El diario del secuestro de Salud Hernández

El diario del secuestro de Salud Hernández

La periodista relata qué sucedió desde que llegó a El Tarra, Norte de Santander, hasta liberación.

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30 de mayo 2016 , 08:16 p.m.

Llego a El Tarra el miércoles (18 de mayo) por la mañana, en una tartana, por carreteras de tierra. El pueblo, enclavado en el Catatumbo, región selvática y montañosa, fronteriza con Venezuela, sobrevive del cultivo y procesamiento de coca. Lo encuentro alborotado por la desaparición de dos jornaleros. Sus familiares señalan al Ejército como los culpables. Bloquean las salidas para obligar a buscarlos.

Aunque hay policía, jamás abandonan su cuartel por temor a que los maten. Tampoco el batallón, situado a la salida de la localidad, impone autoridad alguna. El mando y control lo ejercen las Farc, el Eln y el Epl.

(Además: 'Desde el primer momento estuve retenida contra mi voluntad')

Jueves 19 de mayo

Concentración en la plaza de distintos movimientos sociales para concertar acciones que ayuden a dar con los dos ausentes. Miembros de las asociaciones campesinas Ascanca y Cisca me tildan de “periodista manipuladora” porque en el pasado escribí de sus nexos con Farc y Eln. Discutimos. Por la tarde intentan prohibirme hacer fotos y me recriminan que entrara a El Tarra sin permiso. Volvemos a discutir, casi a gritos. A la misma hora están velando a un chico de 22 años que asesinó el Epl ese día. Quería dejar las armas, volver a su hogar, y no lo permitieron. Nadie osa protestar por el crimen. La ley del silencio es la única garantía para seguir vivo.

Antes de que el Eln le quitara sus pertenencias, la reportera alcanzó a fotografiar una escuela y una casa de El Tarra. Foto: Salud Hernández-Mora

Viernes

A las 7:45, en una calle solitaria, dos guerrilleros me obligan a subirme a su moto y parquean metros más adelante. Se presentan como integrantes del Eln. Preguntan por qué peleo con las asociaciones. Me quitan cámaras, grabadora, documentos, cuadernos, memorias USB etc. “Revisamos todo y esta tarde o mañana se lo devolvemos y de pronto puede hablar con el comandante. No puede salir de la plaza. Tenemos gente vigilándola”. Pienso en comunicarme con Bogotá, pero siempre siento ojos controlando. Hago una llamada rápida al diario EL TIEMPO, por temor a que puedan tomar represalias contra quien me preste el móvil, para advertir que no mandaré la columna. “El lunes les explico”.

Sábado

A mediodía se me acerca un chico. “Suba a esa moto con su equipaje. Le van a devolver lo suyo y sigue a Cúcuta (capital de Norte de Santander)”. Una hora más tarde llegamos al caserío Buenos Aires, sobre el río Catatumbo. Cambio dos veces más de moto. Sobre las 3 p. m. damos con el comandante.

“Se va a quedar unos días con nosotros. Me llevo lo suyo y ya le traemos ropa. ¿Qué número tiene para las botas?”. Protesto por el secuestro: “Es un error lo que hacen. Si usted me cita, yo vengo encantada, pero así solo conseguirá reproches. Fui idiota al fiarme de ustedes”.

Da media vuelta y me deja con dos hombres armados, en un bosque. Por la noche me trasladan a una cabaña con una cama. Ocho guerrilleros vigilan fuera. El comandante, que dice conocer mi trabajo, dedica unos minutos a hablarme de revolución, de abandono estatal, de multinacionales gringas que quieren chupar la sangre del Catatumbo.

“Secuestrar a una reportera es un error. No voy a cambiar de opinión frente al Eln”, digo. “No le veo sentido”. “Haremos un gesto humanitario devolviéndola con el CICR”, responde. Quedo más perpleja.


Domingo

Temprano, me llevan a una casa de labriegos. “No converse con ellos”, advierten. Al caer la tarde salimos hacia el río. El comandante insiste en que harán una demostración de humanidad del Eln entregándome más adelante al CICR. “¿No será que me matan?”, pregunto. “No, la vamos a entregar”, insiste. Comenta uno de los artículos que ha leído en una de las memorias que me quitó. Es sobre alias Gabino, líder del Eln. “Dice usted cosas terribles sobre él”, opina. “Y eso que no ha leído ni la mitad”, contesto.

Quedo en manos de cuatro guerrilleros armados, dos de fusil y dos con pistolas 9 milímetros. Abordamos una lancha y surcamos el Catatumbo una hora. Pernoctamos en una casa abandonada.

(También: 'La retención de Salud Hernández obedece a rutinas de seguridad': Eln)

Lunes

Escuchamos helicópteros por la tarde. Corremos a escondernos en uno de tantos sembradíos de coca que abundan en la región. Oscurece y a lomos de mula, que proporciona un miliciano, partimos. Tras un recorrido tortuoso de varias horas, por una trocha abierta entre abismos, arribamos a una casa solitaria. A las 2 de la mañana oigo helicópteros cerca. Salvo el de guardia, los tres guerrilleros que me vigilan duermen en hamacas. A las 3:55 a. m. me sorprende un despertador. La salida estaba prevista a las 4. Como trabajadores citadinos, apuran los últimos instantes de sueño antes de ponerse en pie y reanudar la marcha.

Martes

Llegamos a otro rancho abandonado. Deben entregarme a una comisión. Pero no hay nadie a la vista. Pasan las horas. Consigo entablar conversación. El más joven, de 16 años, tiene cara de crío.

