Óscar Córdoba: el más grande

Óscar Córdoba: el más grande

El arquero histórico de la Selección Colombia recordó los mejores momentos de su carrera para BOCAS.

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03 de junio 2016 , 10:25 a. m.

“Lo mío no fue virtud. Yo no nací superdotado, como sí nació Óscar Córdoba”, declaró Faryd Mondragón en esta revista, poco antes de retirarse.

Con esas palabras, “el Turco” –otro de los grandes porteros que tuvo Colombia en su historia–, enfatizó en un concepto que para la prensa especializada fue casi una obviedad: Óscar Córdoba (Cali, 1970), en efecto, era un fuera de serie; había nacido con todas las condiciones con las que sueña cualquier portero y, a fuerza de atajadas memorables, supo afinar su talento para llegar al mejor de los puertos deportivos: los títulos y la gloria.

Así lo han dicho y lo siguen diciendo los porteros colombianos de todos los tiempos. Y así, de la misma manera, lo repiten los jugadores de campo de su época como Juan Román Riquelme –el cerebro de Boca Juniors de finales del siglo XX y principios del siglo XXI y uno de los jugadores más brillantes en la historia del fútbol argentino– que lo resumió así: “Córdoba es el mejor arquero de la historia del club”. Casi nada: el más destacado atajador de Boca, uno de los tres grandes clubes del continente.

Pero ¿en qué radica la importancia y grandeza de Óscar Eduardo Córdoba? Gabriel Meluk, editor de deportes de El Tiempo, con pausa, balanza y retrovisor, lo sintetiza así: “En el fútbol las discusiones son tan bellas, interminables y sensacionales como el juego en sí mismo. Para unos, por ejemplo, a “el Caimán” Sánchez no lo han podido superar. Otros juran que como Higuita no habrá ninguno. Algunos más creen que Faryd Mondragón es incomparable y hay quienes dicen que Miguel Calero no tuvo ni tendrá par. Pero, en los deportes de alto nivel, a los grandes talentos se les compara y se les mide por sus resultados. Y ser campeón de la Copa América, de la Copa Intercontinental, bicampeón de la Copa Libertadores, tricampeón argentino, y campeón de la Superliga y de la Copa en Turquía, son los inigualables resultados que convierten de lejos a Óscar Córdoba en el mejor portero colombiano de la historia”.
¿Córdoba es el mejor? ¿Es el más grande? ¿Es el más importante? ¿El más ganador? ¿Es todo eso reunido en una sola leyenda?

Que él mismo lo responda y, de paso, recuerde cada una de sus inolvidables hazañas. Pero no, Oscarito. No con ese impecable traje del jugador políticamente correcto, ni con el del exjugador, ni el del comentarista, ni el del dirigente, sino con el uniforme raído y sucio del gran atajador que hoy, dichoso, puede volver a ver el juego desde atrás, desde su arco, desde esa famosa soledad del portero y con una sonrisita en la boca.

¿Quién fue, o es, el portero más completo en la historia de Colombia? Puede incluir el apellido Córdoba, por supuesto…
En la historia va a quedar David Ospina como el arquero con mejor currículum de todos nosotros. Pero, para mí, el mejor arquero de Colombia fue Miguel Calero. Es que uno compra una boleta para ir a ver tapar a un portero como Miguel Calero.

Muchos, me incluyo, decimos que fue usted el mejor. ¿Nunca se lo creyó?
Sí, cuando los resultados acompañaron. De resto, ¡mmm…!

¿Cuándo empezó el sueño de ser un gran portero?
Ese sueño nace en la cama de mi papá y de mi mamá. Ahí era el mejor arquero del mundo, era hasta astronauta… Ahí empezó la ilusión de ser el arquero de la Selección Colombia. Pero para poder ser el arquero de la Selección Colombia, yo tenía que pasar por todos los procesos.

Un proceso que inició en la escuela Carlos Sarmiento Lora, en Cali, su ciudad…
La Sarmiento Lora fue la primera y verdadera escuela de fútbol en Colombia. Bien organizada, bien estructurada. El tema es que el Deportivo Cali perdió sus divisiones inferiores por un tema económico; tuvo una crisis y la escuela Carlos Sarmiento Lora, en un pacto, las absorbió… Yo llegué primero al Deportivo Cali, pero con la crisis económica que tenía el club pasé a la Sarmiento Lora.

