Ocho típicas bogotanadas que a pesar del tiempo siguen vigentes

Ocho típicas bogotanadas que a pesar del tiempo siguen vigentes

Partir la panela con una piedra, secar la ropa detrás de la nevera y pedir ñapa, algunas de ellas.

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05 de junio 2016 , 06:50 p. m.

A pesar de que no son exclusivas de Bogotá y de sus más de ocho millones de habitantes, las acciones que serán descritas a continuación son el ‘pan’ de cada día en la capital. No distinguen género, barrio ni clase social.

Subirse por la puerta trasera de la buseta y pasar el dinero al vecino hasta que, de mano en mano, le llega al conductor; poner frutas y verduras en papel periódico para madurarlas y pedir ñapa en las panaderías o tiendas de barrio son algunas de las acciones más comunes. Otras prácticas, como la de poner botellas de plástico llenas de agua en los jardines y zonas verdes para evitar que los perros se orinen son realizadas por las personas, muchas veces, sin saber por qué.

Ya sea por comodidad, economía, ignorancia y hasta pereza, las costumbres que se ven en Bogotá dicen mucho de lo que somos y cómo fuimos criados los rolos. Sin embargo, para María Teresa Salcedo, antropóloga del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh), algunas de estas prácticas no solo suceden aquí, también se ven en otras partes del mundo. Además, dice que estas costumbres “conectan con mayor eficacia a la gente con los objetos, los alimentos, el lenguaje, los animales y los obstáculos y trayectorias que hacen parte de la vida”.

A pesar de que varias de estas curiosas prácticas llegaron a Bogotá hace muchas décadas y desde diferentes regiones del país, todavía están vigentes.

El cambio en el estilo de vida de las personas y, principalmente, la tecnología las han mermado y amenazan con su existencia, sin embargo, muchas se resisten a desaparecer.

Un secado ‘exprés’ detrás de la nevera

Después de 30 años, Nancy Gómez aún conserva su nevera marca Centrales de 12 pies como si fuera el electrodoméstico más preciado de su casa. Según ella, el refrigerador ha servido durante décadas para secar la ropa de los miembros de su familia cuando la lluvia lo ha impedido. “En una ocasión tuve que decirle a mi hijo que no fuera al colegio porque el uniforme no se secó”. Siguiendo un consejo de su hermana mayor, Nancy optó por dejar la ropa detrás del refrigerador para que se secara. “Había días en los que no hacía tanto sol, entonces yo lavaba la ropa, la escurría y la dejaba orear. Enseguida, la colocaba sobre la rejilla de la parte trasera del refrigerador para que amaneciera seca, pero quedaba tiesa”, recuerda. “Utilizar la nevera para secar ropa o zapatos parte de un asunto de espacio, puesto que muchos hogares no tienen terraza para secar la ropa. Aunque la idea también tiene que ver con la invisibilidad de los zapatos en la vivienda”, comentó Salcedo.

Periódico para la fruta

Foto: Angie Lorena Franco

“A veces la fruta salía verde o no estaba madura del todo, entonces mi mamá se ponía brava con el vendedor y le dejaba de comprar porque le tocaba envolver las frutas en periódico durante varios días”, contó Leonor Carvajal, quien toda su vida ha vivido en Bogotá. De acuerdo con lo que ella relató, su abuela fue quien le enseñó a su mamá a envolver las frutas en papel periódico y guardarlas en un cajón, unos tres días, para que madurarán.

“Mi abuelita decía que si uno hacía eso los alimentos sudaban y que, debido al calor, en menos de una semana dejarían de estar duros o verdes”, dijo la ciudadana.

Por su parte, la antropóloga del Icanh señaló que “envolver las frutas en papel periódico es un práctica muy urbana, que por lo general hacen los consumidores. Se suele guardar dentro de en un cajón para evitar el mosquito sobre la fruta”.

En la buseta: monedas de mano en mano

“Los ‘cebolleros’ eran esas busetas grandes que se llenaban de gente y que lo llevaban a uno hasta por 500 pesos”, cuenta Ana Martínez. Debido a la cantidad de pasajeros que recogían estos buses y a que la mayoría se ubicaba en la parte de adelante, al conductor no lo quedaba otro remedio que abrir las puertas de atrás. “La gente que se subía por la parte trasera le daba a uno el dinero para pagar. Entonces, de persona en persona, pasábamos la plata hasta la cabina del conductor. Lo grave era cuando entregaban las vueltas, en especial si eran monedas, porque no faltaba al que se la caían”. A pesar de la entrada en operación de los buses del SITP, en las busetas provisionales, que aún reciben pagos en efectivo, todavía se mantiene esta costumbre. Para María Teresa Salcedo, antropóloga del Icanh, pasar el dinero de mano en mano desde atrás hacia adelante puede entenderse como una práctica comunitaria, “en la que se crean vínculos colectivos y de confianza dentro del vehículo, por el hecho de entregar a otros las monedas del pasaje del bus”.

