Editorial: La ruta de la prevención

Editorial: La ruta de la prevención

¿Qué hacer frente al preocupante aumento de casos de consumo de drogas en los colegios de Bogotá?

13 de junio 2016 , 07:57 p. m.

Es un síntoma muy preocupante el que se haya duplicado el consumo de drogas en los colegios de Bogotá, tal y como lo reveló este diario: de 2.924 casos en el 2014 se pasó a 5.196 en el 2015. La pregunta que ahora surge y que es necesario responder cuanto antes, por parte del Distrito, pero también de toda la sociedad, es la de cuál es la ‘enfermedad’, si es que cabe el término que está detrás.

Y aunque el crimen organizado que mueve la venta y distribución de estas sustancias merece total atención, es claro que el abordaje del tema no puede terminar ahí. Ese es un error que, dada la magnitud del problema, los responsables del asunto no se pueden dar el lujo de cometer.

Dicho de otra forma: por supuesto que hay que ir por las bandas que venden los psicoactivos en los colegios, por quienes regalan dosis entre los infantes y adolescentes, pero en el entendido de que estos esfuerzos solo tendrán pleno sentido como parte de una estrategia integral. Y esta tiene que apuntar, reiteramos, a esos componentes de la ecuación que hoy da como resultado el que cada vez sean más los menores vulnerables a caer en el consumo.

Antes, es bueno recordar que el contacto temprano de los niños con las drogas promueve, rápidamente, la aparición de la adicción; es decir, una peligrosa enfermedad crónica y recurrente del cerebro que se caracteriza por la búsqueda y el consumo compulsivo de drogas, a pesar de sus consecuencias nocivas. Se considera una enfermedad del cerebro porque las drogas modifican no solo su funcionamiento, sino también su estructura.

Estos cambios pueden ser de larga duración, y pueden conducir a comportamientos peligrosos que son mayores y más difíciles de erradicar en la medida en que se presenten. El consumo de drogas a tan temprana edad puede causar cambios en el cerebro que tienen consecuencias profundas y duraderas. En ese sentido, se ha demostrado que los jóvenes que ingieren alcohol y otras drogas a menudo tienen problemas familiares y sociales, bajo rendimiento académico, afecciones de salud y dificultades con el sistema penal juvenil, además de una tendencia a permanecer en el vicio.

Motivos sobran, pues, para insistir en que el abordaje indicado del problema es el que apunta al camino que termina en el consumo. Esto es, el de la prevención.

No hay duda de que tal manera de afrontar el desafío tiene que remitirse hasta la concepción misma, con políticas que apunten a disminuir los embarazos no deseados. Este debe ser el primer paso. Luego, las condiciones en las que se desarrolla la gestación, así como las de la crianza en los primeros dos años. Lo que en este lapso ocurre, lo ha dicho la Organización Mundial de la Salud, es vital para que poco después no caiga en el consumo.

En los esfuerzos que el Estado haga para lograr que niños y niñas vivan una infancia con las necesidades básicas satisfechas –con la mayor cercanía posible a sus progenitores, en un núcleo familiar marcado por el afecto y en colegios donde estos puedan desarrollar todo su potencial como seres humanos– está la clave para que todos los demás esfuerzos no sean solo paños de agua tibia.

editorial@eltiempo.com

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