Su gran formador fue Carlos Portela, el responsable de otras leyendas como Faryd Mondragón y Miguel Calero. ¿Cuál fue la primera gran lección que él le dio para ser un buen portero?
Me vio con el buzo por fuera y me dijo: “Pelado, métase la camisa porque, cuando la tenga adentro, se la vamos a sacar a pelotazos”. Yo era un muchacho de 13 o 14 años y él me puso directamente a tapar con muchachos de 16 y 17 años. Y a pelotazos me la sacaron.

Entonces, ahí mismo, ya andaba compitiendo con un tal Faryd Mondragón…
Recuerdo que Portela nos decía: “Aquí el único que se puede dar el lujo de no casarse rápido es Faryd Mondragón; el resto, que entre el diablo y escoja”. Nos decía que aprovecháramos el fútbol para casarnos porque Faryd era el único que podía modelar en calzoncillos, que Faryd era el único pinta del equipo… Y el resto, si no aprovechábamos el fútbol, nos quedábamos solteros toda la vida. ¡Ja!

Entiendo que usted debutó en el profesionalismo con Atlético Nacional, no con Deportivo Cali.
Yo llegué en febrero de 1988 al Nacional de “Pacho” Maturana. Fui y jugué con la Selección Colombia el Suramericano Juvenil de Buenos Aires, con Juan José Peláez, y luego debuté a nivel profesional en Cúcuta: un día René Higuita se levantó con malestar y me dijo: “Cordobita, ¿quiere tapar?”. Yo quedé de una pieza. Apenas llevaba cinco meses. El caso es que esa tarde me tocó ese chicharrón y perdimos 1-0… Con gol de penal, debo decir.

Fue en la selección juvenil donde empezó su legendaria amistad con Jorge “el Patrón” Bermúdez, ¿cierto?
Él era mi compañero de habitación en el suramericano de Buenos Aires y una tarde que me vio medio preocupado me dijo: “¿Qué pasó, Cordobita?”. Y le contesté: “Que vamos a ser papás”. Él fue el primero que se enteró de que mi esposa estaba embarazada. Desde entonces… ¡Hermanos! Bueno… Y ahora socios en varios proyectos... Y rivales en televisión: él está en ESPN y yo en Fox.

¿Es cierto que tan solo fueron cuatro partidos con Atlético Nacional?
Solo cuatro partidos, porque andaba todo el tiempo con la selección juvenil. Entonces ahí sí fui al Cali, pero Vladimir Popovic, el D.T., no me puso a jugar en todo el año. El último día de la temporada, en un asado, él se despidió y me dijo: “Hijo mío, arquero joven no poder tapar en Deportivo Cali”, así hablaba el yugoslavo. Yo le dije: “Listo, profe, gracias”. Años después, cuando le ganamos al Perú que él dirigía, allá en la Copa América de 1993, me encontré con él cuando íbamos de vuelta al camerino, ya con Perú eliminado, y le dije: “Hijo mío, arquero Deportivo Cali joven eliminar a Perú”. ¡Y me la saqué!

Y entonces, a los 21 años, usted se va para el Quindío…
El “profe” Jorge Luis Pinto llegó al Deportivo Cali con la idea de traerse a Carlos Leonel Trucco y así lo hizo. Entonces, como ya no había posibilidades para mí, me ubicaron en el Quindío. Tuvimos un semestre espectacular con ese equipo. No lo he dicho mucho, pero creo que en el equipo que más tapé fue en el Quindío. Un equipo impresionante, un relojito, un equipo chico muy táctico. Jorge Bermúdez era el defensa central.

Óscar Córdoba en sus primeros partidos como profesional. Foto: Archivo EL TIEMPO

Y de un equipo chico a uno muy grande, Millos. Pero fue ahí donde padeció una calamidad futbolística, una goleada histórica: el 7-3 contra Santa Fe.
El “profe” Julián Retat me recibió y me dio la oportunidad. Y me fue muy bien en el primer semestre. Hasta que vino el famoso 7-3, que fue el descalabro total.

