Alfredo, hermano de Jaime Garzón, habla del asesinato del periodista

Alfredo, hermano de Jaime Garzón, habla del asesinato del periodista

En agosto, este caso cumplirá 17 años en la impunidad. Carlos Castaño, el único condenado.

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16 de junio 2016 , 10:14 p.m.

Alfredo y Jaime Garzón compartieron el cuarto durante varios años, secretos de infancia y las primeras pilatunas de la adolescencia. Estudiaron bachillerato en la Normal de La Paz, en donde se graduaron de maestros: con ese cartón trabajaron un par de años en escuelas distritales, haciendo reemplazos. Ahí conocieron la pobreza y miseria de cientos de niños y niñas habitantes de los barrios periféricos y palparon la exclusión social. Esa experiencia los hizo mucho más sensibles y les aumentó los argumentos para tratar de cambiar este país. Cada uno cogió un sendero.

Alfredo decidió hacerse jesuita y Jaime, estudiar derecho en la Nacional. Ninguno de los dos finalizó su proyecto. En esos años, Jaime apodó a su hermano el ‘nene’ de la casa. Aseguraba que era el preferido de su madre. Triunfaron la similitud de edad y de criterios sobre los celos, y Jaime y Alfredo fueron los más unidos en el hogar de 4 hijos de doña Daisy Forero de Garzón. El padre murió siendo ellos muy niños.

“Estudié Bellas Artes en la Nacional y en 1985 viajé a Nueva York, a estudiar grabado a un centro que no exigía requisitos. En español, su nombre es Liga de Estudiantes de Arte, Art League, tiene cientos de años y era muy económica. Es la escuela de la película Fama. Forma estudiantes en todas las artes. Había ahorrado 11.000 dólares. Desde pequeño fui comerciante; hacía manualidades y se las vendía a amigos y a mis familiares. Tengo fama de ahorrador. Todos mis compañeros tenían que trabajar para sostenerse y yo, como un jeque: vivía donde una tía y tenía plata suficiente. Comencé a publicar Los cartones de Garzón en 1982, con 22 años, y siempre viví en la casa de mi mamá en el barrio San Diego. También de ahí parte de mi fortuna”.

A El Espectador lo llevó el caricaturista Héctor Osuna y lo asesoró: cómo cobrar y cuánto. Osuna escribió en una revista su encuentro con Alfredo, en 1986: “Fue por un accidente, más exactamente diré que por una avería de auto, como llegué al taller de Alfredo Garzón, y me interesé de inmediato por las obras de este artista nuevo, de peligrosa consagración. Me encontré con un monje de antaño, de aspecto adolescente, magro, escuálido, dedicado con oficiosidad manifiesta a una labor de sensual deguste en la más ajustada optometría…”

Dibujo y más dibujo

Y en El Espectador lleva más de 30 años. Primero en el Magazín y luego en el diario, ya que a Guillermo Cano le fascinó, tanto como a Osuna, su trazo satírico.

Por épocas, Alfredo ha sido responsable de hasta 13 ilustraciones y caricaturas, más sus famosos y encriptados Cartones. Labor que combinó en Nueva York con trabajos como freelance en una agencia de publicidad, caricaturas y dibujos en distintos diarios de esa ciudad y de otras. Pero, sin duda, fue su paso por la Editorial McGraw Hill, en el único sitio en donde ha trabajado de nueve de la mañana a cinco de la tarde, lo que lo hizo un experto editor de textos educativos, editor de contenidos y de separatas para periódicos con muchas ilustraciones. Especialidad con la que ha creado dos empresas que maneja desde su casa. No duda en señalar a su maestro de la Nacional, el consagrado dibujante Dioscórides Pérez, como el responsable de su amor por el dibujo y de llenar libretas y libretas con bocetos desde esas épocas, pues les exigía a sus alumnos que le entregaran cada semana un cuaderno completo de bocetos.

