Réquiem por la Casa Pombo

Réquiem por la Casa Pombo

Quizás la diferencia entre el valor y el precio de un monumento es la construcción cultural.

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19 de junio 2016 , 11:51 p. m.

Érase una vez, hace treinta años, en el barrio La Candelaria de Bogotá, una casa en obra. Desde sus balcones se veía el Palacio de San Carlos, con la ventana por la que había huido Simón Bolívar para librarse de la muerte, y la pared contigua lindaba con el Teatro Colón. La casa había sido de Rafael Pombo, y decían que albergaba uno que otro fantasma del vecindario.

Por esos días de junio de 1986, había arrumes de cajas y ese desorden que suele haber en las obras, pero también había la ilusión de estrenar la sede de la Fundación Rafael Pombo, un proyecto de biblioteca y talleres artísticos para desarrollar la creatividad y el amor por la lectura desde la infancia. La idea había sido de Belisario Betancur, quien se había inspirado en la casa de Andersen, en Dinamarca, y quería inaugurar la obra al finalizar su mandato.

Tuve el privilegio de ser la primera coordinadora de esa biblioteca adorable y de participar en la invención de un proyecto pionero en Colombia, al lado de amigos que hoy son reconocidos autores y especialistas en literatura infantil, como Irene Vasco y Beatriz Helena Robledo, y de expertos en pedagogía artística como Alberto Valdiri y Tatiana Romero, entre otros, y no exagero al decir que la Pombo nos marcó a todos. En lo que a mí respecta, mucho de lo que hago, pienso y escribo lo aprendí mientras descubría, en la Pombo y en la vecina Asociación Colombiana para el Libro Infantil y Juvenil (hoy Fundalectura), el significado poético y político de leer y de escribir junto a los niños.

Más allá de anécdotas personales, la Fundación Pombo marcó un cambio de paradigma en la concepción de las bibliotecas y en la manera de entender el lugar del arte y la literatura, no solo en el desarrollo infantil, sino en el desarrollo del país. En el milenio pasado, cuando biblioteca era sinónimo de tarea y cuando en la mayoría de las bibliotecas había que “solicitarle” al guardia que trajera libros de un sótano, esa casa de La Candelaria se llenó de niños, niñas, familias y maestros que llegaron del barrio Egipto, de Lourdes y de cada vez más diversos lugares a maravillarse con esos libros exhibidos en estanterías abiertas, que se podían tocar, llevar a la casa y descifrar y querer, al lado de mediadores adultos, cuyo objetivo era enamorar a los niños de la literatura y favorecer su creatividad a través del arte.

Les cuento esta historia porque, treinta años después, la Fundación Rafael Pombo dejará de estar en la casa que le dio su nombre, su identidad y su misión, y la razón del desalojo es la ampliación del Teatro Colón y la construcción de un museo del siglo XIX en la casa que perteneció a Pombo. Por supuesto, el proyecto cultural que ocupará la manzana es una buena noticia, pero vale preguntarse por qué una biblioteca que ha sido un referente no tiene cabida, justamente, en un complejo cultural atravesado de historia. ¿Acaso hay algo más simbólico que una biblioteca viva a la que llegan niños de toda la ciudad? ¿Da igual desplazar los niños y los proyectos de la Fundación a una casa de Chapinero? Y a propósito de museos, de patrimonio cultural y de monumentos, ¿cómo se negocian y se ponen a dialogar la memoria, las metáforas y las relecturas del siglo XIX a la luz de otras lecturas y otras escrituras? ¿Quién(es) decide(n), y en nombre de quiénes?

Hoy, cuando necesitamos pensar el lugar de las historias en la construcción de memoria histórica, aquí hay una discusión sobre el significado de proteger ese patrimonio que trasciende el ‘cascarón’ de una casa. Quizás la diferencia entre el valor y el precio de un monumento es esa construcción cultural, llena de pequeñas historias, que, si se aguza el oído, también las paredes cuentan.

YOLANDA REYES

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