¿Es cierto que los directivos le pidieron la renuncia?
El dueño del equipo era don Guillermo Gómez. Él me dijo que era una vergüenza, que estaba muy ofendido. Yo le dije: “Yo soy el que va a quedar marcado en la historia como el que se comió los siete; pero, disculpe, no me equivoqué”. Y la verdad es esa, ningún gol fue mío. Entonces me dijo: “Mientras yo esté aquí, usted no vuelve a tapar”. Yo aguanté unos meses, pero terminé saliendo y me fui al Once Caldas.

Gracias a sus atajadas en el Once Caldas, sumadas a los líos en los que se metió René Higuita –que terminó en la cárcel–, “Pacho” Maturana decidió llevarlo a la Selección absoluta. Parece ser que todo llegó muy rápido, ¿o no?
Lo que parecía una frustración me abrió la puerta a la “Sele”. El puesto estaba entre Faryd Mondragón y José María Pazo. Se abrió esa competencia y es en la Copa América de Ecuador donde yo tapo. Y me fue bien.

Recuerdo que su paso al América de Cali fue una de las transacciones más costosas del momento. ¿De cuánto fue?
Fueron casi 400 millones de pesos, que era una cifra alta por un arquero de 23 años. Eso fue lo que le pagaron al Cali… Ya lo que le tocó al Once Caldas, no sé cuánto fue.

Usted fue uno de los protagonistas del 5-0 en Buenos Aires, un partido del que se ha hablado hasta la saciedad. Pero después de tocar el cielo, vino el infierno con el fracaso del Mundial de 1994, del cual usted fue uno de los más afectados. Todo mal, ¿no?
Sí. Primero, porque desembocó en la muerte de un compañero [Andrés Escobar]. Segundo, porque las estadísticas dijeron que fui el penúltimo arquero más malo del Mundial. Tercero, porque, después, en cada estadio que yo iba a jugar en Colombia, me gritaron: “Ahí está, ese es, el asesino de Andrés”.

Y lo borraron de la Selección...
Dos años estuve borrado. Fueron dos años de destierro, tapó Faryd. Sobre el final de las eliminatorias a Francia 98, los tres o cuatro últimos partidos, me convocaron.

Su paso por América de Cali, entre 1994 y 1997, fue espectacular. Salió campeón y llegó a un subcampeonato de la Copa Libertadores… Incluido un error suyo que, parece, costó el título. Sin embargo, todo eso es lo que lo lleva a Argentina, ¿cierto?
Hubo dos Américas: uno de opulencia con Freddy Rincón y Leonel Álvarez; y otro, cuando ellos se van, que mezcla unos veteranos Álex Escobar y “Guama” Cardona con una camada de muchachos: Bermúdez, Wilmar Ortegón, Carlos Asprilla, "el Gato” Pérez... Y sí, salimos subcampeones de Copa Libertadores. Y sí, me equivoqué en ese partido contra River, pero lo que hicimos fue muchísimo con esa nómina tan limitada. Y es cierto, River estaba interesado, pero se cayó la negociación a raíz de ese error. Lo increíble del cuento es que Gati [Hugo], de Boca, me hizo un seguimiento después de ese partido y se dio cuenta de que yo no me caí y seguí atajando bien. Gati le hizo la recomendación a Macri [Mauricio, entonces el presidente de Boca Juniors], y así es como llegué a Boca.

La leyenda dice que los de Boca se deciden por usted tras ver una atajada suya con la Selección Colombia en Barranquilla.
Gati vio el partido entre Colombia y Bolivia en Barranquilla en el que hice una doble atajada con una triple reacción. Esa es la atajada que me lleva a Boca, porque Macri y el “Bambino” Veira, además, la vieron en un café. Lo que es el destino…

¿Es cierto que cuando lo llaman de Boca usted compra ropa de invierno en Bogotá para no volver?
Yo estaba en Barranquilla con la “Sele” y le dije al “Bolillo” [Gómez] que tenía que salir volado para Argentina porque Boca me quería probar. Él me dijo: “Andate, güevón”. Llegué a Bogotá, fui y me compré mi ropa, empaqué mi maleta, llamé a mi esposa y le dije: “Te veo en Buenos Aires. Yo ya no me devuelvo ni a bala”. Y no volví.

