Limonada de coco: Ay, estos avisos callejeros

Limonada de coco: Ay, estos avisos callejeros

Alberto Salcedo Ramos escribe sobre los vergonzosos, pero creativos avisos de la calle.

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14 de junio 2016 , 04:26 p. m.

En los avisos de nuestros negocios se refleja lo que somos: burlones, groseros, incultos, ingenuos, necesitados, chabacanos, primarios, ingeniosos, resistentes.

Cuando el colombiano de a pie bautiza su negocio no solo pretende informarles a sus paisanos qué bienes o servicios ofrece, sino también aportar algún gracejo a nuestra comedia cotidiana. Pienso, por ejemplo, en el Bar La Clínica, ubicado en Turbaco. Allí el espíritu bromista del dueño les concede a los clientes una coartada que más tarde, en suscasas, será irrefutable:

—Me demoré porque estaba en La Clínica, mi amor.

Debajo del nombre figura la siguiente leyenda: “si no se cura, se le olvida”. El Bar La Clínica está emparentado con la cantina La Oficina, ubicada en El Banco.

¡Ay, nuestros avisos!

Abundan los de pésima ortografía. Al verlos me río y, al mismo tiempo, me acongojo. Un aviso en el que se ofrece “ielo” no solo refleja la falta de una hache, sino también la de oportunidades. Aunque sepamos de sobra que aquí se “canvian yantas” y “se perfora el ovulo de la oreja”, siempre es posible que la pifia de mañana nos sorprenda más que la de hoy. Hace poco me enviaron desde Cali la foto de una droguería llamada “Pío IIX”. Solté una carcajada y pensé que si el Papa Pío XII hubiera podido ver ese aviso, también se habría revolcado de la risa.

Muchos de los avisos comerciales de Colombia reflejan ordinariez: Pizzería El Vómito, en Santa Marta; Tienda El Eructo, en Las Piedras; Heladería El Jopo, en Montería. Otras muestran procacidad: Motel La puntica na’ más, en Montelíbano; Cantina Mas Tour Bar, en Santo Domingo (Antioquia).

Hay montones de letreros que aluden al sexo, a veces con candor y a veces con malicia: “Motel Marincito, donde la noche es corta y el placer, infinito” (en Manizales); “sea señora o señorita, un chorizo de La Renta necesita” (en Bucaramanga).

Somos un país tan boquisucio como básico, qué le vamos a hacer. Por eso un negocio se llama “Jugos del Hijuefruta” y otro, “Restaurante y asadero Airetupal… ¡no lo digas al revés!”

Al comerciante colombiano le encanta hacer parodias de las grandes marcas mediáticas: “Pan Chimbo”, “Peluquería FaceLook”, “Carnes Churrasic Park”. En el vasto océano de la propaganda callejera las sardinas se mofan de los tiburones.

Sería injusto ignorar que en nuestros avisos también campea el ingenio: en Riohacha existió “Alfonsina y el bar”, y en Barranquilla, “El Bar-Bar-O”. En Cereté había una farmacia cuyo nombre era un sarcasmo monumental contra el excluyente sistema de salud colombiano: se llamaba “Drogas la Ley 100”. Una mañana el letrero amaneció más irónico aún, debido a que algún paisano anónimo lo retocó durante la madrugada: “Derogar la Ley 100”. La gran mayoría de nuestros avisos son una expresión de tenacidad, como queda claro en la fachada de la Funeraria El

Descanzo (sic): “por la compra de un ataúd se le presta (sic) gratis 25 sillas, 1 crucifijo, 2 candeleros, 1 biombo y 2 ventiladores”.

Día tras día estos comerciantes nos envían un mensaje contundente: cuando escasean la ortografía y el empleo hay que aferrarse aún más a la capacidad de resistencia. 

ALBERTO SALCEDO RAMOS
Twitter: @SalcedoRamos

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