Música / Cuando algo es gratis, el producto eres tú

Música / Cuando algo es gratis, el producto eres tú

Andrés Cardona, guitarrista y cantante de Seis Peatones y Antípoda, habla sobre Rock al Parque.

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09 de junio 2016 , 11:07 a. m.

¿Qué es Rock al Parque? Un gran regalo de la fortuna para Bogotá. Empezó como cualquier idea que ha tenido y tendrá cualquier músico en cualquier parte del mundo, pero aterrizó acá en Bogotá, en las manos adecuadas, en el momento indicado. La idea se abrió paso entre la política y las distintas administraciones, y se volvió intocable, se convirtió en un ‘patrimonio cultural de la ciudad’. Sobrevivió. Es resistencia. Es lo que un sector de nuestra sociedad bogotana exige. El público bogotano creó un espacio y no se lo ha dejado quitar en más de 20 años, muy a pesar de la política y la violencia en Colombia. Si esa no es una de las muestras de resistencia civil pacíficas más grandes que ha tenido el país, que alguien me informe de lo contrario.

Eso suena mejor que “política pública exitosa”, definitivamente. Pero analicemos esa posición sin pasar por encima del hecho de que esta es la definición del festival a ojos del Estado. Rock al Parque, por más amor que le tengamos al nombre o al concepto ‘rock’, es un festival que se centra en el público, no en la música.

Es el primer festival que busca la congregación de un aforo en nombre de la paz, la cultura y del derecho a apropiarse del espacio público. Convivencia extrema, vida, máximo respeto, etc. En otras palabras, lo que necesitamos es “gente, gente, gente”. Y eso no está mal. De hecho, es excelente. Aunque la burocratización del proceso ha truncado su potencial creativo, el festival debe seguir creciendo entre la fortaleza de ese concepto. El blindaje máximo que tiene el festival es que se trata de la apropiación del espacio público por un sector de la sociedad que va a reunirse en paz. Esa es su belleza: el festival ni siquiera se trata de música. El producto que el festival le vende al Estado es que esta es una manifestación anual de un sector de la población en el nombre de la cultura.

El festival es un contenedor vacío para lo que el estado del arte del rock le pueda ofrecer a la ciudad. Conceptualmente es increíble. Los problemas empiezan desde ese vacío semántico en el contenido. ¿Y la música? Si la música es el último eslabón que amarra este concepto infalible, ¿por qué no protegerla, apoyarla, difundirla, fortalecerla, etc.?

Desde hace unos seis años, el Idartes se encarga de monitorear, regular, evaluar y calificar ese contenido musical en un esfuerzo conjunto con las oficinas de convocatorias del instituto y la gerencia de música. Carga con el peso de los cinco festivales al parque (versiones de rock al parque con otros géneros) y se espera que les resuelva los mismos problemas de contenido a todos ellos. También se encarga de exposiciones, murales, danza, teatro, también de la educación en primera infancia (durante la administración de Petro) y otro largo etcétera. En otras palabras, mucho, demasiado trabajo. La triste realidad es que el Idartes es muy pequeño para soportar toda esta carga. Todos entendemos que estas mediciones cuantitativas y/o cualitativas en la música son, quedándome corto en palabras, defectuosas.En ningún momento cuestiono la operatividad, el trabajo y las horas humanas invertidas en estos procesos, que además son necesarios para llevar a cabo el festival.

Sin embargo, las secuelas que dejan estos años de convocatorias y su complicada forma de comunicar procedimientos dejan resultados interesantes. Cada año, el número de bandas que se presentan es más grande pero solo un 10 por ciento de ellas tocan al final en el festival. De ese pequeño porcentaje, alrededor de un 5 por ciento hace giras internacionales ese mismo año. Algunas personas ven esas cifras y se preocupan. Personalmente, creo que reflejan el estado del arte de la música del mundo entero. Puede interpretarse como un microcosmos estadístico. Muchas bandas, pocos figurantes, poca circulación internacional. Así es la vida, así va la industria del rock en el mundo y a veces se encuentra con Rock al Parque en el camino. He ahí otro gran paradigma del festival: lamentablemente, el evento es mucho más grande e importante que su talento local.

