Todavía no está derrotada / Análisis

Todavía no está derrotada / Análisis

A pesar haber ganado batallas contra la malaria, se podría perder la guerra.

11 de junio 2016 , 09:15 p. m.

La disminución en la cantidad de muertes por malaria desde inicios de este siglo es uno de los grandes éxitos de salud pública de los últimos años. Gracias a inversiones concertadas y destinadas a la prevención, el diagnóstico y el tratamiento, el número de personas que fallecen cada año debido a esta enfermedad ha disminuido un 60 por ciento desde el 2000, salvándose así más de seis millones de vidas.

Sin embargo, justo cuando el sueño de eliminar la malaria parece estar más cerca de hacerse realidad, una creciente resistencia a los medicamentos se constituye en una amenaza a estos logros. En Camboya surgió la resistencia al más eficaz medicamento contra la malaria, la artemisinina, y dicha resistencia se está propagando.

Si no se llevan a cabo acciones eficaces y oportunas, esta nueva forma de malaria resistente se propagará, algo que ocurrió dos veces con los antiguos medicamentos contra la malaria. Los gobiernos, las organizaciones internacionales, los grupos de la sociedad civil y las empresas deben tomar medidas urgentes para evitar una epidemia de malaria resistente.

Para retrasar la propagación de la resistencia por un tiempo lo suficientemente largo como para permitir que nuevos fármacos sean puestos al servicio de las personas, se debe lograr un objetivo urgente a corto plazo: prevenir que la resistencia se asiente en el sur de Asia, evitando que la enfermedad se propague a otros lugares.

En la década de 1950, surgió una resistencia a otro medicamento, la cloroquina, a lo largo de la frontera entre Tailandia y Camboya. Lo mismo sucedió en la década de 1970 con la sulfadoxina-pirimetamina (SP). Desde el sudeste de Asia, la resistencia a la cloroquina y a la SP se extendió a la India, y desde allí a África y a gran parte del resto del mundo. Millones murieron a consecuencia de ello, la mayoría fueron niños pequeños africanos.

Las consecuencias de una resistencia generalizada a la artemisinina serían devastadoras. Un estudio determinó que su propagación podría dar lugar a más de 116.000 muertes adicionales cada año y a unos 417 millones de dólares en costos médicos y pérdidas de productividad que se vinculan a dicha situación, una cifra que se adiciona a los 12.000 millones en pérdidas de productividad que la malaria ya cuesta en el África subsahariana cada año.

A pesar de la preocupación, no se ha contenido la resistencia a la artemisinina. Por el contrario, ahora se ha detectado en Camboya, Vietnam, Laos, Tailandia y Birmania. Se ha dado un aumento en el apoyo de los donantes, en particular se destaca la ayuda que brinda la Iniciativa Regional contra la Resistencia a la Artemisinina, financiada por una donación de 100 millones de dólares del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria. Pero el lento fortalecimiento del control convencional no está demostrando ser capaz de avanzar a un ritmo que supere al de la propagación de la resistencia.

Para dar fin a la malaria, necesitamos un frente mundial contra los impulsores de la resistencia. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en noviembre del 2015 las autoridades sanitarias de Colombia y seis países africanos no habían retirado sus autorizaciones de comercialización de monoterapias de artemisinina oral, que promueven la resistencia.

También será necesario un mayor compromiso del sector privado. En diciembre pasado, 21 fabricantes de medicamentos consultados por la OMS todavía no habían aceptado mediante acuerdo detener la producción de esas monoterapias. Más de dos tercios de ellas se encuentran en Asia.

Las farmacéuticas que investigan también deben invertir en la próxima generación de medicamentos contra la malaria. Muchos tratamientos basados en la artemisinina siguen siendo eficaces, pero en algún momento tendrán que ser reemplazados para no correr el riesgo de convertirse en parte del problema.

Podemos haber ganado muchas batallas contra la malaria, pero hay señales que advierten que podríamos perder la guerra. Es por eso que necesitamos acciones eficaces para prevenir la propagación de la resistencia a la artemisinina, incluyendo inversiones urgentes en la próxima generación de tratamientos. Si no prestamos atención a la historia de la malaria, podemos estar condenados a repetirla.

THIERRY DIAGANA Y NICK WHITE*
© Project Syndicate
* Thierry Diagana dirige el Instituto Novartis de Enfermedades Tropicales en Singapur. Nick White es profesor de medicina tropical en la Unidad de Mahidol-Oxford de Investigación en Medicina Tropical en Bangkok .
Singapur.

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