Libros / Juan Manuel Roca comenta Juego de Niños, de Guido Tamayo

Libros / Juan Manuel Roca comenta Juego de Niños, de Guido Tamayo

La nueva novela del autor bogotano habla sobre la infancia y Roca la comenta.

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10 de junio 2016 , 06:31 p.m.

“La especie de personas que no son felices cuando
son niños es la especie que cree en la inteligencia”
Gertrude Stein

Los niños viven en la periferia porque supuestamente el mundo es adulto, pero algo secreto se vive a orillas de los mayores que no intuyen, como decía Huizinga, que “el juego es anterior a la cultura”. De esto, a grandes rasgos, trata la nueva novela de Guido Tamayo. De una infancia que, por enrarecida que sea acude al juego como a una evasión, a darle animismo a los objetos y a los espacios como lo hacen los brujos y los poetas. Porque el niño, como el poeta, siempre tiene una relación disfuncional con la realidad. Lo que llamamos así, la realidad, que en consonancia con Nabokov es una palabra que debe ir siempre entrecomillada, corre por un riel mientras el deseo o la ensoñación que se blinda en los juegos corre por otro riel distinto a la chatura del mundo.

La llevada y traída frase de Rilke de que la única patria del hombre es la infancia, tiene en estas páginas unos rasgos de crueldad, como ocurre con la que llamamos con una solemnidad cosmética y no poca hipocresía, la gran patria, ese espejismo de pertenecer y tener que amar antes que nada el lugar de nacimiento. Un mundo feroz que ocurre a espaldas de los adultos es también la niñez.

Que la infancia tiene formas de ver, de pensar o de sentir que le son propias, y que nada resulta más insensato que querer abolirlas para imponer las nuestras a conveniencia, es algo que puede rastrearse desde las viejas y sabias argumentaciones de Rousseau en “Emilio”, su tratado de la educación. No hay parte de novedad en el aserto, pero este argumento está presente, de bulto, en la bella ficción de “Juego de niños”.

Guido Tamayo nos habla a contracorriente de un mundo privativamente feliz con el que usualmente se relaciona la niñez. Un niño anómalo, casi teratológico llamado Fernando, es el epicentro de la poderosa novela “Juego de niños”.

Si acordamos que un infante vive en la señalada marginalidad del mundo adulto, uno que además es enorme y en apariencia avejentado, de pienas débiles y prominente cabeza, resulta doblemente orillero y marginal a causa de su deformidad, de su rareza.

Una pregunta que flota de manera elusiva en la novela, una narración de tan alta precisión y voltaje poético, tiene que ver a su vez con las preguntas que se hacen unos niños ante la llegada de Fernando, el nuevo inquilino al que deben tratar como a un hermano. Me pregunto que si las cigüeñas traen a los niños de París, el ave zancuda que lo abandonó en un barrio bogotano, no sería acaso una cigüeña contrahecha.

Sus hermanos, una familia ajena adoptada por decreto, por abandono, ven irrumpir en su seno más que un ser humano, una acuciosa pregunta por la naturaleza del otro, una pregunta que por momentos se desvanece tras adaptarse de manera espasmódica al nuevo miembro familiar. Tras intentar conocer al nuevo huésped entregado por su madre a una singular y dolorosa adopción.

Si se quisiera simplificar, la novela trata de manera constante el tema de la exclusión, de un desolado mundo familiar que a su vez es un reflejo, apenas una esquirla de la crueldad social, del temor a lo desconocido, pero también del amor.

Fernando es descrito como un niño viejo, como alguien de quien se admiran su gusto por un juego inalcanzable para los otros niños y la facilidad con la que aprende palabras y llena de secretos sentidos sus crucigramas, un pasatiempo más viejo que su gusto, pues hasta en las ruinas de Pompeya recientemente encontraron juegos de casilleros con palíndromos parecidos a ese ejericio intelctual con el que el chico anómalo pasaba buena parte de sus horas.

Por su aspecto y por su dificultad de movimientos, a Fernando le está negada la calle, el afuera, lo que quiere decir en términos reales que le está vedado el mundo. Es un virtuoso del silencio, alguien concentrado en sí mismo, en el apretado gueto de su cuerpo. Además sufre de constantes migrañas. Puesto a preguntar algunos de los síntomas de la migraña, hay dos que me resultan coincidentes con algunos signos que atacan a Fernando: “cambios en los patrones del sueño”, de ahí que su presencia oscile entre el sueño y la vigilia, “súbitas visiones de un túnel”, un túnel que atraviesa una vejez adelantada.

La casa que habita y comparte con sus nuevos hermanos, con Lucho o con Miguel, la presencia de quien juega el rol de padre, áspero y castigador como tantos padres que recuerdan la figura aniquiladora de tantas sagas reales; un mundo donde se castiga y se oye como una banda sonora la letanía del llanto infantil más supliciante que suplicante; la diversidad de caracteres de unos chicos descritos con precisión y sabiduría, nos envuelve y nos hiere.

Al mismo tiempo se describen los primeros escarceos amorosos, la presencia de Isabel, la bella Isabel que atiende a las labores domésticas, una muchacha que exacerba la imaginación en una Bogotá pacata y barrial donde las muchachas del servicio eran las primeras codicias sexuales. Isabel terminaba sus labores y debía refugiarse en su pieza por orden de la dueña de casa que le “prohibía andar por el apartamento a horas inusuales” para evitar cualquier contacto físico. También la belleza, por provocadora y de alguna manera subvertora, debe confinarse en ese mundo ciego.

Isabel llegaba a su pieza, tras la cocina, con el cuerpo poblado de ojos, con su cuerpo lleno de miradas lascivas como las de Lucho, un casi antípoda de Fernando al que le gustan los juegos rudos en patines, los bordes de las cornisas y los precipicios caseros, o como la mirada fija y escudriñadora del mismo Fernando, una mirada tan particular que parece venida de otra mundo.

Aunque de puro aguafiestas quisiera contarles acerca de la muerte de Fernando, estrellado en el patio interior de la casa, arrojado al vacío no se sabe cómo, no puedo hacerlo porque la malicia literaria de Guido Tamayo nos deja a cada lector una ronda de hipótesis, magníficas y dubitativas sobre el momento del deceso. Cómo se agradece al autor que huya de los narradores que todo lo cuentan, que no dejan espacio a la pregunta.

Solamente y de manera tácita, tras las descripciones de la naturaleza de Fernando, uno como simple lector puede pensar que la suya es análoga a la de las ventanas: siempre parecen a punto de saltar al vacío.

El recurso de espigar algunos crucigramas a medio hacer, y que contienen palabras claves de la historia, resulta algo más que un experimento, algo más que un juego cortazariano, se trata de una intermitente novela escrita a ramalazos por el protagonista de esta excelente obra.

Si me propusiera iniciar la elaboración de un crucigrama a propósito de “Juego de niños”, quizá lo haría de esta manera en su pimer escaque vacío: Horizontal, palabra de once letras que le viene bien a esta novela: inquietante.

JUAN MANUEL ROCA

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