paramilitarismo; después de esas siete décadas sangrientas Colombia acaba de ponerle fin al conflicto armado. El hecho histórico, cuyos alcances solo podrán ser justamente evaluados por las próximas generaciones que se van a beneficiar con él, se concretó el miércoles pasado en La Habana y será oficializado hoy viernes en presencia del Secretario General de la ONU, de jefes de Estado y delegados internacionales de alto rango y de diversas nacionalidades. Estamos, pues, ante un acontecimiento de importancia mundial.

El espantoso viaje de Colombia a lo largo de esos setenta años que nos dejan hondas heridas por sanar, ha terminado, no con la muerte del héroe a manos de asesinos, sino con la resurrección del país. Hoy comienza el tremendo viaje de Colombia hacia la paz. Debe quedarnos claro que el fin del conflicto bélico, de la guerra civil, no es la paz, sino el principio del camino, largo y difícil, pero irreversible, que nos llevará a ese bien supremo, y que no hubiera podido ser sin el primer paso: terminar el enfrentamiento armado.

¿Qué nos ha legado el largo túnel de la guerra, del que hoy nos asomamos a la luz? Dolor, horror y atraso, nada más. Trescientos mil muertos, quinientos mil desplazados internos, dos millones de exiliados, sesenta mil desaparecidos fue el saldo tenebroso de la primera parte de nuestra guerra civil, conocida en los textos y vulgarmente con la denominación equívoca de ‘La Violencia’. Doscientos sesenta mil muertos, cuarenta mil desaparecidos, ocho millones de exiliados y seis millones de desplazados internos, el balance siniestro de la segunda parte. En total, quinientos sesenta mil muertos, diez millones de exiliados, cien mil desaparecidos, seis millones quinientos mil desplazados, más que menos.

Hago una evaluación puramente humanista. Los daños económicos o materiales, por enormes que fuesen, ni vale la pena tenerlos en cuenta. Se pueden recobrar con el trabajo y el talento de los colombianos, ejercidos en paz y con los estímulos que brinda la paz. A los amigos que perdimos, a los hijos que dejaron en la desolación sus hogares, a los miles y miles de niños condenados a la orfandad y marcados con la visión sangrienta de la muerte de sus padres, a los que se fueron al exilio para escapar de las motosierras, de los cortes de franela, de la cobardía de los sicarios –pájaros y chulavitas en alguna época, paramilitares en otra– y encontraron arraigo en otras tierras, a los que murieron, desaparecieron o se marcharon de repente, en contra de su voluntad, a esos colombianos destruidos por la guerra jamás los recuperaremos.

Ni sumándolas llegan, a esas cifras de horror de la guerra colombiana, las dictaduras de Pinochet en Chile, de los militares en Argentina y Brasil, de Stroessner en Paraguay o de Fujimori en Perú. Únicamente nos supera la guerra civil española (1936-1939).

Hasta donde he podido captar, el anuncio del cese bilateral del fuego se ha recibido con alivio y esperanza por las víctimas de la guerra. Los campesinos trabajadores, los trabajadores urbanos, los estudiantes de provincia, los maestros, los defensores de los derechos humanos, los defensores del medioambiente, los periodistas, los intelectuales, todos los que han sufrido alguna herida en esta guerra que hoy termina, han celebrado jubilosos el cese bilateral del fuego.

De otro lado esa noticia bienaventurada ha caído mal en los círculos de la clase alta y en una buena porción escéptica de la clase media, que vivieron la guerra de lejitos, desde cómodas poltronas y en las noticias emitidas por la pantalla chica, por la radio y por la prensa impresa.

Muchos de buena fe se han pasado entera la entelequia de que los tratados de paz significan que se va a entregar el país a la guerrilla. Con ese sofisma, hábilmente divulgado, promueve el partido Centro Democrático una firmatón de apoyo para una fementida resistencia civil contra “la paz entreguista”. Prefieren ver al país sumido en otros setenta años de guerra y de matanza.

Como cualquier viaje, el que los colombianos emprendemos hoy hacia la paz no terminará sino en el punto de destino. La dificultad no está en arrancar (que tampoco ha sido fácil) sino en la travesía. Cualquier cosa puede pasar en el camino, y más aun si los enemigos acechan y conspiran. Esos enemigos de cuidado no son el senador Uribe, ni el religioso predicador, digo, procurador Ordóñez. Ellos buscan estigmatizar la paz, pero sus voces, en el contexto de la historia, nada significan, se perderán en el vacío y el olvido, si no en el desprecio de sus conciudadanos. Los verdaderos enemigos de la paz, los que hacen de este viaje algo tremendo son la corrupción, la perversión de los valores democráticos, la desigualdad social y de oportunidades, la ignorancia y el abuso del poder, la acción incontrolada de las bandas criminales y del crimen organizado A esos enemigos tendremos que enfrentar, derrotar y aniquilar en el curso azaroso del trayecto, porque tienen el poder maligno para hacerlo fracasar.

¡Se acabó el conflicto armado! ¡Terminó la guerra! El éxito del viaje que ahora emprendemos depende exclusivamente de la buena voluntad y del deseo de los viajeros de llegar a la tierra prometida de la paz.

Por lo pronto tenemos un primer escollo, en el que la nave puede irse a pique, o salir fortalecida: el plebiscito refrendador de los acuerdos de paz, aunque no vinculante, sí decisivo. Avanzamos hacia la paz o retrocedemos hacia la guerra. He ahí el dilema que ha de resolverse en los próximos meses, cuando se convoque el plebiscito. Si los colombianos meditamos sobre la tranquilidad de que hemos gozado en este último año de cese unilateral del fuego por parte de las Farc, y parcialmente del ELN, tal vez podamos aquilatar la importancia del voto que depositaremos en el plebiscito. Tan importante para nosotros, y para la región latinoamericana, como lo es para Inglaterra y Europa el que sufragaron ayer los ingleses – ignoro los resultados a la hora de escribir esta columna– a favor o en contra de su salida (‘brexit’) o de su permanencia en la comunidad europea.

Enrique Santos Molano

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