¿Y es cierto que es usted el que recomienda a su “llave” Bermúdez?
De cierta manera. Boca buscaba un central y había dos opciones: un brasilero mundialista y un tal Jorge Bermúdez. “¿Cuál querés?”, me dijeron. Yo dije: “Tráigame a Jorge, que con Jorge vamos hasta el fin del mundo juntos”. Y el día que debutó ese güevón hizo de todo. Primero, casi mata al puntero derecho del rival con una patada con la que, obvio, se echó a las hinchas de Boca en el bolsillo: todos gritaron: “Uffff”. Luego, me lesionó en una jugada en la que me cayó encima. Y, para rematar, va y hace un gol de cabeza. Ese mismo día le pusieron “el Patrón”, pero por la patada, no por el gol. ¡Ja!

Pero el patrón no solo fue él, fueron todos ustedes. ¿Es cierto que ustedes, los colombianos, eran los que peleaban los premios?
Nosotros nos encargábamos de revisar los premios y, mire usted, llevábamos todo lo que era la contabilidad del equipo. En Copa Libertadores hicimos un convenio con Macri y propusimos volvernos socios de Boca. En las negociaciones íbamos en proporción de 70-30, luego 60-40 y, así, íbamos ganando una porción hasta convertirnos en una sociedad igualitaria al llegar a la final. Con Bermúdez y “Chicho” [Serna] revisábamos los números: “Concentración, tanto; luminarias, tanto; policía, tanto; chárter, tanto”. Por eso digo que llevábamos las cuentas del club.

Es sabido que fue Bianchi quien lo respaldó cuando no empezó tan bien con Boca. Incluso se habla de una buena amistad, al punto de la tomadura de pelo. ¿Es cierto que lo molestaba con el peso?
Todos los viernes a las 8:00 a. m. nos pesábamos en Boca, era la regla. Y yo siempre llegaba con el peso exacto: 88 kilos. Un día, después de ir a una parrilla, pesé 88,5. Entonces él vino por detrás y me dijo: “Hey, José Luis… ¡Oh, perdón, lo confundí con José Luis Chilavert!”, para joderme la vida. Y así varias veces. Hasta que un día le dije: “Listo, cuando yo tenga 50 años, me peso y si estoy pasado, le pago una apuesta”.

¿Qué apostaron?
Creo que un asado.

¿Y es verdad que ustedes los colombianos, Faryd Mondragón, de Independiente; Mario Alberto Yepes y Juan Pablo Ángel, de River; Iván Ramiro, de San Lorenzo, y los tres de Boca, se reunían a comer en secreto en una parrilla?
No era tan secreto. ¡Ja! Era en la parrilla del Pobre Luis, en Belgrano. Ahí molestábamos a Juan Pablo [Ángel] que siempre comía pechuga de pollo porque era su dieta… ¡Muy profesional! Éramos muy unidos porque todos queríamos que nos fuera muy bien.

¿Tuvieron peleas adentro de la cancha entre los colombianos?
Con Iván, nunca. Con Juan Pablo sí hubo un conato, un roce en la semifinal de Copa Libertadores porque, antes del partido, Juan Pablo dijo para El Gráfico: “Ya compré los tiquetes para Japón”. Eso fue prender la mecha. Cuando nosotros le ganamos, la intención era decirle: “Bueno, ¿y qué vas a hacer con los tiquetes? Yo te los compro, pero más baratos…”. Por eso hubo un medio conato, pero nada más. Ese día fue el del famoso gol de Palermo.

¿Qué era lo que tenía Palermo? ¿En qué radicaba su grandeza?
Habría que hacerle una disección para saber qué era lo que tenía. Recuerdo un gol que le hizo a Rosario, en cancha de Rosario. Un tiro de esquina, él se hizo fuera del área, en el vértice izquierdo; cuando yo lo veo le digo: “¡Métete al área!”, pero se quedó ahí. Tiran el centro, rechazan mal, le cae a Martín, él patea rasante y la bola pasa por entre todas las piernas y se mete contra el palo izquierdo. No sé si era suerte o que tenía una intuición como ninguno.

