Vida, esplendor y muerte del piropo

Vida, esplendor y muerte del piropo

El halago agudo y dicho con respeto, como las serenatas, las mataron las nuevas tecnologías.

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10 de junio 2016 , 09:53 p.m.

Dígame una cosa, bella señora: ¿cuándo fue la última vez que usted escuchó un piropo que valiera la pena?
Se están extinguiendo los piropos, como tantas cosas gratas de la vida, como se extinguieron las serenatas bajo la luz de la luna y los carteros que entregaban esquelas de amor al pie de una ventana.

Del mismo modo se están acabando las floristerías para enamorados, que mandaban a las doncellas ramos de rosas rojas y claveles fragantes, que las hacían suspirar. Algunos llevaban una tarjeta escrita con caligrafía primorosa: “Para ti, que eres un capullo, de parte de tu jardinero”. Ahora solo quedan unos cuantos negocios que se limitan a vender flores para funerales, que son blancas y huelen a cementerio.

Ese es el precio que debemos pagar por el progreso. Los tiempos cambian y el mundo avanza. Al piropo ingenioso, pero también agudo y caballeroso, lo mataron las nuevas tecnologías, los escuetos correos electrónicos, los mensajes cifrados del celular, las abreviaturas y correndillas que impone la vida moderna. Se acabó la espontaneidad..

La picaresca

Debo confesar ante ustedes que soy, a mucha honra, una especie de piropólogo, un estudioso que ha dedicado su vida a rebuscar y coleccionar piropos de todas partes del mundo. Esa experiencia me permite decir ahora que la picaresca es uno de los elementos fundamentales del piropo, incluso cuando en él aparece un vocablo ligeramente grosero. A un piropo inteligente se le perdona hasta una palabra indebida. La gracia está en la donosura y la chispa.

En ese sentido, uno de los mejores que he oído en mi vida tuvo lugar en Colombia. Las tres hermanas Sáenz, oriundas de Bogotá, fueron reinas de belleza. Dos de ellas ganaron el título de Señorita Colombia en el concurso de Cartagena.

Ese singular suceso causó tanta admiración que cierto día un desconocido se acercó al arquitecto Miguel Sáenz Gómez y entabló con él este diálogo:

–¿Es usted el padre de las tres reinas?

–Sí, señor –respondió él–. A sus órdenes.

–Perdone que lo moleste, pero deseo hacerle una pregunta.

–Hágala usted –le dijo Sáenz, ya intrigado.

–Acláreme una cosa: ¿usted tiene pipí o pincel?

Sáenz, halagado, le dio un abrazo al desconocido.

Origen del fuego rojo

Los primeros piropos, hasta donde llegan mis pesquisas, aparecieron en la antigua Roma tres siglos antes de Jesucristo, es decir, hace la friolera de dos mil trescientos años.

Los investigadores más juiciosos coinciden en que, como tantas otras palabras, los romanos la cogieron prestada del griego pyropus, que significaba “fuego rojo”. (Posteriormente, piro fue adoptado también por la lengua castellana y de ese prefijo provienen términos como pirómano y pirotécnico).

En el Imperio romano usaban ese nombre para referirse a un rubí de color encendido que los enamorados regalaban a sus amadas como prueba de amor. Más o menos lo que se hace hoy con el anillo de compromiso. Pero el seductor que no tenía dinero para pagarlo, se conformaba con regalar a su dama frases ocurrentes y galanas. Así nació el piropo. Lo inventaron, pues, los pobres.

Claro: latinos tenían que ser, románticos y enamoradizos. En España, por la misma razón, los piropos se volvieron célebres. Algunos de ellos aparecen en las obras de los grandes escritores del Siglo de Oro de nuestra lengua, como Quevedo y Calderón de la Barca. La palabra ingresó al diccionario en la edición de 1843, hace ya 173 años, y, en forma de verbo, “piropear” figura desde 1925.

Flores y ojos

No se necesita ser hombre culto o ilustrado para cortejar a una dama con un bello piropo. Lo que se necesita es donaire y talento.

Sucedió hace ya muchos años. Iba yo caminando una tarde de verano por el paseo Bolívar de Barranquilla. Venía una muchacha de largo pelo negro y unos ojos del mismo color. En la esquina estaba el embolador con su asiento de hierro, los cepillos y la caja de betún. Al verla pasar, se hizo a un lado, con un ademán garboso, y se dirigió a ella.

–Mijita –le preguntó–: ¿tú te estás dejando crecer los ojos?

La jovencita, complacida ante un piropo tan original, lo premió con una sonrisa. Un episodio similar ocurrió tiempo después, cerca a la plaza de Bolívar, en Bogotá. Una señora bajó del taxi y empezó a caminar por la acera, con su cartera colgada del hombro. Se veía que andaba de prisa.

