Editorial: El drama de la adopción

Editorial: El drama de la adopción

Es urgente que este proceso no sea traumático ni demore años, con funcionarios llenos de temores.

17 de junio 2016 , 08:22 p. m.

Si algo quedó claro con el artículo ‘Las paradojas de la adopción en Colombia’, de Olga María Velásquez, publicado el martes pasado en las páginas de este diario, es que adoptar un niño en nuestro país funciona mucho mejor en el papel que en la realidad. El sistema diseñado por la ley, que respeta las convenciones internacionales, la Constitución, el Código Civil y el Código de Infancia y Adolescencia, prevé que para garantizar que prime el interés superior del menor en el proceso de adopción –supervisado, en todo momento, por el ICBF– participen un defensor de familia, un procurador delegado y un juez de familia. Y aunque en la teoría cada funcionario sea una garantía, en la práctica cada uno de ellos puede significar meses o años de retraso. Que pueden ser meses o años de la vida de un niño, ni más ni menos.

Este es un trámite cuidadoso, pero se supone, por ejemplo, que los defensores de familia deben resolver la adoptabilidad del menor en menos de seis meses, mas suelen demorarse demasiado, y los niños se quedan anclados en casas especiales, esperando a que sus vidas comiencen. Como cuenta el artículo mencionado, pueden pasar años y años, traumas y traumas, para que se demuestre que ningún miembro de la familia está en la capacidad de cuidar a un menor; y también largo tiempo para que, luego de que el ICBF emita la llamada “resolución de adoptabilidad”, basada en investigaciones serias, el caso llegue al despacho de un juez. Y ni siquiera ante este es seguro que las cosas vayan a salir bien, pues ciertos jueces, desconociendo la seriedad –y la morosidad– del proceso, se atreven a sentenciar en contra de la adopción.

El trámite, lleno de temores, de reveses, de moralismos, es kafkiano, por decir lo menos. Los funcionarios se paralizan por el miedo a ser sancionados por sus decisiones o dejan que sus principios religiosos afecten los destinos que se encuentran en juego. Sea como fuere, la espera es eterna, absurda.

El mundo, empezando por el país, está lleno de padres que ya cumplen dos, tres, cuatro, cinco años de esperar a sus hijos, y de hijos que están creciendo mientras se les va extinguiendo la esperanza de encontrar una familia. Para no ir más lejos, en el empeño de develar los bemoles del proceso, se habla de más de dos mil familias en una lista de espera que va minando los espíritus de los involucrados.

Pocos actos de amor tan puros, por supuesto, como el gesto de adoptar a una persona. Pocos amores tan reivindicadores de la raza humana como el amor entre un padre adoptivo y su hijo adoptado. Por ello resulta tan difícil de explicar que se pierdan tantos sentimientos, tanta incondicionalidad, en el papeleo interminable, que es tan común en Colombia; en la mirada de reojo desde el Estado, como curándose en salud; en los despachos recelosos que viven haciendo cábalas sobre la siguiente movida de los organismos de control. Resulta urgente que, en consonancia con el ánimo reparador de estos tiempos, el trámite quede en manos de profesionales tan serios como los de ahora, pero que no pierdan su tiempo temiendo sanciones.

Aplazar una adopción, como se está aplazando hoy, no es una medida cautelosa e inteligente, sino un mal hecho desde el Estado.


editorial@eltiempo.com

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