En Nueva York, Alfredo se casó con una cantante lírica francesa, de la que se separaría años después y quien más tarde murió. Con ella tuvo dos hijos: uno músico y una abogada, a los que educó a punta de dibujos. Durante seis años no vino a Colombia. Un día recibió un casete que le enviaba Jaime con todos sus programas de Zoociedad, los que miró una tarde-noche y concluyó que su hermano se había convertido en todo un peso pesado de la televisión, haciendo lo que siempre había hecho en su casa materna en esos interminables almuerzos en los que hacía reír, hasta el dolor de estómago, a invitados que nunca faltaban.

En esos años, Jaime fue varias veces a visitar a Alfredo. Nunca le contó en detalle sobre sus nuevas actividades. Le repetía, sí, que no le gustaba Estados Unidos porque en todas partes le decían next. “Aunque muchas veces allá gente lo reconocía y le pedía autógrafo o lo saludaban con gran afecto como si se tratara de alguien muy cercano”, dice Alfredo, y agrega que por esa razón Jaime le pidió al profesor Malcolm Deas su consejo para ir a estudiar a Inglaterra, a lo que el colombianista le respondió con gran seriedad que no cometiera esa brutalidad, que él no necesitaba meterle nada más a su cabeza.

Alfredo, viudo, con sus dos hijos pequeños, hizo las visitas a su familia más asidua: dos o tres veces al año, en esa década de los 90. En 1999 estuvo todo el mes de julio en Bogotá y conoció en detalle la situación de amenazas y de riesgo de muerte que atravesaba su hermano, por lo que el viernes 13 de agosto, en la madrugada, cuando recibió la llamada de su socio Carlos Lemoine, se imaginó lo peor. “Ese mismo día viajé. La Policía entró al avión y me sacaron, literalmente, de la silla. Salí sin pasar por emigración, directo me llevaron al Capitolio. Me esperaban Claudia Rojas (esposa actual) y su hermano Santiago, con quienes tenía una reciente pero entrañable amistad. Fue impactante ver esa fila interminable de personas de todas las clases sociales que querían despedir a Jaime”, narra con emoción y tristeza Alfredo.

¿Temía por su situación?

Sí, en las vacaciones, a pesar de que hacíamos viajes y se interrumpía un poco su rutina para estar conmigo y sus sobrinos, me di cuenta de su vulnerabilidad. Cuando secuestraron a unos observadores de pájaros estadounidenses, Miles Frechette, embajador de Estados Unidos, le pidió ayuda y él se metió de cabeza en esa labor. Su paso por la alcaldía menor de Sumapaz, corredor de la guerrilla de las Farc, le dejó muchos contactos con guerrilleros de la base y comandantes. Logró la liberación de los ornitólogos y después se encontró con una fila gente en RadioNet, pidiéndole que los ayudara con sus familiares. No se podía negar.

¿Qué pasó entonces?

Que eso se le volvió una obsesión, como todo lo que hacía. Oficializó esta labor, a través del gobernador de Cundinamarca y de la oficina del zar antisecuestros. Un día lo acompañé a una oficina de comunicaciones satelitales de la Gobernación, desde donde hacía contactos con comandantes guerrilleros. No a través de su teléfono. Era todo de manera oficial. Destaco este punto porque desde el mismo día del crimen circuló un discurso en el que se afirmaba que Jaime se lucraba de los secuestros. A nosotros, sus tres hermanos y a mi madre, que duró viva siete años, nos investigaron e hicieron seguimientos de las cuentas bancarias por años. Como era lógico, no encontraron nada. En esa intermediación, Jaime descubrió cosas muy graves.

¿Cómo qué?

Que algunos miembros activos del Ejército secuestraban para la guerrilla. Cuando me contó eso, le dije que estaba metido en un nido de culebras. Sálgase de eso, pero él me dijo que no era capaz de dejar de ayudar a la gente. Que sentía gran satisfacción cuando liberaban al secuestrado. Que casi siempre se esposaba con el familiar, no fuera que soltaran a uno y cogieran a otro.

También se especializó en tender puentes para que los enemigos se sentaran a conversar. ¿Supo de esa intermediación?

Claro, sentó a gente totalmente antagónica a dialogar antes que nadie. Eso sucedía en sus famosas comidas. Estuve en algunas; por ejemplo, la de Jaime Castro con la gente del M-19, que le había hecho un atentado. Me llamaba la atención que nadie se detenía a conversar con uno porque el objetivo era que los distintos conversaran y llegaran a acuerdos.