El muchacho que vendía dulces en la calle, con su cajita cuadrada de madera, la bombardeó a piropazos: con susurros, y mientras la seguía, le dijo ángel, estrella del cielo, luz del mundo. La mujer puso cara de fastidio.

–Déjese de estarme echando tantas flores –lo recriminó, siguiendo su camino.

Entonces el hombre cruzó los brazos y, en voz alta, le soltó esta maravilla:

–¿Y desde cuándo se le echan flores a un jardín?

La mujer, por fin, le concedió un asomo de sonrisa.

El Niño y América

Diagonal a la casa de mis padres, en San Bernardo del Viento, vivían el Niño González y su esposa, América Guerrero. Lo llamaban Niño desde que estaba chiquito, y ya tenía como cinco o seis hijos. Era el dentista del pueblo y a mí me concedió el honor de ser el encargado oficial de darle vueltas a la rueda de su fresa mecánica. Tocaba el violín a la hora fresca de la sobretarde, sentado a la puerta de la calle. Un hombre inolvidable.

Contaban las lenguas del pueblo que la señora decidió casarse con él desde el mismo día en que se conocieron, gracias a un piropo que él le lanzó, cuando se la quedó mirando por primera vez.

–Señorita América –dijo, levantando arco y violín–, si Colón te hubiera conocido habría exclamado: Santa María, pero qué pinta tiene esta niña.

Lo cierto es que ahora, cuando ya ha pasado una vida entera, el mismo piropo circula sin cesar en las redes sociales y se lo atribuyen a un enamorado argentino, a un español, a un francés, a medio mundo. Ya no se puede saber quién fue su verdadero autor. En el fondo de mi corazón, sigo creyendo que fue el Niño González.

De lo sublime a lo grotesco

El piropo genuino debe ser improvisado, espontáneo y gracioso, pero hay unos lamentables piroperos profesionales que se los aprenden de memoria, copiados de algún libro, y los guardan para usarlos cuando llegue la ocasión, aunque no corresponda. Por eso, en la playa, acaban diciéndole “luminosa como el trigo rubio” a una trigueña espléndida en vestido de baño.

En estos tiempos modernos, el piropo, que sigue estando tan ligado al espíritu humano como el amor y la pasión, no ha podido escaparse del lenguaje de las tecnologías asombrosas y los aparatos milagrosos. “Quisiera ser computadora para verificar tu sistema”, le escribe un jovencito a la amiga con la que está chateando.

Otro que merece registrarse en esta crónica es el que le dijo un estudiante de Ingeniería de Sistemas a su condiscípula: “Cuando busco en Google la palabra ‘corazón’, siempre apareces tú como primer resultado”.

Cada día es mayor el número de mujeres que, apartándose de la tradición, asumen también sus ganas de piropear, lo cual había sido un derecho exclusivo de los hombres hasta que apareció, por fortuna, la liberación femenina.

En cambio, el contenido de las expresiones que ahora se usan para cortejar son más fuertes. Han perdido sutileza y garbo. “Adiós, corazón de oro, tú eres la vaca y yo soy el toro”, dice el bárbaro, parado en una esquina, a la muchacha que cruza. Venturosamente, varias cuadras más allá, hay otro que se queda viendo a la que se contonea con un ritmo provocador y le dice: “La ciencia ha avanzado tanto, que ya las flores caminan”.

Epílogo

Piropero auténtico y admirable, digno del Premio Nobel de la Piropería, es aquel borracho anónimo que daba tumbos por una acera de Montería y se detuvo de repente, con la boca abierta, estremecido, ante la presencia majestuosa de una dama que venía hacia él. Se recostó en la pared del edificio, para cederle caballerosamente el espacio, y exclamó en su media lengua:

–Dichoso yo, que te veo pasar dos veces.

La verdad es que en esta época el piropo tropieza con un problema adicional: los hombres están atemorizados porque hoy cualquier galantería, por inocente y gallarda que sea, es considerada un acoso sexual y termina uno metido en un enredo judicial.

Viene a mi memoria lo que me ocurrió una noche en Bogotá, cuando trabajaba yo en el noticiero matutino de RCN, y nos invitaron a una cena en la que estaba una señora hermosa. Al saludarme, sentados ya a manteles, me dijo, sonriente, con un aire de dulce malicia:

–Yo me despierto con usted todas las mañanas.

–Es usted muy amable –le respondí, inclinando la cabeza–. Lástima que sea por radio, y no de un codazo.

Mi mujer, sentada al frente, me dio por debajo de la mesa una patada terrible en la espinilla, de la cual todavía conservo la cicatriz. Al salir me pegó un regaño.

–Eso fue una grosería horrenda –me dijo.

–Al contrario –repliqué–. Fue un piropo. Grosería hubiera sido decirle a una mujer tan bonita: “Menos mal, mi señora, que la despierto por radio, y no de un codazo…”.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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