A una silla pegados, una reflexión de la revista 'Habitar'

A una silla pegados, una reflexión de la revista 'Habitar'

Un divertido relato sobre la importancia de este mueble trae la edición que está en circulación.

notitle
10 de junio 2016 , 08:56 p.m.

Dicen que Víctor Hugo escribía de pie. ¡Qué incomodidad! Con razón llamó a su obra maestra Los miserables. A casi todos los narradores que conozco la silla les importa tanto como las ideas que aterrizan en su cabeza. No habría suspenso posible, ni eso que los críticos llaman largo aliento, sin una silla cómoda para esperar durante meses que la inspiración se convierta en palabras, y las palabras en frases.

Cuando fui a comprar la silla que ahora me soporta mientras esto escribo, lo primero que pedí fue que se tratara de una silla ergonómica. Pero mentía. O tal vez repetía un discurso que aprendí en los avisos de publicidad de las fábricas de muebles. Lo que en realidad quería era una silla que soportara con igual comodidad esos momentos de inspiración en los que uno produce como si le estuvieran dictando, y aquellos en los que el cuerpo se mece a un lado y otro como si ese movimiento pendular lo acercara a la fuente de las ideas duraderas.

Y, sobre todo, quería pedir una silla que me permitiera echarme hacia atrás para ver la pantalla desde lejos –para tomar distancia de lo que acababa de escribir– sin necesidad de moverme de mi eje.

Lo logré: sobra decirles a los críticos que cualquier objeción sobre mis textos no es imputable a mi silla.

La primera silla en la que escribí era la de mi padre. Tenía rueditas que me permitían desplazarme a lo largo del estudio cuando me aburría de la quietud que exigían las tareas de geometría. Me llevaba del escritorio a la ventana, de la ventana al archivo y de allí al cajón de los papeles en blanco, en donde era más feliz que en el cajón de los dulces.

Cuando mi padre ocupaba la silla, me correspondía entonces la de mi madre, que era estática y firme: algo incómoda para redactar un ensayo, pero apenas justa para salir pronto de uno de esos mapas con los que nunca logré convencer. Un cojín la hacía más soportable.

Con el tiempo aprendí que no se ahorra en sillas ni en zapatos, pero sobre todo aprendí que las sillas se parecen a sus propietarios: las hay tan adornadas como sus dueños barrocos, giratorias como aquellos que hoy piensan una cosa y quizás mañana piensan otra, enormes y abullonadas como los buenavidas que las soñaron para la hora del regreso a casa, rígidas y empinadas como tantos que no dan su brazo a torcer, pesadas como esos seres insoportables que pagaron por ellas. Las he visto de falso cuero rojo en casa de amigos informales, y tapizadas en impecable paño inglés de color hueso allí en donde los dueños sufren a la hora del té, imaginando que una gota puede echarlo todo a perder. Estoy casi seguro de que las escogen así no porque quieran transmitir una idea de pureza sino porque les gusta sufrir.

He encontrado sillas hechas por sus propios dueños, que tienen oficios ajenos a la carpintería y el diseño, en casas de quienes añoran la vida de finca de su lejana infancia, y también he encontrado modelos de sillas tan sofisticados y hermosos como la del arquitecto alemán Mies van der Rohe, en casas de parejas que jamás invertirían un peso de más en un automóvil, pero que en cambio tienen el arte como prioridad.

Porque hay sillas tan famosas como obras de arte. Y algunas no lo parecen sino que lo son. La de Mackintosh, por ejemplo, que parece diseñada pensando en emperadores que no se creen su título ni su poder. La del más loco de los diseñadores modernos, Frank Gehry, fabricada en cartón corrugado: ¡hermosísima! O la de Verner Panton, que marcó una época y hoy se exhibe en el MoMA.

Que no se equivoquen los que piensan que la silla es un objeto simplemente para poner el trasero. Sin una silla cómoda de nada valdrían la alta cocina a la hora del almuerzo ni las ideas geniales que se exponen muy de mañana en las salas de juntas. Y, sin duda, no serían tan apetecidos los buenos chismes que surgen en voz baja en medio de las visitas de pésame.

FERNANDO QUIROZ
Revista Habitar

Despierta con las noticias más importantes.Inscríbete a nuestro Boletín del día.

INSCRIBIRSE

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.