¿Y Juan Román Riquelme?
Nosotros nos peleamos con Salvestrini, un directivo de Boca que dijo que nosotros necesitábamos un sicólogo para ir a jugar contra Palmeiras en la semifinal de la Libertadores. Antes del partido nos citaron a Jorge, al “Chicho” y a mí en una habitación del hotel donde estábamos concentrados. Nos iban a echar, seguro. Ahí estaba Bianchi, también. En otro cuarto estaba Riquelme. Él supo lo que estaba pasando y entró al cuarto donde estábamos y nos dijo: “Che, muchachos, tenemos un premio extra si le ganamos a Palmeiras: ¡250.000 dólares para el grupo!”. Luego supimos que a él era a quien le habían ofrecido esos 250.000, pero decidió repartirlos, en ese contexto, para apoyarnos en un momento en el que estábamos de patitas en la calle. Nadie hace eso. ¡Muy grande! El caso es que fuimos a Brasil, le ganamos a Palmeiras y ahí fue cuando vino el famoso canto de nosotros en el camerino, dedicado a ese directivo: “¡La puta que te parió!”.

En 1999 ustedes lograron el invicto histórico de 40 fechas que perdieron en la cancha de Independiente (4-0), precisamente el día en el que salieron campeones. ¿Así de relajados estaban?
Estábamos totalmente desconcentrados porque ya veníamos celebrando en el camerino cuando supimos que Racing le había ganado a River, por lo cual ya éramos campeones. Tan relajados estábamos que cuando saltamos a la cancha del rojo de Avellaneda no me di cuenta de que nos estaban filmando con mil cámaras de cine. Entonces Hugo Ibarra me señala con la boca a una de las “diablas” de Independiente [las porristas] y yo me quedo mirándola como un idiota y le suelto a Ibarra: “¡Qué culo!”. Por supuesto, eso quedó en la grabación. Entonces cuando llegué a mi casa cantando: “¡El campeón, el campeón…!”, mi esposa me responde: “Sí, muy bonito el campeón…”, me prende el televisor y me muestra la grabación cuando digo, así, en cámara lenta: “¡Qué culo!”. Ese día me querían matar en la casa.

Volvamos a las batallas que sí ganó. En la final de la Copa Libertadores del 2000, contra Palmeiras, usted terminó vestido de héroe: el superatajador de penales. ¿Los había estudiado?
Sí, los penales estaban muy estudiados. La noche anterior nos sentamos a revisar la lista de pateadores y habíamos identificado quiénes eran los posibles ejecutores. Cuando se dieron los pénales, Carlos Ischia se hizo detrás del arco y me empezó a recordar la lista que habíamos planteado. Me decía: “Souza, a la izquierda”, “Junior, derecha”, “Asprilla, derecha”. Y todo salió.

Óscar Córdoba celebra su primer título internacional con Boca Juniors después de los penaltis contra Palmeiras en la final de la Copa Libertadores 2000. Foto: Archivo EL TIEMPO.

 

El 28 de noviembre de 2000, en Tokio, ustedes logran la Intercontinental contra el Real Madrid. Le ganan 2-1. ¿Dónde estuvo el truco para ganarle a semejante máquina?
En cómo lo asumimos. La preparación de toda la semana fue impresionante, sumada al compromiso que tenía el grupo. Si decían: “Mañana a las ocho de la mañana en el lobby”, todo el mundo estaba al otro día las 7:55. Además, ellos venían de jugar la Champions y no tuvieron la semana para preparar el partido, como nosotros. Creo que ese fue el factor preponderante para ganarles esa partida en diez minutos: después de que tú dejabas a ese Boca tomar ventaja, era imposible voltearlo.

¿Por qué era tan jodido ganarle a ese Boca?
Porque el engranaje era ese, todo el mundo sabía qué hacer. Se sabía que después del minuto “tal” no se podía salir más al ataque, se cerraba el partido y bajábamos la persiana. Nosotros les dejábamos toda la responsabilidad a Martín [Palermo] y a “Guille” [Barros Schelotto]. Y ya.

