La zozobra ronda a Isla de Pensilvania a la salida de Barranquilla

La zozobra ronda a Isla de Pensilvania a la salida de Barranquilla

A familias junto al río Magdalena les preocupa su suerte por construcción del nuevo puente Pumarejo.

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12 de junio 2016 , 10:41 a. m.

Son 32 escalones de una vieja escalera oxidada, cuya estructura comenzó a ceder por los años de uso, los que conectan con el resto del mundo a las 30 familias de labriegos que habitan la Isla de Pensilvania.

La escalera es la misma donada por un barco hace cerca de 10 años y por la que cada uno pagó unos 300 mil pesos para su tortuosa instalación. Antes utilizaban una de madera, pero hubo muchos accidentes. Por eso se organizaron y contaron con el apoyo de un policía, para la compra de la estructura.

Este es el acceso para entrar o salir de este paraje desconocido, silvestre y apacible que dormita a nueve metros debajo del puente Pumarejo, que comunica a los departamentos del Atlántico con el Magdalena.

Es un pedazo de tierra en medio del río Magdalena que pertenece al municipio de Sitionuevo (Magdalena), conocido en un principio como Isla Rondón, por el apellido de un ganadero que la habitó a mediados del siglo pasado, antes que los primeros colonos tomaran posesión.

Las columnas del puente, inaugurado en abril 1974 por el presidente Misael Pastrana Borrero, son las que sirven de soporte a la escalera y al techo de 15 viviendas armadas con pedazos de tablas, láminas, plásticos y elementos reciclados. Hasta allí llegan una telaraña de cables que bajan de los postes del alumbrado del Pumarejo para llevar la energía al caserío, y que alimenta el radio que permanece colgado en el tronco de una palmera de coco, de donde salen las notas de un vallenato que espanta la tranquilidad a esa hora de la mañana.

Allí, entre frutales tristes y polvorientos, y el canto desafiante de gallos que saludan el día, y la música que sale del viejo radio, viven en la pobreza y abandono estas familias de campesinos.

Dicen ser los guardianes de una pequeña despensa agrícola de donde a diario salen bultos de verduras con destinos a tiendas de barrios y plazas de mercados de Barranquilla, además del corregimiento de Palermo (Magdalena).

La escalera es la ruta obligada de estos campesinos para sacar, en sacos, la cebolla, el cebollín, cilantro, maíz, yuca, plátano, ají, además de algunas frutas como mango, papaya, patilla, melón, que produce esta rica tierra bañada por el río Magdalena.

Por aquí suben y bajan buenas y malas noticias, comida, trasteos, mujeres, ancianos, hombres. Los niños van y vienen del colegio localizado en Palermo, del lado del Magdalena. La escalera es el vínculo que tiene la Isla de Pensilvania con el mundo.

Tierra productiva

El estar rodeada de agua hace que la tierra de Pensilvania tenga unas características especiales. Esto la hace rica para los pequeños cultivos.

Por lo menos eso es lo que piensa William Hernán Monsalvo, un campesino de 50 años, quien estima que en la parcela que él cultiva, con sus dos hermanos, produce al año hasta 100 toneladas.

“Cada ocho días estamos recogiendo en promedio de 1.000 mazos de verduras, que pueden representar 300 o 400 mil pesos. Esta tierrita es bendita”, dice el hombre que bajo la canícula estremece el machete en la maleza para despejar el cultivo.

Los domingos, incluso, Isla Pensilvania se convierte en sitio de turismo. Su apacibilidad no es interrumpida ni por la vibración de los camiones que a toda hora azotan el asfalto del puente que les sirve de techo.

“Aquí viene gente hacer sancocho, pasan el día y se van felices”, cuenta el líder comunal Ángel de la Cruz, quien llegó con sus padres mucho antes de que se construyera el Pumarejo.

“Esto eran monte cuando mi madre Ana Graciela Díaz y mis tíos Teófilo, Candelaria y Manuel de la Cruz conformaron la Asociación de Agricultores, con otros líderes, para entrar a estas tierras baldías, que eran fértiles para trabajar. Llegamos en lanchas desde Soledad (Atlántico) y en 1968 el Incora nos dio la posesión de las parcelas”, recuerda el hombre que vive debajo del puente y al lado de la escalera, en un rancho que comparte con uno de sus hijos y algunos animales de corral, entre esos un portentoso gallo que levanta el cuello e infla su pecho para cantar.

En el 2010 la tragedia llegó a la isla en forma de agua, cuando una creciente del río Magdalena arrasó con los cultivos y algunas casas de los campesinos, lo que obligó a muchos a dejar todo.

Algunos no volvieron más, otros como Francisco de Asís Marín, de 75 años, que vive aquí desde hace 60 años, decidió quedarse. “No tengo para dónde coger, el día que cruce por esa escalera para no regresar más ojalá y sea muerto”, comenta en tono desolado, al asegurar que nunca ha recibido ayuda de ningún gobierno pese a ser un damnificado.

En medio de una obra

La tranquilidad a estas familias se les comenzó acabar cuando les informaron sobre la construcción del nuevo puente Pumarejo, obras que se iniciaron a finales de 2015, cuyas columnas se levantan a unos 30 metros de donde ellos se encuentran.

Se trata de una megaobra esperada por los atlanticenses, que tendrá 2.250 metros de longitud en el eje principal y 990 metros de viaductos en conexiones y accesos. De acuerdo con los diseños, tendrá una altura de 45 metros sobre el río Magdalena para permitir el paso de embarcaciones de gran calado, contará con dos calzadas de tres carriles cada una, andenes y ciclorrutas. El Instituto Nacional de Vías invierte en este proyecto 614.935 millones de pesos, que desarrolla el consorcio Esgamo Ingeniería Constructores, Sacyr Chile S. A. y Sacyr Construcción Colombia.

La primera incomodidad para las familias de Pensilvania fue cuando funcionarios del Invías y las firmas constructoras comenzaron a subir y bajar por las escaleras. “Nunca nos han consultado nada, no se manifiestan”, dice en tono contrariado Ángel, quien pide que ayuden por lo menos hacerle unas mejoras a las escalinatas dañadas que han sido cubiertas con tablas, pero que representan una trampa mortal, en especial para cualquiera de los nuevos visitantes que no la conocen.

El viejo Francisco comenta que los habitantes de Pensilvania se encuentran en medio de la obra, pero no se les tiene en cuenta para nada y se les ignora como si fueran sombras o fantasmas. “Nuestras casas están debajo del puente, pero las tierras para cultivar están del otro lado. Es decir tenemos que atravesar por donde está construyendo el puente. Eso es peligroso”, dice el hombre que se queja porque hasta el momento nadie les ha explicado nada y solo le han dado trabajo a un habitante de esta isla.

Si bien los trabajos en la isla aún no comienzan, pues apenas se están levantado columnas en las orillas, ya los habitantes de Pensilvania saben cómo será la situación.

“Van a traer maquinaria pesada, taladros, mucha gente que deberá pasar por nuestros cultivos, utilizarán nuestra escalera, ocuparan nuestros espacios”, explica Ángel, quien recuerda cómo fueron los trabajos del primer puente.

“Van acabar con nuestra tranquilidad y eso no tiene costo”.

Los habitantes de Pensilvania saben que el día que construyan el nuevo puente les tocará dejar la escalera de hierro que les sirve para entrar y salir de la isla, la misma que tanto esfuerzo les costó levantar.

LEONARDO HERRERA DELGHAMS
Corresponsal de EL TIEMPO
Barranquilla

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