“Si viene la plaga (Ejército) nos damos plomo”, reta, apretando su AK-47.

Su compañero, de 17 años, salió a un caserío de los alrededores, a comprar comida. Están muertos de hambre. Regresa con arroz, lentejas y pasta.

No conoce de guerras, sería la primera vez en enfrentarse al Ejército. “¿Qué harás si llegan muchos?”, quiero saber. “Ahí vemos”, indica.

El tercero está a punto de cumplir 20. Limpia a conciencia su pistola 9 milímetros.

El jefe del grupo, que ronda la treintena, pide que nos mantengamos bajo techo por el avión fantasma que surcó el cielo. “Reconozca que con esos tres jóvenes no podría defenderse”, le digo. Hace un gesto de resignación y se aleja.

Cae la noche y arriban tres subversivos montando mulas. Los cuatro guardianes respiran aliviados. Me entregan y desaparecen.

A ciegas, guiados por los animales, en silencio, cruzamos montañas con el nuevo grupo. Nos internamos en la selva hasta un punto en el que damos con un grupo de guerrilleros. Han preparado hamacas amarradas a los árboles bajo plásticos negros. “Ahí duerme usted”, y señalan una.

Miércoles

A las 3:30 de la madrugada recogen el campamento y me dejan con tres guardias bajo unos arbustos. Observo el ir y venir de un enjambre de guerrilleros. Ninguno quiere charlar conmigo. A última hora de la tarde, salimos los cuatro. Cruzamos un río y seguimos a pie hasta dar con tres motos. Nuevos carceleros. Recorremos un largo trecho y atravesamos a toda velocidad dos caseríos. Cambiamos a un todoterreno y luego a otro con platón.

Flanqueada por guerrilleros armados de fusiles, volamos al siguiente punto. Es noche cerrada, sin luna. Descendemos y caminamos deprisa hacia una casa de madera, habitada por una familia. Por las voces adivino dos niñas pequeñas, la menor con lengua de trapo, vivaracha y corretona, que debe estar muy consentida porque monta pataletas en cuanto le niegan algo; así como dos mujeres y un campesino.

(Lea aquí: ¿Cómo queda el Eln tras el secuestro de los tres periodistas?)

Los guerrilleros me encierran en un cuarto con una colchoneta y un par de sillas de plástico. Antes de echar el candado, me ofrecen comida y café.

En la habitación contigua está encendido el televisor. Por el noticiero me entero del rapto de dos colegas que estaban en la zona para informar sobre mi secuestro, de los operativos militares para rescatarnos, y de las contradictorias versiones sobre lo que ha ocurrido.

Salud Hernández alcanzó a fotografiar esta escuela. Foto: Salud Hernández-Mora

Jueves

Después de entrar a la habitación con un pocillo de café, dos guerrilleros me acompañan a hacer mis necesidades en el monte.

Pasamos por un laboratorio de base de coca y aguardan a prudente distancia. Termino y al volver junto a ellos, uno me pide que nos sentemos un rato. Roza la treintena y relata que ingresó hace cinco años porque los ricos lo quieren todo para ellos y el Eln lucha por los pobres. Que le empujaron a tomar las armas cuando le arrebataron toda esperanza de una vida digna. Respondo que la violencia no genera desarrollo. No me escucha, no le interesa intercambiar opiniones, solo descargar su hondo resentimiento. “No entregaremos nunca las armas, no hay garantías de que el Gobierno cumpla. Nunca dan lo que prometen”, pronostica. “¿Cree que las entregarán los de las Farc?”, inquiero.

“No sé, pero no creo”, indica.

De vuelta a la habitación, observo el paisaje. Es un escondite perfecto: en medio de la cordillera, entre laderas salpicadas de cocales y cultivos de frijoles y sin casas a la vista.

Por la tarde resuenan con fuerza los helicópteros y oímos ráfagas de fusil. Apagan todas las luces y ya solo se oyen murmullos. Sigo encerrada.

Viernes 27

Diez de la mañana. “Nos vamos. Aliste sus cosas”. Andamos rápido monte arriba. Nos recoge una camioneta. “La entregamos a una comisión local de la Iglesia católica, a dos curas”, informa un comandante. “Es un error que secuestren reporteros. Así nunca cubriremos lo que pasa en estas zonas apartadas”, replico.

Bajo un árbol aguardan los sacerdotes de San Calixto y San Pablo, representantes de la institución más respetada en el área.

El comandante pronuncia unas palabras sobre los objetivos del Eln y las razones que les animan a seguir empuñando las armas. Piden que redacte y escriba una sencilla acta de entrega que firmamos los religiosos y yo. Hago dos copias, una para la Iglesia y otra para el Eln. Solo indica que “El Ejército de Liberación Nacional hace entrega a la Iglesia católica de Salud Hernández-Mora”.

También dan un comunicado. Adelanto que no me haré eco de él y que regresaré al Catatumbo. “Nos deben dar garantías de que no volverán a secuestrar reporteros”, le digo. “Necesitamos venir a estas regiones a informar sobre los problemas que existen, no solo grupos armados”. Preguntamos sobre los reporteros de RCN.

(Aquí: 'Timochenko' provocó a tuiteros por pronunciamiento sobre secuestro)

“Sus compañeros saldrán hoy o mañana por tarde”, anuncia. Añade que podré trabajar aunque lo más conveniente será pedir permiso. “A ustedes no hay quien los localice desde Bogotá”, replico.

Nos despedimos y emprendemos el camino de regreso a la libertad con los dos padres.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO
Bogotá

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