La palabra 'tema' y la pobreza léxica

La palabra 'tema' y la pobreza léxica

El pensamiento uniforme refleja la ausencia de lectura.

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09 de junio 2016 , 03:52 p.m.

Cuando una muy destacada estudiante presentó el ensayo titulado 'La importancia de la lectura en la vida profesional', supuse que ello era una broma, porque tal idea es semejante a 'La importancia del oxígeno en la vida humana'. La conjetura es sencilla: sin oxígeno no hay vida humana, y sin lectura constante la vida profesional es un remedo. No solo son “importantes”, sino que el oxígeno es vital y la lectura es esencial. Sin embargo, la relevancia y la pertinencia de ese ensayo se justificaban plenamente para rescatar del fondo amnésico ese papel indelegable del enriquecimiento intelectual, muy propio de esta humanidad (agobiada y doliente).

Tomando este referente, se comprueba de nuevo que, por esas carencias, el lenguaje se torna repetitivo y mecánico. La falta de originalidad al escribir y al hablar confirma el pensamiento uniforme, porque las escasas palabras reflejan eso: ausencia de lectura. Por supuesto, acudimos a la misma lengua, pero los usos trillados, los clichés, las maneras recurrentes, identifican la indigencia del léxico en cada persona. Por ejemplo, cuando no surge el sustantivo preciso, a manera de comodín funciona la trilladísima palabra 'tema'. Solo como ejercicio, escuchemos los comentarios apurados en amplios campos empresariales y en las emisoras de más sintonía. Allí, empleados, jefes, periodistas, funcionarios y una amplia variedad de invitados machacan ese 'tema', quizás como demostración de la pobreza léxica: ¡sirve para todo, pero no precisa nada!

Veamos otros clichés, aclarando que siempre es posible buscar expresiones más apropiadas, claras y cortas. Sin embargo, hay quienes acuden a usos como “a la hora de comprar, calcule la utilidad del producto”. ¿Acaso no es más práctico “cuando compre, calcule…”, “al comprar, calcule…”, “si compra, calcule…”? Pero, “a la hora de” se entromete… ¡a toda hora!

En otras oportunidades hemos recordado que ninguna persona sabe todo de todo. Por eso, sí es posible que una gran cantidad de información resulte desconocida para alguien. Aun así, aparece el relleno discursivo “para nadie es un secreto” (sobre todo, en la sección de farándula), como si la gente estuviera obligada a conocerlo todo. ¿Cierto que para ustedes esto no era un secreto?

Otros hablantes (o escribientes) plantean en sus peroratas algo como “yo creería que la solución es sencilla”. Entonces, uno piensa: “¿por qué le será difícil creerlo? ¿Qué le falta para eso?”, porque “creería” se refiere a la posibilidad de creer. Es más fácil “yo creo que la solución es sencilla”. Muy semejante es el afectado “serían 3.200”, que se escucha en muchos establecimientos comerciales; basta con “son 3.200 pesos”, porque el cobro no es nada hipotético.

Ciertos sujetos cuentan experiencias imprevistas: “Y llegamos, y nos tomamos 'como' un café, y luego me preguntó algo 'como' acerca de mi trabajo”. Aparte de la incoherencia y de la repetición de la 'y', se ignora qué bebieron (apenas se sabe que fue algo parecido a un café) y también se desconoce qué se preguntó (se presiente algo del trabajo). Y eso se debe a que en todo momento, más que nada entre muchos jóvenes, aparece el manido 'como', que solo significa, en esos casos, 'a manera de'. Así, es distinto “fuimos como a una cafetería” que “fuimos a una cafetería”, porque en el primer caso no se sabe con certeza a dónde fueron. Es sencilla la solución: quitar “como”.

Y qué decir del ceño fruncido y la mirada perdida en el rostro de un expositor prosudo (como dicen en Ecuador). Él acostumbra a decir “en ese orden de ideas”, cuando ni siquiera ha ordenado el discurso y se limita a soltar una gran cantidad de afirmaciones sin piso, sin coherencia y sin objetivo alguno. A pesar de ello, “en ese orden de ideas” parece obnubilar a ciertos auditorios, que imaginan una conferencia profunda, metódica y novedosa, aunque jamás la entiendan… “en ese orden de ideas”.

Aparecen, por otra parte, aquellos que desean “ir más allá”, quizás porque apenas saben dónde se encuentran; nunca aclaran “más allá” de dónde. Especulando, querrán decir “ahondar más en el asunto”, “ampliar la cobertura”, “extender la información”, “conocer otras perspectivas”, etc. Y con ese 'más allá', paradójicamente, tienden a estancarse.

Sin embargo, una de las mayores extravagancias en el lenguaje (en cierta publicidad) se descubrió en una transitada avenida. Por allí, un lector medianamente experimentado esperaría observar cómo docenas de compradores huirían espantados y desconcertados. Otros más pensarían en la aparición de la avaricia descarada. No era un cliché, pero se habría creído que existen comerciantes muy sinceros y, a veces, con esos avisos les restarían eficacia a sus propósitos. En un tamaño promedio de diez centímetros, con cada una de las letras se anunciaba: “Tenemos precios insuperables”. ¡Qué carestía!

Con vuestro permiso.

 JAIRO VALDERRAMA
Profesor de la Facultad de Comunicación
Universidad de La Sabana

 

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