¿Oferta, demanda o innovación? / Análisis

¿Oferta, demanda o innovación? / Análisis

Riqueza se acumula, salarios reales apenas suben y participación en la fuerza laboral desciende.

18 de junio 2016 , 08:40 p. m.

Se ha vuelto imposible hacer la vista gorda al llamado “estancamiento secular” que afecta a las economías más avanzadas: la riqueza se acumula, pero los salarios reales apenas suben y la participación en la fuerza laboral ha venido descendiendo. Peor aún, los encargados de formular las políticas no tienen ideas claras de qué hacer al respecto.

Una de las razones de este estancamiento es el aumento cada vez menor de la productividad desde 1970. La innovación local, su motor, ha sufrido muchas obstrucciones desde fines de los 60 (principalmente en los países desarrollados) y más aún desde el 2005.

El ángulo con que Ronald Reagan y Margaret Thatcher vieron este estancamiento, que afectaba a las economías desde los 70, era el de la oferta. Así, impulsaron menores impuestos a las utilidades y los salarios como manera de fomentar la inversión y el desarrollo, con resultados debatibles. Pero, cuando las tasas de impuestos son menores, recortes de ese tamaño causarían enormes aumentos de los déficits de los gobiernos.

Así que los economistas más brillantes de hoy ven la situación desde el lado de la demanda, usando la teoría desarrollada por John Maynard Keynes en 1936. Cuando la “demanda agregada” (el nivel de gasto real en bienes internos que hogares, empresas, Gobierno y compradores del extranjero están dispuestos a hacer) no alcanza a producir empleo pleno, el producto se limita al nivel de la demanda y no hay innovación.

Pero el concepto de economía de quienes adoptan este ángulo es extraño. Para ellos, la demanda de la inversión privada es autónoma y se rige por lo que Keynes denominó los “instintos animales”. La demanda de los consumidores también es autónoma, porque la parte “inducida” avanza a la par que la inversión autónoma a través de la “propensión a consumir”. Por ende, las medidas del Gobierno son la única manera de impulsar el empleo y el crecimiento cuando cae la demanda.

Se trata de una concepción que no da cuenta del crecimiento ni de la recuperación. En las economías sólidas, si se aplica un shock a la demanda en contracción se producen dos tipos de respuesta que impulsan la recuperación.

Una de ellas es la adaptación a las oportunidades que surjan. Cuando las empresas afectadas por la menor demanda reducen sus operaciones, el espacio que dejan queda disponible para emprendedores que idean mejores maneras de llevar el negocio. Algunos de los empleados que despidan iniciarán nuevas firmas (creando empleos). Cada vez que se produce una recesión desaparecen muchas empresas, y con el tiempo aparecen otras, generalmente más exitosas.

La otra respuesta es la innovación local: nuevas ideas surgen. Cuando las firmas afectadas por la menor demanda dejan de contratar por un tiempo, algunas de las personas que habrían sido contratadas aprovechan para idear nuevos productos o métodos y organizan empresas emergentes, o ‘startups’, para desarrollarlos.

Los innovadores que trabajan desde sus garajes, y cuyo número es cada vez mayor, pueden producir por sí mismos parte de sus bienes de capital. Lo que es más importante: la acumulación de emergentes generará gradualmente una mayor demanda de inversión (¡demanda inducida!) y, además, crecimiento.

Puede que algunos pongan esto en duda. ¿Les puede ir bien a los nuevos productos y métodos si la demanda es deficiente? Como me dijo un innovador en medio de la crisis financiera, su objetivo era ocupar un mercado, e importaba poco si este tenía solo un 90 por ciento de su tamaño anterior.

¿Se puede elevar el capital donde los ingresos se encuentran deprimidos? Las empresas pequeñas y las emergentes siempre enfrentan un difícil acceso al crédito, y la recesión que siguió a la crisis financiera del 2008 empeoró aún más sus condiciones. Sin embargo, la recesión no impidió que muchas de esas firmas encontraran financiación en Silicon Valley, Londres y Berlín. Cabe recordar que en Estados Unidos, el crecimiento total de la productividad marcó récords en la década de 1930, cuando la economía tocó fondos.

La recuperación ha sido mucho más difícil en dos tipos de economía. En las de Francia e Italia, por ejemplo, falta gente joven que inicie emprendimientos o tenga ideas innovadoras, y los pocos que quieren hacerlo se enfrentan a impedimentos de corporaciones arraigadas y otros intereses creados. Grecia no carece de personas deseosas de innovar, pero no posee un sistema de capital de riesgo o “ángeles inversionistas”. Algunos griegos han formado ‘startups’, pero no en Grecia.

Los partidarios de la demanda señalan que la innovación dificulta la recuperación, porque permite que las empresas satisfagan la demanda existente con menos empleados. Por ello, recomiendan que cada año la inversión conjunta de los sectores público y privado llegue al nivel necesario para el pleno empleo. Pero una inversión de este tipo iría mucho más allá de lo que se habría realizado si se hubiera permitido que la economía recuperara un alto nivel de empleo a través de la actividad adaptativa o innovadora. De hecho, va mucho más allá del gasto mismo, porque impide la adaptación y la innovación que podrían haber generado más empleo y un crecimiento más veloz.

Más aún, mientras la innovación occidental siga confinada en espacios estrechos, el compromiso desde el lado de la demanda de generar un flujo alto y sostenido de inversión en infraestructura necesariamente irá generando retornos cada vez menores, hasta que inevitablemente la economía llegue a un estado casi inerte.

Como pensaba Keynes, más oferta de los mismos viejos bienes nunca “crea su propia demanda”. Pero ofrecer nuevos bienes sí puede hacerlo. La causa de nuestro estancamiento está en los obstáculos a la adaptación y la innovación, no en la austeridad fiscal. Y solo un dinamismo renovado (no más irresponsabilidad fiscal) ofrecerá alguna esperanza de salir de la actual situación.

EDMUND S. PHELPS
© Project Syndicate
Nueva York.

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