La hora de la Corte Constitucional

La hora de la Corte Constitucional

Tiene, en sus 25 años de existencia, la misión fijar el rumbo político de la Nación.

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31 de mayo 2016 , 06:52 p.m.

Tiempo atrás pregunté a mis alumnos de Derecho Constitucional, en el Externado, desde cuándo existía en el país un organismo encargado de guardar la Constitución. Varios respondieron que desde 1991. Dado el indudable papel protagónico que la Corte Constitucional (CC) ha tenido en estos 25 años en defensa de los derechos fundamentales de los ciudadanos, muchos, incluso abogados, creen que antes no había control constitucional ni entidad encargada de proteger la legalidad.

Sin remontarnos hasta el siglo XIX, Colombia tuvo, a partir de 1914, dos instituciones que velaron, con pocas excepciones, por la integridad de la Constitución y la vigencia del Estado de derecho: la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y el Consejo de Estado. Aquella, ocupándose de las leyes y actos con fuerza de ley; y este, de los decretos del Gobierno. Una tradición más que centenaria, en defensa de la Constitución, en buena parte se desechó en 1991.

Habría que recordar, por ejemplo, que la CSJ, contra la opinión y los intereses de los gobiernos de turno, tumbó dos reformas constitucionales: la “pequeña Constituyente” de López, en 1978, y la “reforma Turbay”, de 1981. El juzgamiento de civiles por militares se eliminó, vía jurisprudencia, con el aporte de magistrados como Alfonso Reyes y Gustavo Gómez Velásquez.

La misma CSJ, cuando ejercía ese control, borró del mundo jurídico muchos decretos de Estado de sitio y aun de emergencia económica. La verdad es que la CC la propuso desde 1957 Darío Echandía, y fue aprobada hasta la primera vuelta en la reforma de Lleras Restrepo, en 1968, con las luces del profesor Restrepo Piedrahíta, a quien le acabamos de celebrar cien años de vida.

En la segunda vuelta se llegó a la solución intermedia de crear la Sala Constitucional (SC) –de especialistas– dentro de la CSJ, encargada de preparar los proyectos de sentencia para la Sala Plena.

Curiosamente, esa sala elaboró un proyecto –desechado por mayoría a última hora– para no autorizar la violación de la norma plebiscitaria de 1957, a través de decretos de Estado de sitio que desencadenaron el extraconstitucional proceso que condujo, por la vía de la no escrutada séptima papeleta, a la Carta del 91. De lejos, la CC ha llenado las expectativas con que fue creada, si bien en ocasiones, a través de las sentencias moduladas o condicionadas, ha asumido papel de constituyente o legislador, mediante la discutible teoría de las cláusulas pétreas. Su papel político, en el mejor sentido, ha aumentado considerablemente. Por eso, con las decisiones que hoy tiene entre manos, muchos colombianos creen que, en últimas, fallos claves como el del proceso de paz están en manos de sus nueve magistrados.

No puede pensarse –como se hizo cuando se buscaba que la CSJ diera vía libre a la Constituyente– que unos pocos magistrados no puedan desconocer la voluntad de millones de votantes. Así pasa en todas partes, y son reglas democráticas.

Pero al lado de esas decisiones importantes, la Corte se ha encargado de “limpiar” el ordenamiento jurídico de expresiones del pasado, sobre todo contempladas en el Código Civil, como “loco furioso”, “demente”, “mentecato” y otras, contrarias a la filosofía de la nueva Constitución. Una de esas se refiere a la demanda contra la ley 48 de 1920 sobre migración, que prohibía la entrada al país de extranjeros calificados como “cretinos” o “idiotas”, y también de “alcoholizados crónicos”, epilépticos o “baldados” a quienes su lesión impida el trabajo.

Curiosas normas del siglo pasado que, quién lo creyera, aún estaban vigentes. Obvio que esa prohibición pueden interpretarla hoy los siquiatras de distintas maneras.

La CC tiene, entonces, en sus 25 años de existencia, no solo la misión de “barrer” absurdas normas que vienen desde 1873, sino también la de fijar el rumbo político de la Nación, con determinaciones indudablemente decisivas para el futuro del país.


Alfonso Gómez Méndez

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