Las 500 millas de Indianápolis: una leyenda sobre ruedas

Las 500 millas de Indianápolis: una leyenda sobre ruedas

Este domingo se corre la edición número 100 de uno de los eventos deportivos más famosos del mundo.

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28 de mayo 2016 , 10:46 p.m.

Este fin de semana se celebra uno de los mayores espectáculos deportivos. No hablo de la publicitada final de la Champions League ni del Giro de Italia, que termina hoy con una participación estelar del bogotano Esteban Chaves, o del Gran Premio de Mónaco. El gran suceso del puente festivo es el centenario de las 500 Millas de Indianápolis, cuyas cifras e historia son arrasadoras.

Esta no fue la primera carrera automovilística de la historia, pero sí es la más antigua de las que sobreviven. Este domingo se corre la edición 100, en el mismo lugar que eligió hace 107 años el visionario empresario Carl G. Fisher, cuyo proyecto encendió las luces del que sigue siendo el escenario deportivo más grande del mundo.

Fisher era un proveedor de lámparas para los carros que hacían en las incipientes fábricas de Indiana y Michigan. Su fábrica se llamaba Prest-O-Lite, nombre que el tiempo convirtió en Prestolite, muy familiar para todos los que compramos sus bujías y alternadores, que se fabricaban en Barranquilla. Y como las 500 Millas, aún existe.

Preocupado porque los carros que se armaban en la zona no se podían probar y porque la industria automotriz de su país estaba atrasada con respecto a la europea, les propuso a tres empresarios amigos que construyeran una pista de demostración, que también se usara para carreras. Entre todos reunieron 250.000 dólares, que en el albor del siglo pasado eran una fortuna (equivalían a 6 millones de hoy).

(Además: 'Quiero los títulos de la IndyCar y de las 500 millas de Indianápolis')

Los primeros 75.000 los destinaron a la compra de un terreno de 132 hectáreas en las afueras de Indianápolis, que apenas tenía 235.000 habitantes. Hoy, su población se ha triplicado.

Para manejar la tarea se constituyó la Indianapolis Motor Speedway Company. El ingeniero Park T. Andrews diseñó la pista oval de 2,5 millas, trazado que se ha mantenido hasta nuestros días. Plata en mano, el proyecto voló. En junio de 1909 se hizo la primera carrera, pero de globos. Los aerostatos duraron más de un día en el aire y recorrieron hasta 600 kilómetros en su travesía errante. Por supuesto, la concurrencia solo los vio partir.

Dos meses después convocaron a una competencia de motos, pero hubo un clima pésimo y baja asistencia. La prensa la calificó como un fiasco. Los promotores no se desanimaron y una semana después se hizo la primera carrera de automóviles, que fue catastrófica porque la pista de recebo se desintegró, lo que provocó accidentes y cinco muertos.

La compañía sobrevivió a las críticas y emprendió la modificación del piso. En apenas cinco meses lo hicieron nuevo, con nada menos que 3,2 millones de ladrillos que ajustaron con cemento. En ese momento el adoquín era más seguro que el pavimento, que estaba en proceso de invención. El fin de semana del 17 al 18 de diciembre de ese mismo año, en medio de un frío de menos 14 grados, con pocos carros y sin fatalidades, se registraron velocidades superiores a los 160 kilómetros por hora, límite que, según analistas de la época, no resistiría el cuerpo humano. Para el año siguiente proyectaron una asistencia de 60.000 personas a una serie de competencias el último fin de semana de mayo, como ahora se hace. Ante el inminente fracaso de semejante coliseo, los dueños pusieron más carne en el asador: ofrecieron 25.000 dólares de premio al auto y la tripulación que primero recorrieran la descomunal distancia de 500 millas. Se presentaron 46 autos, de los cuales arrancaron 40. Al final, 80.200 personas pagaron un dólar por sentarse a ver el mayor espectáculo automovilístico de la historia. Aún hoy, las 500 Millas son el evento de un día más concurrido del mundo.

