Llegó la hora de reformar la Ley de cine

Llegó la hora de reformar la Ley de cine

Hoy, las películas colombianas son protagonistas en los festivales más importantes del mundo.

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17 de junio 2016 , 10:31 a.m.

Muy pocos podrían desconocer las virtudes de la ley 814 de 2003 y su aporte al fomento de la cinematografía colombiana. Las cifras son contundentes y la legislación es un modelo para la región, pero llegó el momento de revisarla.

Cuando la ley fue expedida, Colombia venía de uno de los peores momentos del cine nacional: La década de 1990, que no solo en el país sino en casi todas las cinematografías latinoamericanas vio caer escandalosamente la cantidad de películas producidas y estrenadas anualmente, en beneficio de Hollywood que aumentó su avasalladora presencia en la región.

El país cinematográfico de 2003 se parece poco al de 2016 (en parte gracias a la ley), lo que significa que las prioridades ahora deben ser otras. En ese año los retos iban encaminados, entre otras cosas, a aumentar la producción de películas nacionales, tener mayor presencia en festivales y contribuir al desarrollo de una industria cinematográfica que entonces no solo era inexistente sino prácticamente inviable. Más de una década después, las películas colombianas son protagonistas en los festivales más importantes del mundo, se ha elevado la calidad profesional del personal técnico y artístico, y la cantidad de películas del año pasado dobló en número la de las realizadas en toda la década del 90.

Aunque las cifras son contundentes, no debemos caer en el optimismo desbordado, pues hay amenazas que, si no se atacan a tiempo, pueden aguar la fiesta. La más importante de ellas se relaciona con la, cada vez peor, taquilla para el cine colombiano. Las cifras son engañosas cuando se muestra que el público asiste en porcentajes del 4 al 8 % a ver cine nacional, si tenemos en cuenta que este número se concentra cada año en dos o tres películas, generalmente del mismo género y estilo. En un país en donde los grandes estrenos de Hollywood superan fácilmente el millón de espectadores, una producción colombiana debe hoy sentirse satisfecha con menos de 50 mil espectadores. ¿De quién es la culpa?, ¿de los exhibidores que no dan tiempo a las películas en cartelera?, ¿del público que tiene “mal gusto”?, ¿de los realizadores que hacen películas que el público no quiere ver? o ¿del Estado que no pone cuotas de pantalla para las salas de cine comerciales? En todos ellos está el problema y la solución.

Además del vergonzoso presupuesto del Ministerio de Cultura (la cenicienta de los ministerios), hoy se destina aproximadamente el 70% de los recursos del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico para la producción de películas, pero en la Colombia cinematográfica actual esto no es suficiente. Hacer cine y construir una industria no consiste solamente en hacer películas. Es absurdo pensar en una industria dedicada exclusivamente a producir, que desconozca los procesos de venta, distribución y promoción de los productos. Hoy se hacen más películas; pero no se exhiben, distribuyen, promueven ni venden como deberían y está muy cerca el día en que haya películas que no puedan ser exhibidas porque, sencillamente, el espacio en salas para el cine colombiano será insuficiente (en México, modelo de la región, hay años en los que se han exhibido menos de la mitad de las películas nacionales producidas). Las películas no se hacen para ser producidas si no para exhibirse a un público, ¿no debería el Estado colombiano vigilar el buen uso de su inversión presionando para que las películas se vean de manera efectiva?

Hacer cine va más allá de hacer películas. Para la industria debe ser igualmente importante formar a público y realizadores, promover debates sobre el cine, apoyar festivales y muestras, establecer reglas de juego con exhibidores y distribuidores, aumentar la presencia internacional, propender porque las películas se vean en las salas y muchos retos más que se han tenido en cuenta hasta ahora, pero aun tímidamente.

El país cinematográfico ya cambió, es hora de que la ley se adapte para estar a la altura de los retos que este momento histórico demanda, es hora de que todos participemos de esta transformación.

JERÓNIMO RIVERA BETANCUR
Profesor Facultad de Comunicación
Universidad de La Sabana

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