Mis reservas con dos palabras de moda / Opinión

Mis reservas con dos palabras de moda / Opinión

Hoy se aprecia lo artesano, lo ecológico, y muchos aprovechan y ponen esa etiqueta a los productos.

11 de junio 2016 , 10:40 p. m.

El verano pasado, en Madrid, a la hora del aperitivo, con los termómetros a punto de estallar y el sol cayendo a plomo sobre el asfalto, sentí ganas de refrescarme con una cerveza bien fría. Para los españoles, la cerveza tiene más de refresco que de bebida alcohólica, aunque sepamos que lo es.

Entré en un bar próximo, para mí ignoto. Estaba bien: la temperatura no era heladora, como tantas veces ocurre con el aire acondicionado puesto a tope. No había demasiada gente, así que tampoco había mucho ruido. Se estaba bien.

Llegué a la barra y, ante la pregunta de qué quería tomar, respondí: “Una cervecita bien fría”. Mi interlocutor me dijo: “Aquí tenemos nuestra propia cerveza, hecha por nosotros, en plan totalmente artesanal y ecológico”. Resistí a mi primer impulso, que era salir corriendo y me limité a rectificar mi pedido: “Un agua tónica, por favor”.

No lo puedo evitar: cuando me dicen que algo de comer o de beber es ‘artesanal’ y ‘ecológico’, se me encienden todas las alarmas. No es que yo tenga nada contra los artesanos ni contra la ecología. Es que se trata de dos palabras trampa, dos envases vacíos de contenido, utilizados sencillamente como cebo para el consumidor incauto.

Lo artesanal vende, en oposición a lo industrial. Se supone que un artesano pone en su trabajo una serie de valores que no están en el producto masificado.

Se supone. Porque cada vez que he caído y he aceptado una cerveza hecha en la casa, artesanal, me he encontrado con brebajes nada agradables, con un regusto a regaliz que está en las antípodas gustativas del sabor de una cerveza bien lupulada, con el amargor que ello conlleva.

Tampoco tengo nada contra la ecología, cómo iba a tenerlo. Sí lo tengo contra quienes la utilizan como manera de llamar la atención y, sobre todo, como reclamo para atraer al espectador ingenuo, que cree de buena fe que lo que le venden es ecológico.

Miren, yo cada vez que oigo hablar de un tomate ecológico siento una inmensa pena por el pobre tomate. Me lo imagino allí, en su tomatera, expuesto a los ataques de parásitos, de insectos, sin más defensa que la que pueda aportar por sí mismo, sin ayuda humana. En otras palabras, un tomate abandonado a su suerte, que no tiene quien le cuide.

Si sobrevive, será casi un milagro. Y, por supuesto, no tengo la menor idea de lo que pueda ser un vino ecológico (¿si viene una plaga no se trata la viña y se deja perder la cosecha?) o una cerveza ecológica hecha en la trastienda de un bar.

Hoy se aprecia lo artesano, lo ecológico, así que mucha gente se aprovecha de ello y se limita a poner esa etiqueta a uno u otro producto. Siempre habrá quien pique.

Y como por el momento no hay inspectores que comprueben que una cosa es realmente producto de la artesanía y respetuosa con el medioambiente, no confío absolutamente nada en quienes se proclaman a sí mismos una u otra cosa.

Dime de qué presumes y te diré de qué careces.

CAIUS APICIUS
Periodista gastronómico de EFE

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