El día que conocí a mi padre

El día que conocí a mi padre

Relato de Paola Guevara, periodista y escritora autora de la novela Mi padre y otros accidentes.

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13 de junio 2016 , 04:38 p.m.

“Conocer a tu padre después de los 30 años, cuando has tomado muchas de las decisiones trascendentales en tu vida, tiene un ángulo afortunado. En nuestro caso, ha sido la oportunidad de conocernos como dos adultos, desde cero, sin pasado que perdonar, sin ideas preconcebidas, sin imágenes fijas. Es como si me hubieran reservado un lienzo en blanco para que, cuando tuviera la destreza suficiente, pudiera al fin trazar la relación padre e hija soñada.

Nos saltamos la infancia y momentos definitivos de nuestras vidas, pero al tiempo que no tuvimos lo bueno tampoco tuvimos lo malo. No conozco a ese hombre del pasado que él mismo describe como vanidoso y prepotente; solo conozco al de hoy, al que el orgullo ya decantado ha convertido en un hombre vertical en sus convicciones, pero compasivo; decididamente seguro, sin arrogancia; con un convencimiento y un amor propio que nada derrumba, ni siquiera el fuego que marcó su rostro y su cuerpo tras el accidente aéreo que sufrió hace 12 años y del que fue el único sobreviviente.

Al hombre que él me describe, al que dice que fue, al que se sentía autorizado para gobernar el mundo con guante de hierro, no lo conozco. Conozco a este padre de hoy, ya pasado por el fuego, madurado con el dolor de los años, forjado con la experiencia de sus grandes aciertos y de sus grandes errores.

Encuentro a un ser al que la vida depuró para mí con maestría y entonces no puedo ya, en este punto, lamentar lo que no tuve o lo que dejamos de vivir, pues resulta completamente claro para mí que todo es perfecto tal como ocurrió. Perfecto existencialmente, perfecto desde la aceptación trabajada a la que los dos hemos llegado tras estos cuatro años de mutuo conocimiento. Suele ocurrir que la mayoría de los hijos están cansados de escuchar las historias de sus padres. Se les antojan monótonas y repetitivas. En cambio, para mí cada relato está alumbrado por la magia de la novedad. Le pido que me repita una y otra vez mis favoritas, como hacen los niños con los cuentos que les apasionan. Y no hace falta filtro en sus relatos, pues no espero que sea mi faro moral ni él siente que deba guardar silencio en relación a sus debilidades. Ya que no está en juego 'autoridad' paterna entre nosotros podemos ser quienes somos sin temor a ser juzgados, sin preservar imágenes falsas, de ahí que se haya convertido en mi más honesto consejero, confidente y amigo.

La aparición de mi padre, aunque tardía, ha transformado mi vida para siempre. Siento que hoy soy una persona completamente distinta y mejor gracias a esta experiencia. Reconocerme en sus virtudes y en sus defectos ha amplificado el espectro de mi propia identidad, me he descubierto –como a través de un espejo– necesitada de suavizar esa naturaleza exigente, crítica y llevada de su parecer, pero también he descubierto en mí trazas de esa valentía, de ese arrojo y esa convicción personal que lo llevaron a desoír mil voces desalentadoras y a rebelarse contra su destino para conquistar los aires. Hoy tengo menos miedo a equivocarme, menos guiones mentales, menos intención de convertirme en un remedo de perfección, menos voluntad de ser manipulada, menos necesidad de aprobación, más sinceridad.

Él me ha contagiado su rotundo amor por la vida, me ha enseñado a no esperar que el camino esté libre de tropiezos, sino a asumir las dificultades como grandes maestras, necesarias e incluso deseables, pues también hacen parte de la maravilla de existir. Me ha enseñado a disfrutar el camino, y a estar menos obsesionada por llegar a la meta. Él, por ejemplo, me reconcilió con la carretera. No creo que haya un campo de mi existencia que no haya sido enriquecido y alterado con su presencia y su ejemplo de vida.

El único rasgo que creo no tener y que creo nunca llegaré a tener es su entereza física. Él recibió más de 160 cirugías tras el accidente de avión que le dejó con menos del 1 por ciento de probabilidades de sobrevivir, pero renunció de forma voluntaria a la morfina cuando supo que estaba en riesgo de perder lo único sano que le quedaba: su mente libre, su mente sin ataduras ni adicciones. Soportó las cirugías, pues, en carne viva, y aprendió a fugarse con la imaginación a mejores lugares, a los momentos más felices de su vida, solo para volver en medio del dolor terrible de alguna maniobra médica.

Ese valor, ese, no creo tenerlo. Y tampoco este otro: él no le teme a la muerte. Dice que cuando llegue el momento la esperará en su balcón, la recibirá con los brazos abiertos y le permitirá envolverlo, pues ha visto su rostro y la conoce, es su amiga. Lloro de solo pensarlo. Por eso vivo cada minuto consciente de su presencia, y hasta lo que parece trivial adquiere de repente un aura trascendente: desayunar juntos un día de por medio, cazar restaurantes nuevos, disfrutar a mi legión de nuevos hermanos, tíos y primos; salir de paseo los fines de semana siempre que podemos, verlo de pie frente al río mientras le explica a mi hijo mayor que la vida siempre fluye hacia adelante y nunca hacia atrás, o verlo empujar en la rueda de mi hijo menor que se aferra a la barra sin ayuda y sin caer, porque lo sostiene la fe de su abuelo puesta en él.

No espero fechas especiales para hacerle regalos a papá, para comprarle zapatos nuevos; pero, sobre todo, no desperdicio ningún segundo para hacerle saber lo que significa en mi vida y lo orgullosa que estoy de provenir de él. Soy la hija de un hombre que cayó de un avión envuelto en llamas y salió caminando, y lo que esto significa está aún por manifestarse en mi vida de maneras insospechadas que apenas se gestan. Lo hallé tarde, así que no doy su amor por sentado. No desperdicio el privilegio del tiempo. Le digo hoy, como siempre, como en estas líneas, que él es mi héroe”.

CARRUSEL

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