'No hay cosa peor que estancarse' / Una y quince

'No hay cosa peor que estancarse' / Una y quince

Charla de Fernando Quiroz con la escritora colombiana Margarita García Robayo.

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01 de junio 2016 , 03:12 p.m.

Confiesa que la literatura la enfrenta todos los días a la osadía de teclear y teclear sin estar nunca segura de que ese texto se verá traducido en una experiencia que conseguirá convencerla y conmoverla… y eventualmente convencer y conmover a otros. Pero esta joven escritora ya lo ha logrado: de hecho, su más reciente libro de cuentos, Cosas peores, recibió el premio Casa de las Américas.

Entre sus obras se encuentran las novelas Lo que no aprendí y Hasta que pase un huracán. Cartagenera, Margarita García Robayo vive desde hace diez años en Buenos Aires. En Colombia fue coordinadora de proyectos de la Fundación Gabriel García Márquez, y en Argentina dirigió la Fundación Tomás Eloy Martínez. El libro de Gabo que más veces ha leído es La hojarasca, y asegura que se volvió admiradora de Tomás Eloy cuando leyó Lugar común la muerte. Son muchos, y cambiantes según la época, los autores que le alborotan las ganas de escribir: el más reciente fue David James Poissant, cuando leyó El cielo de los animales.

Para escribir solo requiere una idea y un teclado… Antes también pedía silencio. Hace algunos años tenía un grupo de amigos escritores con quienes se juntaba cada tanto a leer material y a escuchar el de ellos. Ya no lo hace por falta de tiempo, pero trata de buscar siempre un ojo de confianza para someter sus textos a una tercera lectura “que los saque un poco del encierro de uno mismo”. En este momento, en su mesa de noche reposa un ejemplar de la Suite francesa.

De todas las cosas que le pueden pasar al ser humano, ¿cuál es la peor?
Estancarse. Verse un día sin perspectiva de nada, cumpliendo tareas rutinarias, inconducentes e improductivas (al menos para uno) y paliar esa condición con vicios de consumo. Y todavía peor: no darse cuenta de eso, más que como una sensación de malestar permanente que no se sabe muy bien a qué atribuir.

¿Y la peor cosa que le puede ocurrir a un escritor?
Exactamente la misma, pero agravada por el hecho de no poder reproducir ese estado
–lamentable en la vida, pero potencialmente interesante en la literatura– en el papel.

¿Cuándo supo que lo suyo era la escritura?
Cuando renuncié y volví a renunciar a trabajos que me garantizaban un salario mensual. En este punto ya es irremediable; me dedico a esto, pero siempre tengo que recordarme que en alguna parte de la cadena alimenticia debo cobrar un dinero por ello.

¿En qué momento sabe que un libro está listo para ir a imprenta?
Cuando el editor me dice que es ya o ya. Los libros nunca están listos para irse, y uno menos para dejarlos ir.

¿En dónde encuentra la inspiración?
No sé en dónde encuentro esas cosas del mundo que me hacen escribir. La verdad es que se me atraviesan y trato de estar atenta para detectarlas.

¿Cuál es su manera favorita de evocar a Cartagena?
Suelo pensar en el olor del salitre, en esa humedad salvaje que carcome hasta la piedra, y por supuesto en el calor asesino que va fulminándote lentamente las neuronas.

¿Qué es lo mejor de vivir en Buenos Aires?
Te podría decir que la primavera –toda la ciudad morada por culpa de unos árboles que se llaman jacarandás–, o cosas más elegantes como la oferta cultural o la gastronomía o los vinos… Pero nada de eso es lo que me mantiene acá. Hoy vivo en Buenos Aires porque hice una familia y se nos da mejor vivir acá que allá, o en cualquier otro lado, al menos por ahora.

¿Qué calles de Buenos Aires no se cansa de recorrer?
Las que conforman la manzana de mi casa, pero por pura necesidad. Soy muy casera y trato de resolver todo en un radio que pueda transitar a pie.

¿Qué rituales de los porteños ha incorporado en su vida?
El mate, el asado y la impaciencia.

Usted ha trabajado en fundaciones que llevan el nombre de Gabriel García Márquez y Tomás Eloy Martínez. ¿Cuál es el mejor recuerdo que tiene de cada uno de ellos?
Tuve más relación con Tomás, y el mejor recuerdo de él tiene que ver con su generosidad y su auténtica curiosidad frente a lo nuevo. De García Márquez recuerdo el humor chispeante, inteligente y malicioso, en casi iguales proporciones.

¿Cuál es el mejor consejo que le han dado para el oficio de escribir?
Que no descarte nada. Es decir, sí, que descarte mucho en pos de la circularidad o la eficiencia de un texto específico, pero que todas esas sobras que me parecen valiosas las conserve y las relea más adelante en otro contexto. A veces sigues descartándolas, a veces dan origen a historias completamente nuevas. Mi último libro es producto de ese ejercicio.

Tres libros que la hayan hecho tan feliz que no duda en recomendarlos.
El libro vacío, de Josefina Vicens; Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco; El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza.

¿Qué artes, más allá de la literatura, le aportan a su escritura?
El cine.

¿Cuál fue la última película con la que lloró?
Toy Story 3.

¿Cuál es su ocupación favorita en los ratos de ocio?
Leer, siempre leer.

FERNANDO QUIROZ
@quirozfquiroz

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