El defensor y la balanza

El defensor y la balanza

Mientras el mundo se acababa aquí en Bogotá, una obra maestra se mojaba en un sótano cualquiera.

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08 de junio 2016 , 06:12 p. m.

La verdad es que quería escribir, y empecé a hacerlo, sobre un libro bellísimo de don Pedro Salinas que se llama 'El defensor'. Se lo compré hace meses a mi gran amigo el librero Guillermo Martínez (Trilce es su librería, un verdadero paraíso en Chapinero) y me encantaron los cinco ensayos que hay en él: cinco apasionadas defensas de cosas que ya no están, desde los ancianos hasta el lenguaje.

Bueno: “cosas que ya no están” es un decir, porque don Pedro debió de escribir esos ensayos en 1942 o 1943, más o menos, y ya en esa época le parecía que había cosas maravillosas del mundo, como el hecho de escribir cartas o como la lectura, que estaban amenazadas por la tecnología y la modernidad. ¡En 1942 o 1943! Por eso se sentó furioso y escribió ese libro y ese pleito, 'El defensor'.

Pero tuvo la desgracia don Pedro de que sus amigos colombianos, que eran muchísimos y que lo adoraban, decidieran publicar el libro aquí, e incluso le consiguieron una editorial de lujo para el momento, la de la Universidad Nacional de Colombia. Hasta allí todo muy bien: Salinas, que vivía en el exilio desde la Guerra Civil española, vino al país por una temporada, dio unas conferencias y dejó su libro listo y en el horno.

El libro se publicó por fin en 1948: el 9 de abril de ese año atroz y apocalíptico que arrasó con todo, incluida esa primera edición de 'El defensor', que según Juan Marichal se quedó para siempre pudriéndose y mojándose en un sótano mientras en Bogotá la gente no dejaba piedra sobre piedra. Fue la misma suerte de 'La balanza', el primer libro de poemas de Álvaro Mutis: salió ese día también y se agotó, como él decía, “por incineración”.

La suerte común de esos dos libros inocentes –aunque ninguno lo es, no hay libros inocentes– me distrajo de mi tema para hoy, pues me puse a buscar y a releer historias y cuentos y anécdotas y relatos del llamado ‘Bogotazo’, para ver si en alguno de ellos, por cualquier motivo, se hablaba del gran poeta español Pedro Salinas, o del joven poeta colombiano Álvaro Mutis, o de la próxima aparición de 'El defensor' o de 'La balanza'.

Y me volví a encontrar con la película de ese día de horror, que vista así, como partida por escenas, encarna a la perfección la historia de este país nuestro a la vez trágico y grotesco. Esa historia, esa película del 9 de abril, la hemos visto muchas veces y tiene muchos narradores, miles de voces que estaban en ella y pudieron sobrevivirla. Pero aún así nunca deja de ser estremecedora y absurda, increíble.

Cuenta Lucas Caballero Calderón, por ejemplo, el gran Klim, que el 11 de abril iba llegando a su casa y la ciudad estaba todavía bajo el toque de queda. Habían pasado apenas dos días del infierno y aun soplaba, entre los escombros, el fuego. Entonces un policía le ordenó a un hombre que levantara las manos. Se lo dijo tres veces sin que nada pasara. Le disparó. El pobre hombre era un manco que iba pasando por allí.

Manco no era en cambio un tipo de sombrero y ruana, sin dientes, que el propio 9 de abril, cuando ya se había desatado la locura, corría quién sabe para dónde –ni él debía de saberlo– con un inodoro a cuestas. Lo vio el escritor boliviano Humberto Palza Soliz, quien era el delegado de su país en la Conferencia Panamericana. Ya había visto a dos niños llevar una nevera. ¿Pero un sanitario? Quizás mejor eso que nada.

Y mientras el mundo se acababa aquí en Bogotá ese día y esa noche, mientras la gente corría por las calles entre la lluvia y las balas, mientras un muchacho de Aracataca le quitaba un vestido entero a un maniquí para regalárselo a su papá cuando lo viera, mientras todo eso pasaba, una obra maestra se mojaba en un sótano cualquiera.

Otra víctima más del 9 de abril.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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