Nueva guerra contra los genéricos

Nueva guerra contra los genéricos

Preocupa la tenaz persistencia de prejuicios que contradicen las evidencias y la lógica.

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09 de junio 2016 , 05:13 p.m.

Hace pocos días el representante Hernando Padaui presentó un proyecto de ley que, en franca oposición a lo que sucede en el mundo, pretende prohibir “la prescripción de medicamentos genéricos dentro de los planes de salud, tanto subsidiado como contributivo y especiales vigentes”. En entrevistas con la prensa, el representante demostró un conocimiento muy superficial y sustentó débilmente su propuesta.

Afirmó, y seguramente es cierto, que el 57 por ciento de las tutelas en salud son para exigir un medicamento de marca. Eso no demuestra nada sobre la calidad de los medicamentos suministrados, solo muestra la prevalencia de un prejuicio extendido entre la gente, y construido sobre falacias y hechos distorsionados. A continuación sustentó su propio prejuicio afirmando que alguna vez tomó una droga genérica que lo curó, pero en un tiempo mayor al de otra vez cuando tomó la droga de marca. No creo que el representante haya medido los tiempos. Tampoco creo que supiera si las dos enfermedades eran idénticas o si estaban en el mismo grado de desarrollo cuando empezó el tratamiento. Sin duda, no conoce otras circunstancias relevantes, como su estado físico general o el clima o mil más que pudieron influir diferentemente en los dos momentos. Sin embargo, con esa evidencia concluye que hay que prohibir los genéricos.

Mucha gente piensa así, y usa como soporte anécdotas sobre un caso propio, o el de algún conocido, o el de un primo de una conocida. Entre esa gente, hay que reconocerlo, hay también jueces que definen tutelas y médicos que recetan.

Las genéricas no son drogas novedosas y sofisticadas cuya patente se piratea. Son, en su gran mayoría, medicamentos de uso amplio que ya pasaron el periodo de 20 años durante el cual se protegió la patente del laboratorio que las desarrolló. Ahora se pueden producir y vender con el nombre químico del componente activo: acetaminofén en lugar de Dólex, ibuprofeno en lugar de Advil. Los laboratorios que las producen deben estar (y están) certificados y controlados por las autoridades de salud de su país y de los países a los que exportan. Los mayores productores están en India y China, pero los consumidores están en todo el mundo. Por ejemplo, en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia y España, el 68 por ciento de los medicamentos que se consumen son genéricos.

Estudios de la FDA (la agencia americana que controla drogas y alimentos) mostraron que la variación de contenido entre medicamentos genéricos y de marca es en promedio de 3,5 por ciento y está dentro de un rango que es similar al que daría si se compararan lotes diferentes de un mismo laboratorio ‘de marca’. No hay razón para fallas en el tratamiento ni para aumento en efectos colaterales.

Sin embargo, el prejuicio persiste: un análisis de la revista Jama (de la Asociación Médica Americana) mostró que muchos editores de publicaciones médicas manifestaban dudas sobre los genéricos, aunque la evidencia científica publicada en sus mismas revistas decía lo contrario. Los prejuicios son alimentados también por la masiva propaganda que hacen los grandes laboratorios.

La Corte Constitucional, en el 2009, resolvió una tutela a favor de un paciente con el argumento de que solo el médico puede decidir cuál es el tratamiento adecuado. Eso es cierto, pero ¿se puede extender esa autonomía incluso para definir la marca del tratamiento? Es como si un galeno solicitara una radiografía, pero exigiera que el equipo con que la tomen sea alemán, no coreano, porque fue Roentgen quien descubrió los rayos X.

Este proyecto de ley, por lo absurdo, no tiene futuro y no preocupa. Pero sí hay que preocuparse por la tenaz persistencia entre la gente de percepciones equivocadas que contradicen las evidencias y la lógica.


Moisés Wasserman

@mwassermannl

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