No es un secreto que los tres colombianos de aquel Boca aún son ídolos en Argentina. ¿Cómo mide usted esa huella que dejaron?
A Jorge [Bermúdez], que está radicado en Buenos Aires, día a día le dicen cosas increíbles en la calle. Al “Chicho”, que va mucho por allá, la gente lo adora. Y a mí me pasa: cuando voy a Argentina, los niños de 8, 9 o 10 años, que nunca me vieron atajar, me paran en la calle y me dicen: “¿Eres el arquero de Boca, cierto?”. Entonces siento un orgullo enorme.

También ganaron la Copa Libertadores de 2001, esta vez ante Cruz Azul de México. Pareció casi de trámite, ¿o me equivoco?
En cierta manera. Porque Boca se convirtió en un equipo ganador y eso se volvió muy normal. Hoy no lo vemos así de normal. Pero, entonces, todo se vio muy normal.

¿Y cuál fue la clave para ganar la Copa América 2001, el título más importante hasta ahora alcanzado por la Selección Colombia?
Cuando nosotros, Mario [Yepes], Iván Ramiro [Córdoba] y yo, nos sentamos a arreglar el premio con Ramón Jesurum, con Álvaro Fina –el presidente de la Federación de entonces– y con “Pacho” [Maturana], fuimos muy claros: “Ni premios por partidos, ni por instancias, ni por ropa, ni nada de eso. Vamos es por el título. Vamos a cobrar un premio por el título. Si no es así, no”. Cuando ellos vieron eso, nos firmaron ahí mismo. Nosotros no queríamos nada más que el título.

Usted llevaba dos títulos de Copa Libertadores, una Copa Intercontinental, un título de la Copa América, lo nombraron el segundo mejor arquero del mundo por debajo de Oliver Kahn… Y con todos esos pergaminos se va para el A.C. Perugia, un equipo –digámoslo claramente– menor en Italia. ¿Por qué?
A mí me llegó una oferta del Tottenham por una determinada plata. Cuando yo le llevo ese fax a Mauricio [Macri], con el valor total del pase y mi sueldo y todo, él me dice: “No, usted vale cinco millones de dólares”. Yo le dije: “Mauricio, yo no valgo esa plata, yo tengo 32 años”. Y no me dejó ir. Entonces le dejé en claro: “La próxima oferta que llegue, me voy”. Y llegó la del Perugia.

¿No era una apuesta demasiado arriesgada?
Cuando llegué a Perugia y me hicieron unos exámenes, me salieron con que la plata que me habían ofrecido ya no era esa. Entonces yo les dije: “Muchas gracias, me voy”. El hijo del dueño del club me dijo: “¿Por qué no pasas por el club y te damos un presente, una camiseta como recuerdo?”. Yo fui para no ser grosero y me senté en la oficina del hijo. Él me dijo que esperara un rato, entró a la oficina del papá –que era al lado– y se agarraron a insultos… ¡Pero mal! Y de pronto escucho que el viejo dice: “Dile al colombiano pezzo di merda [pedazo de mierda] que entre”. Cuando entré, me dijo: “¿Cuánto quieres para quedarte y hacer que este club no descienda?”. Yo vi el “papayazo” y le tiré una cifra, el tipo sacó de su escritorio un paquete con dinero en efectivo y me dijo: “Bueno, aquí tienes la mitad de tu cifra; la otra mitad te la pago si no descendemos”. Y firmé.

Y no descendieron…
Estuvo jodido. Yo no dormía, no quería regresar a Boca descendido y sin la mitad de lo que me habían ofrecido. Pero lo logramos. Faltando cuatro o cinco fechas, cuando no solo nos salvamos del descenso, sino que estábamos para clasificar a la Copa Intertoto, veo en mi puesto del camerino a un tipo de diez metros… ¡Con más pinta de arquero, imposible! Entonces me dicen: “El presidente quieres que vayas a la oficina”. Cuando llego, me saca la otra mitad del billete y me dice: “Ya no descendimos, te vas”. Y me da un paquete con tiquetes y hoteles pagos en el Mediterráneo para toda mi familia. Así me echó el viejo.