Pijama y mandados, siempre juntos

Foto: Angie Lorena Franco

“Algo que siempre me ha disgustado es que el día en que salgo en pijama, despeinada y con las chancletas de mi mamá, para comprar la leche y el pan, me encuentro con medio mundo”, contó Valentina Torres, quien agregó que aun así no pierde la costumbre porque además de sentirse cómoda, hace el mandado más rápido. Por su parte, la antropóloga Salcedo explicó que la pijama termina siendo un traje común y corriente y que en países donde hay fuertes inviernos es algo normal. “Mucha gente en todo el mundo va a trabajar en pijama, incluso hay personas que duermen con parte de la ropa que ha usado durante el día y cuando la gente se levanta de la cama se pone la misma ropa con la que ha dormido. Las diferencias entre la ropa para dormir y la ropa para trabajar se marcan visiblemente en las sociedades modernas en las que no hay estaciones”.

A partir la panela con la piedra del paseo

Foto: Angie Lorena Franco

“Esta piedra me la regaló mi mamá hace muchos años después de un típico paseo de olla, en el que hicimos un sancocho, en Honda (Tolima). Ahora la uso para partir la panela y espichar los patacones cuando hago el almuerzo”, dijo Nidia Cárdenas, habitante del barrio Belén, quien agregó: “Los patacones me quedaban más ricos cuando los estripaba con la piedra, porque las pataconeras de madera no son tan buenas”.

Las piedras en las cocinas, por lo general, hacen parte de una larga tradición que va de generación en generación en las familias, por lo que Nidia afirmó que algún día le dará su piedra a su hija mayor. Esta práctica se explica a través del razonamiento, afirmó la antropóloga del Icanh. “La panela es comida, entonces es mejor partirla con algo que no le cambie el sabor, como por ejemplo una piedra, porque si se parte con algo metálico, cambia el sabor”, dijo Salcedo, quien agregó que en este caso se aplica la lógica de igual con igual. A pesar de que en los mercados existen objetos para partir la panela, aún se prefiere la piedra.

Botellas en lugar del ‘chite, perro’

Foto: María Teresa Santos / EL TIEMPO

“Mire, mijito, como me decía mi mamá, en todo barrio popular hay perros por montones en las calles, y eso no es que sea malo. Pero dígame, ¿A quién no le estresa que venga un animalito de esos y se orine frente a su casa?”, señaló Edilma Rodríguez, del barrio 20 de Julio. Para ella y para otros rolos la solución del problema es la siguiente: “Lo que uno puede hacer es llenar botellas de gaseosa con agua y dejarlas en frente de las puertas de la casa para que los perros no se orinen, ellos ven su reflejo y piensan que se van a mojar con su propio chichí”. De acuerdo con María Teresa Salcedo, el hecho de llenar envases con agua no es una actividad de ahora. Es una práctica milenaria, a través de la cual “el hombre marca una huella de territorialidad en la que se le trata de decir al perro aquí no puedes orinar”.

Lo que los canes observan es su conexión con el hombre a partir de un intercambio de lealtades”.

Dejar ‘finca’ por botellas

Foto: Angie Lorena Franco

“Cuando voy a comprar varias cervezas en casi todas las tiendas a las que voy me piden que deje entre 200 y 500 pesos por botella, siempre que las devuelvo me entregan la plata, que generalmente uso para comprar algo de comer”, dijo Juan Guillermo Barbosa, estudiante universitario.

A propósito de esta acción, la antropóloga afirma que esta práctica garantiza que haya una transacción efectiva y “garantiza la devolución del envase de vidrio, y si el comerciante deja que sus clientes se lleven el envase de vidrio sin pedir fianza o ‘finca’ entonces perdería”.

‘Vecino, ¿y la ñapa del pan dónde está?’

Foto: Angie Lorena Franco

“Yo recuerdo que desde los 5 años mis papás me mandaban por las cosas del desayuno, y me insistían en que pidiera la ñapa en el pan, pero no sabía qué era eso”, comentó Santiago López, habitante del barrio Villa Mayor. Sin embargo, después de un tiempo López comprendió que pedir ñapa o vendaje equivalía a un obsequio que, por lo general, hacen en las tiendas. “Hubo un tiempo en que solo me daban el pan viejo y en la casa me regañaban”.

Para María Teresa Salcedo, esta práctica “tiene que ver con la escasez o abundancia de los bienes y hace parte de los sistemas de trueque más generales”. Sin embargo, en la ñapa no hay ganador ni perdedor. Todo se trata de riesgo y confianza, según Salcedo, quien agregó que “el que da un pan de más por primera vez ha aceptado el riesgo de confiar en otro que puede convertirse en un cliente, y a la vez el que recibe la ñapa ingresa en una relación de deuda que arriesga su reputación”.

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