Lo que no dio el juego lo dieron los penales

Lo que no dio el juego lo dieron los penales

Ospina es uno de los tres mejores arqueros que este cronista vio junto a Casillas y Fillol.

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18 de junio 2016 , 02:01 p. m.

¿Existe una angustia feliz…? ¿Es posible tal contrasentido…? El psicoanálisis tal vez no tenga una respuesta científica y concreta. El fútbol, ese maremágnum de emociones, ese gran revoltijo de sonrisa y llanto, de amargura y dicha, de gritos y silencios, ofrece una respuesta, no académica, por cierto: sí, existe la angustia feliz: ¡son los penales…! El maravilloso, el casi insoportable tormento de la serie de penales nos pone los pelos de punta, pero es una excitación en la que abrigamos la secreta esperanza de un futuro mejor (pasar a la siguiente ronda). Y si tenemos a Ospina, pues, es un sufrimiento hermoso, que vale la pena sufrir.

Posiblemente a nadie se le podría ocurrir volar hacia su izquierda y dejar su pierna derecha estirada. Por si las moscas, no sea cosa que… A Ospina se le cruzó, se le ocurrió, o le salió por acto reflejo, quién sabe… Con ese pie detuvo el remate de Trauco, que ya se estaba relamiendo, y ahí empezó Colombia a trepar el alambre que separa los cuartos de final de la semifinal. Luego Cueva sacó el balón de Nueva Jersey y entonces sí, ya Pékerman y sus muchachos estaban del otro lado de la frontera. Pero todo empezó con ese mágico pie derecho de Ospina que determinó que Colombia está para pelear el título. ¿Sí… está para pelear el título…? Una pregunta interesante.

El dramatismo, el casi fatalismo de los penales que es tan encantador sirve, entre otras cosas, para ganarle a un rival al que no le pudimos ganar. Para que se hable de un partido que no merece ser hablado. Para que 79.194 personas que pagaron entre 230 y 600 dólares se vayan felices de la vida de haber estado ahí aunque no vieron casi nada de juego. El fútbol es el único espectáculo que te ofrece a Frank Sinatra, te cobra 500 dólares y después canta Johny Mengano, que es malísimo, pero te vas contento igual. Y guardás el boleto como una reliquia, y mañana se lo contás a tus hijos, y pasado a tus nietos… “Yo estuve ahí, el estadio estaba repleto, fue sensacional…” Porque el tiempo da licencia para la fantasía.

El primer tiempo casi no se jugó, se chocaban, se golpeaban, se caían. Renato Tapia, el número 13 de Perú, debe tener un buen seguro social, lo atendieron en el piso cuatro o cinco veces. Pero terminó entero. Y hasta pateó un penal (y lo metió). No se vio nada porque Perú propuso un fútbol férreo, de enorme presión y concentración mental para cubrir los espacios y los movimientos de Colombia. Y estuvo casi perfecto. Apenas falló en esa escalada de James por el medio en el minuto 21, en el que lo dejaron venir, lo dejaron venir y el crack, aún sin perfil para su zurda de oro, metió un derechazo que sacudió el palo del excelente Pedro Gallese y le fue a caer a Bacca. Pero Bacca, en el apuro por anticipar, no le dio bien con su zurda y casi tumba un fotógrafo. Fue lo mejor -y lo único- de Colombia en ataque. 

Perú hizo el partido que podía hacer. Nombre por nombre es menos que Colombia prácticamente en los once puestos y debía jugarlo con inteligencia, con la cabeza fría, el corazón caliente y la pierna firme. Eso hizo. Esta es otra de las maravillas del fútbol: que un equipo técnicamente inferior logre neutralizar a un rival superior y generarle problemas. Si los once de Colombia se cotizan en 150 millones de dólares, los de Perú apenas llegan a 30. Pero, como siempre decimos, hay tres elementos que no tienen que ver con el presupuesto: la actitud, la preparación y la táctica. Eso puede igualar muchas otras virtudes adversarias.

