Editorial: El terror adentro

Editorial: El terror adentro

Baño de sangre en Orlando estremece, por víctimas y porque es señal de factores con potencial daño.

12 de junio 2016 , 10:21 p. m.

Por culpa de la demencia asesina de Omar Siddique Mateen, de 29 años, descendiente de afganos y a quien el FBI había investigado por posibles vínculos con organizaciones terroristas, Estados Unidos vivió en la madrugada de ayer la peor matanza con armas de fuego de su historia y el episodio con mayor saldo de sangre desde los ataques del 11 de septiembre del 2001.

En un club nocturno de Orlando, Florida, conocido por congregar a la población LGBTI de la ciudad, perecieron 50 personas y 53 más resultaron heridas. Allí irrumpió Siddique, quien al final fue abatido por la policía, armado con un revólver y un rifle de asalto. Esta ciudad ya estaba consternada por el asesinato, el sábado, de la cantante Christina Grimmie.

El lamentable hecho pone al país del norte de cara a dos temas que han encabezado la lista de sus principales preocupaciones en los últimos tiempos y que, en esa medida, serán dos ejes fundamentales del debate de la disputa por la presidencia entre Hillary Clinton y Donald Trump: el acceso a armas de fuego dentro de su territorio y el de la amenaza constante que encarnan los grupos terroristas de corte fundamentalista como el Estado Islámico.

Este último factor fue, justamente, el caballito de batalla escogido por Trump para sentar una posición frente al baño de sangre: al tiempo que instó al presidente Obama a acusar de frente al terrorismo islámico radical, agradeció –en actitud severamente reprochada– las felicitaciones de sus seguidores por, según él, haber asumido la postura correcta ante dicha amenaza. Hillary Clinton, por su parte, primero se limitó a enviar condolencias, mientras se tenía mayor información sobre el responsable de la tragedia. Más adelante reiteró la importancia de leyes que impidan que individuos así accedan a armamento.

Y es que así como al comienzo hubo dudas sobre los móviles del atacante, llegándose incluso a pensar que podría tratarse de un acto de homofobia, al escribirse estas líneas ya había suficiente consenso respecto a que se trató de una acción terrorista. Primero estuvo el dato de que el victimario llamó minutos antes a la línea 911 para declarar su lealtad al Estado Islámico; horas después, la agencia de noticias de esa organización asumió la autoría de lo ocurrido.

Lo verdaderamente angustiante es que este suceso parece ser punto de unión de ambos asuntos. Que en un país en el que, según estudios recientes, es probable que ya haya más armas que habitantes, en el que estas son las responsables de 92 muertes cada día y en donde, como es bien sabido, no hace falta sino voluntad para hacerse con un fusil –salvo en los estados donde existen algunas restricciones y controles previos– empiecen a proliferar los llamados ‘lobos solitarios’, personas dispuestas a este tipo de acciones suicidas o cuasi suicidas, movidos por fanatismos que enceguecen, pone los pelos de punta.

Frente a tal amenaza, el peor error sería, en la línea de lo que propone Trump, alimentar el vórtice de violencia y terror respondiendo a hechos como este animando a los ciudadanos a armarse. Más bien, la ponderación y la cabeza fría son el camino aconsejable. Que, aunque más largo y empinado, a la larga conduce a la raíz de ambos males para extraerla y terminar para siempre con la sinrazón.

EDITORIAL
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