Siempre ha estado desde lejos como parte del proceso, ¿por qué ahora lo considera urgente?

Han ocurrido unos hechos lamentables en este proceso y me hice una reflexión: ¿cómo me voy a sentir si el caso prescribe? Y me contesté que muy mal y que por lo tanto haré todo lo que esté en mis manos para impedirlo. Mi vida me lo permite en este momento. Mis hijos se graduaron, ya son independientes económicamente; por mi trabajo puedo moverme a cualquier parte y en cualquier momento. Además de estas razones personales, existen otros factores. Uno clave, el mensaje de que el crimen de Jaime quede impune, es demasiado violento. Es otra noticia tan grave como el asesinato mismo. He observado a muchas personas que cuando a él lo mataron tenían cinco años y veían a sus padres riéndose de un programa de humor político que ellos no entendían. Hoy son jóvenes que lo oyen, lo ven y se ríen igual. A través de YouTube ven los programas, sus intervenciones en varias universidades. Sintonizan de inmediato con su irreverencia y con su discurso. Jaime se ha convertido en una esperanza, en una motivación muy importante. Qué bueno sería que esos jóvenes tengan modelos distintos a los que tuvimos nosotros. Que sientan que se castiga el crimen organizado. Si estamos en un proceso de paz, se debe actuar en concordancia.

¿Qué lo hace pensar que el caso puede prescribir?

El hecho de que la Fiscalía no lo haya declarado como caso de lesa humanidad. Estuve en la última audiencia contra el coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo, y ahí me estremecí. Un exguerrillero de las Farc, Darwin Lisímaco Betancourt, que fue colaborador del Ejército para rebajar su pena, capturado en el Sumapaz, 1996, testimonió, bajo juramento, que en esa época varios militares –dio nombres propios– le propusieron que involucrara a Jaime con la guerrilla. Contó también que fue testigo de seguimientos ordenados por estos mismos militares contra Jaime. Son varios testimonios los que coinciden en que Plazas Acevedo, Rito Alejo del Río y otros militares estuvieron involucrados con Carlos Castaño y ayudaron a que se cometiera el crimen. De otro lado, el delegado de la Procuraduría pidió la absolución de José Miguel Narváez, exsubdirector del DAS, quien sin haber sido nunca oficial del Ejército está preso en una institución militar. La desviación de la investigación desde el primer día, deteniendo unos inocentes para soltarlos después de años; la subvaloración de testigos más la permanente dilación del proceso y el cambio constante de jueces y fiscales me hacen temer lo peor. La fiscal 13 que ha estado los últimos años es la funcionaria que nos ha brindado mayores garantías.

Ha asistido a esas audiencias. ¿Qué otras acciones ha adelantado?

Cambié de abogado para la parte penal. Son tres procesos distintos: el penal, el internacional y el contencioso. En este último habría una compensación económica y por eso este se lo dejo al colectivo de abogados, a quienes respeto y guardo la mayor consideración y gratitud porque han puesto el pecho por mí. El poder penal se lo entregué a Víctor Velásquez, 32 años, que me parece un muy buen abogado. Además, porque creo que los jóvenes piensan distinto a nosotros los mayores, funcionan de otra manera, tienen otra lógica, se mueven de otra forma. Víctor, además, tiene el respaldo de su padre y de abogados experimentados como Carlos Rodríguez Mejía, que conoce el caso muy bien.

¿Sus hermanos, Jorge y Marisol, lo acompañan en estas acciones?

A Marisol le ha tocado mucho tiempo sola apersonarse de muchas cosas. Pero no, esta etapa la asumo de manera individual. Cuando sucede un hecho violento dentro de una familia se exacerban todas las pasiones. Eso pasó con nosotros, y ni siquiera fue por lo económico. Terminé no hablando con mi hermano mayor, cinco años, por una frase que dije y que lo hirió, y como tenía fama de ser el preferido de mi mamá, pues peor.

EL TIEMPO

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