Hay breves momentos en los que la industria musical y Rock al Parque convergen. Pero no siempre es así. El rock nacional en este país debió aprender a reclamar su espacio desde una sincronía con una realidad superpuesta, pues tenía el primer festival hipermasivo y gratuito del continente, y nadie lo sabía operar. El grueso en contenido (las bandas bogotanas) apenas estaba descubriendo caminos. Así mismo lo hicieron el público, los técnicos, la producción, el Estado y los músicos. Todos estaban emprendiendo un camino empírico. Algunos se lo abrían con cuidado y mesura, mientras que otros se fueron a la vanguardia con machete y soplete.

Hay que dejar muy claro que el “rock nacional” es contemporáneo con el del resto del mundo. No empezamos tarde, mucho menos con el festival. Piense en Los Speakers y el año 1965. Hubo un Woodstock llamado Ancón y se editaron copias de vinilo con pedazos de LSD en sus bolsillos. Eso es bastante rocanrol.

En los años 80 y 90 hubo una segunda oleada generacional, discos locales editados por casas disqueras importantes y muchas otras independientes. Empezó Rock al Parque a la par de la época en que MTV Latino se lanzó a conectar a todos los roqueros del continente. Tremendo momento. La cadena de televisión se encargó de ayudar a posicionar con las disqueras a por los menos una de las bandas grandes de cada región. México y Argentina recogieron los mejores frutos con Café tacvba, Caifanes, Soda Estéreo y Cádillacs. Por Colombia, MTV les apostó a Aterciopelados y Estados Alterados.

Mientras tanto, tal vez por la violencia de los 90, Rock al Parque iba mostrando cada vez más bandas de metal, hasta el punto que se volvió tradición tener un día dedicado al género. MTV también entendió esta tendencia y respondió con Headbangers Ball. Años más tarde hablé con los creadores del show y me dieron el mismo veredicto acerca de esa época: “Ninguno sabía lo que hacía, era hermoso”.

Cuando MTV Latino sucumbió, primero a la era de los realities, era apenas natural que esto afectara de manera grave la industria de la música y hasta que se sintiera en Rock al Parque. Hubo pocas cabezas de cartel que “llenaran” y comenzamos toda una época de reciclar lo que sabíamos que serviría: Robi, Fito, Charly, Manu, Calamaro, ‘Cafeta’, Molotov. Entró una nueva generación de música colombiana en inglés y con ella el apoyo de una cadena gigante de radio. Se sintió el cambio. El festival empezó a apostarle de frente a la música anglo, oportunidad que vieron grandes empresarios para empezar a traer más artistas a conciertos pagos. Entró la era de las redes sociales, y ahora las opiniones se sienten más fuertes que en cualquier otro momento. Los hackers arreglaron votaciones en línea.

Entra la era de la diversidad, de buscar mostrar un festival conectado con el estado del arte de la música mundial. Sin embargo, la financiación no da, y el festival tropieza una y otra vez. Mientras tanto, el rock de la ciudad empieza a transformarse. Aparecen bandas dispuestas a afrontar el mundo sin la necesidad de verse reconocidos por Rock al Parque. La industria de la música local es una cosa, el festival es otra. No obstante, cuando los dos se sincronizan, pasan cosas increíbles, regularmente cuando hay un aniversario o celebración y todos los elementos se alinean. Una buena financiación y listo: Rock al Parque, lleno. Así se acaban los problemas.

Si bien Rock al Parque aceleró el proceso de la industria musical del país, es evidente que la consagración de una banda colombiana es rara vez un fenómeno nacido desde el propio país. El dicho que reza sobre el profeta extranjero se cumple. Y en rap hay pocos gigantes locales. Muchos de esos pertenecen aún a esa generación que inició el proceso, algunos se reagruparon y otros simplemente abandonaron su carrera. Lo cierto es que no hay momento más emocionante para la música que este: una rotación increible de colombianos en festivales de todo el mundo. Públicos un tanto más dispuestos a invertir en el talento que verá crecer frente a sus ojos. ¿Pasarán nuevamente 20 años para que el público colombiano reconozca estas bandas como algo importante, como pasó con la primera generación? Me lo pregunto todos los días.

 

ANDRÉS CARDONA

Guitarrista y cantante de bandas como Seis Peatones y Antípoda.

 

 

 

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