Música / Rock es libertad

Música / Rock es libertad

¿De qué hablamos cuando hablamos de rock? la respuesta es bastante compleja.

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08 de junio 2016 , 04:38 p. m.

Hace unos días, mientras veía con fascinación la estupenda adaptación que Juan Gabriel hace de Have you ever seen the rain?, ese clásico de la Creedence bautizado ahora como Gracias al sol y que hace parte de un homenaje latinoamericano al grupo liderado por John Fogerty, eché un vistazo a las opiniones de la gente y no dejaron de causarme risa –mi asombro hace rato se esfumó de los territorios de las redes sociales–; entre la ola de indignación latina por la nueva versión, valga decir que la mayoría de los comentarios escritos en inglés es más bien halagüeño, encontré comentarios de este tenor: “Es un insulto para la música de Creedence, solo la gente inculta musicalmente hablando apoya el cover de este homosexual!! [sic]”. Después recordé los comentarios que las personas han dejado en las versiones del álbum homenaje a El Dorado de Aterciopelados, del que un servidor formó parte el año pasado.

Por ejemplo este, en la versión de Florecita rockera, que estuvo a cargo de Esteman: “No me gustó la línea por la que se llevó este tributo (en general todas las canciones), extraño los sonidos fuertes y representativos de Aterciopelados, este tributo está muy hippie, muy rosa, creo que en su búsqueda de un sonido o una idea independiente Andrea logró encontrar su propio sonido, pero se llevó por delante, destruyó y contaminó el sonido original de Aterciopelados, lo que era y su esen¬cia, algo que jamás se podrá recuperar [sic]...”.

En ese par de comentarios se alude a dos asuntos que perduran en el debate pero que carecen de todo sentido: el rock como música culta y como música pura. Pues ni tan culta, ni mucho menos pura. En aras de llevar a buen puerto la pregunta inicial, es importante dejar atrás, y ojalá de una vez por todas, los asuntos en cuestión; aunque para ello sea necesario echar un vistazo a los orígenes del rock.

Primero, el rock and roll germinó de la comunión de dos músicas distantes pero con mucho en común: el blues y el country, músicas rurales que contaban las penurias, anhelos y alegrías de dos poblaciones pobres del sur de Estados Unidos: los negros descendientes de esclavos africanos y los blancos hijos de migrantes irlandeses, respectivamente.

Segundo, si por música culta se entiende aquella que ha brotado de las academias y responde a una élite privilegiada, cualquiera que sea, el rock está en las antípodas de ello. Aunque obvio para muchos, no sobra recordar que desde sus orígenes el rock and roll fue abrazado masivamente por la juventud de Occidente, a tal punto que seis décadas más tarde ha llegado a ser considerado el folclor global; dicho de otra forma, el rock permeó todos los ámbitos de la vida, se trata de una música popular.

Abordadas esas cuestiones básicas, alrededor del rock se han planteado otras discusiones más interesantes sobre su esencia. Para algunos, el rock es ‘una forma de vida’. ¿Pero qué tipo de vida? La respuesta al uso suele ser una vida desenfrenada llena de excesos, vicios y virtudes, en ese caso los referentes son sobrevivientes como Eric Clapton y Keith Richards –el arquetipo del rockero– o malogrados como Jim Morrison y Kurt Cobain; en esa misma vía también caben músicos ajenos al rock como José Alfredo Jiménez, Héctor Lavoe o Diomedes Díaz, y rara vez se mencionan nombres menos escandalosos pero que han construido una obra portentosa y emocionante como Paul McCartney o Frank Zappa, por nombrar algunos.

Para otros, el rock es una forma de pensamiento. Y quizás sea este su valor más atractivo. Es indefectible que, desde sus orígenes, el rock intentó ser marginado por los sectores más recalcitrantes de la sociedad occidental y de los gobiernos comunistas. Sus evidentes connotaciones sexuales, el fervor con el que fue acogido, los nuevos valores que representaba y, por ello mismo, las posibilidades creativas que les otorgó a los aburridos jóvenes de posguerra, lo convirtieron en un terreno fértil en dónde manifestar sus incertidumbres y cuestionamientos. En algo más de una década, el rock había dejado de ser una música de impúberes rebeldes sin causa y se había transformado en una de las mayores plataformas de protesta contra la guerra y la desigualdad; contracultura, la denominaron algunos. Si en 1955

Elvis Presley y Chuck Berry escandalizaban con sus letras y su desempeño escénico, a finales de los años 60 Bob Dylan, Marvin Gaye, John Lennon y Neil Young, entre muchos otros, procuraban captar la atención de la gente a través de sus canciones y opiniones. Más tarde harían lo propio bandas como The Clash y The Housemartins en contra del Gobierno británico liderado por el Partido Conservador, o músicos como Willie Nelson y Bob Geldof a favor de los campesinos estadounidenses y de la población hambrienta del Cuerno Africano, respectivamente. Al margen de los ejemplos, que abundan, el rock como una forma de pensamiento está íntimamente ligado a la idea de la libertad, sobre todo de la libertad creativa.