Entonces, en 2002, aparece su oportunidad en Turquía, con el Besiktas. Todo parece indicar que fue una de las más lindas experiencias de su carrera: una liga nueva, una lengua casi imposible y una cultura muy particular… ¿No?
Por ejemplo, me tocaba dormir con un compañero musulmán y este muchacho se levantaba a orar a las 4 o 5 de la mañana. Yo me sentía mal cuando él extendía el tapete en la habitación y un par de veces, por respeto, me fui al baño mientras él tomaba su oración. Pero ya me estaba mamando, casi no dormía, me despertaba, no lo aguantaba… Entonces me mandaron a una habitación solo.

¿Faryd Mondragón, que estaba en Galatasaray, fue el que lo recomendó?
Yo creo que sí. Nosotros allá nos apoyamos mucho, nos encontrábamos a almorzar, sagradamente, dos veces a la semana. Es que nos conocíamos desde los 14 años y allá, en el fin del mundo, pues nos unimos mucho más. De hecho, nuestras familias son muy amigas.

Después de cuatro años en Turquía parecía que se venía el retiro. Pero aún le faltaba camino: volver al Cali; y volver a Millos.
La verdad, ese Cali nunca encontró su nivel y yo tampoco lo encontré. Y cuando llegué a Millonarios, la gente me siguió señalando por el 7-3. El hincha no me perdonó el 7-3. Yo les decía que eso había pasado hacía mucho tiempo, pero volvieron a mi cabeza las palabras que le dije a Guillermo Gómez: “El que va a quedar con el karma del 7-3 soy yo”.

¿Cuándo pensó en el retiro, seriamente?
Desde que me fui a Turquía empecé a preparar mi retiro, porque sabía que estaba cerca. Pero fue en un partido de Millos contra América cuando agarré el balón arriba y, cuando descargué el peso, sentí que me patinó el disco y me desconecté. Yo quedé de rodillas, sin aire... Sentí como si me hubieran metido una lanza. El doctor entró y me dijo: “¿Llamo la camilla?”. Yo le dije: “No, de aquí salgo caminando, ni por el putas salgo en camilla”. Me ayudaron a salir, me inyectaron un relajante muscular y me metieron en la piscina del camerino. Ahí me quedé pensando, terminó el primer tiempo, entraron los muchachos y me preguntaron: “¿Qué pasó, Cordobita?”. Ellos volvieron al campo, me quedé solo, pensé, me vestí, salí por la puerta del garaje y me fui para mi casa. Ahí decidí retirarme. Luego jugué un par de partidos más con Millos y otro par con la Selección, pero yo me retiré ese día.

Óscar Córdoba. Foto: Juan Pablo Gutiérrez / Revista BOCAS

¿Sufrió la famosa depresión del recién pensionado?
No, yo lo venía trabajando y ya tenía cuadrados varios proyectos privados. Luego, al segundo mes del retiro, ya estaba en la Copa del Mundo con Fox y con Directv. Entonces empecé con el tema de márketing deportivo y la dirigencia deportiva.

¿Cómo fue la experiencia de ser presidente del Atlético Bucaramanga?
Fue muy chévere. Frustrante, pero chévere. Cuando llegué, el estadio necesitaba una reparación y solamente pude usar mil plazas. ¿Cómo le iba a pagar a la gente con mil plazas? ¡Imposible! Así no había manera de sostener un club.

¿Seguirá en la dirigencia? ¿América de Cali, por ejemplo?
No como presidente, como han dicho por ahí. Pero en lo que pueda ayudar, claro.

¿Cuál fue la atajada que, por estética o importancia, hoy valora más?
La que le hice al “Muñeco” Gallardo en el clásico que quedamos 0-0, en el año 1999. Esa atajada me concilió con la hinchada de Boca y, gracias a ella, logramos mantener la diferencia con River y fuimos campeones.

Su hija Vanessa ya llegó a la Selección Colombia femenina. ¿Le enloquece, en el mejor sentido de la palabra, que su hija siga sus pasos?
Tiene 21 años, ataja en Ohio University y está muy contenta. Y sí me enloquece. Peleo mucho con ella porque le digo: “Tapar es muy fácil”. Ella me dice: “Pues a ti te parecerá muy fácil”. Y yo vuelvo y le digo: “Si tienes 20 años, tienes que tapar hasta los 40... Porque, a ver, tapar es fácil: es solo sentido común”.

MAURICIO SILVA GUZMÁN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 52 - MAYO 2016

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