Y cuando el reloj marcaba los 91’ 35”, casi lo gana Perú. Cobró Cueva un tiro de esquina con un centro precioso, de esos que vienen doblando y llueven sobre el área, y fue conectado por Christian Ramos con un rotundo cabezazo. Era gol… Era, no fue porque estaba Ospina que tuvo una reacción felina y la sacó por sobre el travesaño. Esa fue, también, la única chance peruana en la noche. Hubiese sido cruel porque luego no quedaba tiempo de reaccionar.

Ospina no es un arquero, es un superhéroe. Algo notable. No estamos seguros de que Colombia tenga una idea certera de todo lo que le ha hecho ganar en estos años. ¡Pobre los suplentes que están detrás…! Es uno de los tres mejores arqueros que este cronista vio junto a Iker Casillas y Ubaldo Fillol, haciendo abstracción de estilos. Es decir, los más notables evitadores de goles, que esa es la función básica del guardameta. Iker y el Pato, ahora David, tienen un denominador común: en esas jugadas en que solemos decir “el arquero no tenía nada que hacer”, ellos sí tienen algo más que hacer. Apelan a sus uñas de oso, a una proeza inesperada, a un acto de heroísmo que ya no esperamos.

Pero tanta alabanza al portero encierra, también, una crítica subterránea al equipo: si necesitamos a Superman atrás es porque los uniformados de adelante fallan en algo. No están combatiendo el mal. Porque más allá del fragor y la aplicación de Perú en su libreto, Colombia volvió a caer en un bache de juego. Eso borra sonrisas, pues el juego determina el futuro. Sin ir muy lejos, el juego del viernes permite aventurar que Perú empieza a ingresar a un mejor porvenir. Pareció un equipo serio, combativo, bien plantado y preparado. Son señales que no entregan los resultados sino el desempeño en cancha.

Otra vez perdió juego Colombia. Pékerman volvió a reincidir con los dos volantes netos de marca, como había alineado en Chile en la Copa América anterior. Lo cual naturalmente robustece la contención, pero aporta poco a la fluidez con la pelota. En estas instancias aparece el temor de quedar eliminado y entonces vienen las prevenciones: rejas, candados, trabas... Eso es el doble cinco. Pero como filosofaba el inolvidable Elba de Padua Lima Tim, “el fútbol es una manta corta”, y si te tapas bien los pies te destapas un poco el cuerpo. Sánchez (una roca de verdad físicamente) y Torres cumplieron a conciencia su tarea de contención. En cambio, James y Cuadrado siguen estando a cincuenta metros uno de otro, se mandan mensajes por WhatsApp y se saludan antes y después del partido. En el medio ni se ven. Si los mejores tocadores viven en pueblos distantes, se dificulta el diálogo futbolístico. El personaje clave, el nexo entre ambos que suele acortar esas distancias es Cardona, y no tuvo su noche. Cuando él no ilumina, Colombia sufre un apagón.

La parábola en esta Copa, ese cuadro sinóptico que tienen las empresas para graficar cómo van las cosas, dice que la raya fue ascendente y bastante vertical frente a Estados Unidos, como un reloj que marca las 2 de la tarde. Bajó un poco versus Paraguay, aunque siguió mostrando ganancias, y cayó en pérdida ante Costa Rica. Ahora está casi horizontal. En la Copa avanzó, en juego retrocedió. Nos pareció ver, en algo, la Colombia de Chile 2015. La diferencia es que este es un equipo renovado, tiene algo que ilusiona y permite soñar.

El idioma gestual de los festejos entrega lecturas. En el caso de esta Colombia muestra jugadores y cuerpo técnico ilusionados, unidos, juramentados. Hay una sinergia muy fuerte. Se advierte optimismo, que es el jugador número doce.

Último tango…

JORGE BARRAZA
Para EL TIEMPO
@JorgeBarrazaOK

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