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A mis amigos de Facebook

A mis amigos de Facebook

En un día he hecho muchos más amigos de los que logré hacer en mi larga vida. Milagros de Facebook.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de junio 2016 , 08:02 p. m.

En un día he hecho muchos más amigos de los que logré hacer en mi larga vida. Milagros de Facebook.

Hace tres años tuve una cuenta en esa maravillosa red. Pero, llevado quizás por una cuestión de pudicia, timidez o, seguramente, tontería, decidí retirarme. Hacerlo me tomó un tiempo larguísimo, vagando por la página, hasta que, tonto de mí, logré encontrar en un rinconcito el ícono que me permitía salir de Facebook. Lo pinché y creí quedar afuera. Pero, no. El programa me preguntó qué razones tenía para irme y dejar a todos mis amigos en la playa mientras yo tomaba el barco que me llevaría a un mar incierto y lleno de tinieblas. Respondí con evasivas e insistí en mi deseo de partir. Sentí como si al otro lado de mi pantalla estuviera un hombrecito desilusionado de mis deseos mundanos de libertad y de que me separara del mundo cibernético, que es más amplio e infinito que el real. Pero ¿qué podía hacer yo, con esta provecta edad, ignorante del mundo actual? “Sí, sí. Me quiero ir”, gritaba yo con cierto sentimiento ambiguo de estar y no estar, de ser y no ser. Sentí un grave complejo ante la insistencia de ese hombrecito, quizás ya infiltrado en mi computador, como un troyano. Insistí, pero imaginé su cara de resignación. Me dio una fría respuesta en la que a disgusto aceptaba mi retiro, pero me informaba que podría reactivar mi “membrecía”, cuando yo quisiera. Pensé con cierta ironía que, como en la masonería, era imposible salir definitivamente de Facebook. Un masón no se retira, sino que duerme, sigue latente. Igual que no se borra el bautismo católico. Se permanece ahí. Ya no cree, pero continúa pecando sin saberlo.

Tengo que confesar, mis queridos amigos, que fuera de Facebook quedé desolado, huérfano. ¡Me había quedado solo con los amigos de carne y hueso, y en tres años no había hecho uno nuevo! Fuera de Facebook no hay salvación. Fue terrible vagar por el desierto, sin los amigos cibernéticos que estaban al alcance de la yema de mis dedos.

Afortunadamente, me di cuenta del error. Ayer, sin dolor ni costo alguno, volví a ser ‘facebookista’ orgulloso. Estoy agradecido con los múltiples genios creadores del software. Ni siquiera tuve que recordar mi 'password', que también llaman clave. Me mandaron un 'e-mail', es decir, un correo electrónico, que me daba un nuevo código con las etcéteras instrucciones que ustedes bien conocen.

¡Felicidad! Tener tantos amigos nuevos me recuerda la canción premonitoria de Roberto Carlos, anterior a la época 'network': “Yo quiero tener un millón de amigos”. ¿Explotará mi computador? He aceptado como amigo a gente que conozco realmente; a gente que sé quién es, pero no conozco personalmente; y a gente que no tengo ni idea de saber quién es. Ya todos son amigos míos. Son de mi ciudad, de aquellas en las que he vivido y de aquellas en las que no viviré. Varían en idiomas, profesiones edades, y latos son sus gustos. Exhiben más fotografías de las que cabían en los álbumes familiares. Para hacer estos nuevos amigos, no he tenido que pasar por los incómodos preámbulos de ‘¿cómo te llamas?’, ‘¿trabajas o estudias?’, ‘¿dónde naciste?’. Todo lo sé antes de conocerlos, pues está escrito en su “biografía”. Debo confesar avergonzado que alguno me ha rechazado. Gajes del oficio.

Me advierten que mi ‘perfil’ será vendido. Con tal de tener tantos amigos, no me importa que me persigan y acosen con ofertas de productos y servicios. De todos modos, vivimos ahogados en un mundo de propaganda. Ya no estoy solo en la nube.

Queridos amigos de Facebook, ya los quiero mucho, como a amigos de siempre. Les prometo que nunca los volveré a dejar. Seré fiel y les comunicaré todo lo que pueda. Este escrito, por ejemplo.


Carlos Castillo Cardona

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