Cuando el rock germinó como hijo pródigo del country y el blues, marcó un camino de posibilidades infinitas en donde todo le fue posible a la imaginación; así, mientras la Velvet Underground y MC5 le abrieron la puerta al ruido, bandas como Traffic y The Band concentraron su atención en explorar los cimientos sonoros del rock and roll; mientras que músicos como Sly Stone y James Brown condensaron todas las variables rítmicas del soul, el jazz y la sicodelia para dar forma al funk, grupos como Free y Led Zeppelin engrasaban la máquina del rock duro. Y también pasó en la periferia: en España, por ejemplo, el cantautor Miguel Ríos se sumergió en las raíces árabes de la música andaluza en su álbum Al-Andalus; en Argentina, Luis Alberto Spinetta se acercó al tango con su banda Invisible en el disco El jardín de los presentes, y en Colombia la banda La Columna de Fuego vinculó el rock con los sonidos tradicionales de las costas Caribe y Pacífico para crear toda una suerte de funk criollo.

La mención de La Columna de Fuego tiene un objetivo específico: remarcar la diferencia en el comportamiento del público colombiano aficionado al rock en 1971 y a comienzos del siglo en curso. Uno de los momentos cumbre en la corta vida de la banda, en 1971, el mismo año de su fundación, fue su arriesgado y sofisticado show en el Festival de Ancón –una especie de Woodstock criollo celebrado en el municipio de La Estrella (Antioquia)–; aquella vez, decenas de miles de asistentes aplaudieron a rabiar cada minuto de La columna sobre la tarima. Tres décadas más tarde, un sector del público rockero colombiano empezó a dar muestras de una intransigencia cavernaria cada vez que se anunciaron o se presentaron, puntualmente, en Rock al Parque, bandas revolucionarias de nuestra música popular, de nuestro rock local, genuino y en ebullición permanente: Bloque de Búsqueda –a finales del siglo pasado–, Sidestepper, ChocQuibTown o Systema Solar, entre otras, recibieron maltrato, acusadas de que su música no es rock.

Volvamos sobre lo tangible con otra pregunta: ¿qué tienen en común las carátulas de los discos Pet Sounds, de los Beach Boys, en donde la banda aparece dándoles de comer a unas cabritas; Ummagumma, de Pink Floyd, en la que el encuadre del grupo se repite modificado dentro de otro cuadro hasta el infinito; Lovesexy, de Prince, en donde el genio de Minneapolis aparece desnudo sentado sobre unos lirios gigantes; Nevermind, de Nirvana, en la que un bebé busca un dólar sumergido en una piscina, y Dawn of the black hearts, de Mayhem, que muestra el cadáver de su vocalista suicida fotografiado por el guitarrista de la banda? A pesar de sus marcadas diferencias estéticas, que además pueden dar una idea de su sonido, todas hacen parte del enorme mundo del rock.

Precisamente eso es el rock and roll, un lienzo inconmensurable en donde todo es posible. Basta con revisar las obras de grandes creadores incuestionables como Peter Gabriel, David Bowie, Brian Eno, Robert Fripp, Paul Simon, David Byrne o Robert Plant, cerebros inquietos que han preferido tomar alto vuelo y experimentar en lugar de permanecer, incómodos, en el sillón de la fórmula efectista.

Bien lo ha dicho Diego A. Manrique, acaso el mejor periodista musical de habla hispana: “No existe música buena y música mala, hay música que emociona y música que no”, y al final es lo único que importa, la música que cada quien escucha en sus rituales y cotidianidades; aunque resulta triste, aburrido y frívolo que se piense en el rock omitiendo su característica esencial: la libertad. Pero a pesar de los pesares y de sí mismo, siempre huirá hacia adelante buscándola.

UMBERTO PÉREZ
Historiador, gestor cultural y comentarista musical

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