Esa primera edición la ganó Ray Harroun en un Marmon, a un promedio de 119,36 kilómetros por hora, luego de conducir el enorme bólido durante 6 horas, 42 minutos y 1 segundo. En ese entonces era obligatoria la presencia de un copiloto, para suplir una eventual falla física, advertir del tráfico al conductor y manipular las bombas de agua y gasolina. Harroun obtuvo permiso para encargarse de todas las tareas luego de instalar un espejo para poder controlar a sus rivales. A la par con las 500 Millas, ese día nació también el retrovisor. Al año siguiente, la bolsa de premios subió a 50.000 dólares. En la carrera de este año se repartirán más de 14 millones, de los cuales 3,5 son para el ganador.

La historia de las 500 es imposible de comprimir en pocas líneas, pues son libros de estadísticas y récords que nos llevan hasta hoy, cuando un colombiano, Juan Pablo Montoya, es el campeón defensor, un siglo después de que a Bogotá llegara el primer automóvil.

Las anécdotas, por supuesto, abundan. En 1913, el francés Jules Goux, haciendo honor a los productos de su tierra, hizo seis paradas en los ‘pits’ y en cada una de ellas se refrescó con vistosas dosis de champaña, lo cual motivó la prohibición del licor para los pilotos en lo sucesivo.

En la prueba de 1936, el triple ganador Louis Meyer pidió leche para tomar en el podio y desde entonces al ganador le aplican su cuota láctica, toda una marca registrada en la historia de las celebraciones deportivas. El ladrillo se mantuvo hasta 1935, cuando pavimentaron las cuatro curvas. En 1961, toda la pista fue recubierta con el mejor pavimento disponible, pero se dejó una yarda de adoquines en la meta, por lo cual la pista se conoce con el sobrenombre de Brickyard. Posteriormente, le han renovado el piso en cuatro ocasiones; la última, hace 12 años.

Durante varias décadas predominaron los ‘roadsters’ (autos sin techo y con un solo asiento, para dos o tres personas), que en su mayoría usaban un motor Offenhauser, derivado de la primaria máquina de los Ford T y colocado adelante. Claro que hubo de todo: máquinas diésel, turbinas, bimotores, seis ruedas, tracción delantera, 4x4, con compresores y demás aditamentos que generaran la potencia necesaria para mover los pesados carros.

Todos esos proyectos cesaron en los 60, cuando los europeos llevaron sus automotores, pequeños y livianos pero muy ágiles y estables, con motor central. La victoria del escocés Jim Clark en un Lotus, en 1965, acabó con la espontánea y audaz ingeniería local. Los Indycars adquirieron desde entonces la tecnología y la estampa internacional de los monoplazas de carreras.

Una de las razones por las que la edición número 100 de la carrera se celebra 105 años después de la primera es que las guerras golpearon la continuidad del evento. En 1917, durante la Primera Guerra Mundial, el Speedway cambió los carros por los aviones, pues sirvió de aeropuerto militar alterno. Lo mismo sucedió entre 1942 y 1945, en la Segunda Guerra. En 1927, en plena depresión económica, el famoso fundador de Eastern Airlines, Eddie Rickenbacker –que corría autos–, y unos socios de Detroit compraron el escenario por 700.000 dólares y lo mantuvieron a flote, a pesar de que solamente se hacía una competencia al año. Aguantaron hasta 1945, cuando le vendieron toda la propiedad, por 750.000 dólares, al empresario Tony Hulman. Su familia sigue siendo dueña del autódromo.

Sus descendientes han sido siempre los encargados de pronunciar la célebre frase con la que se dispara el sonido de los 33 motores (tope de la grilla): “Gentlemen, start your engines”. La tradicional instrucción causó polémica en 1977, cuando por primera vez clasificó una mujer, Janeth Guthrie. Las autoridades se negaron a cambiar la tradición y, ante las airadas y explicables reacciones, optaron por una solución aparatosa: “In company with the first lady ever to qualify at Indianapolis, gentlemen, start your engines”. Ahora se dice: “Lady (o ladies) and gentlemen, start your engines”.

Hoy, el Speedway espera la segunda mayor concurrencia de la historia: 275.000 personas en sillas numeradas (casi tres veces lo que le cabe al Camp Nou) y 125.000 en los prados internos, que se estrecharon para trazar un circuito rutero que alojó varias válidas de la Fórmula 1.

Esta es, a toda velocidad, la historia de uno de los recintos deportivos más sobrecogedores y alucinantes, desde la faraónica tarea que permitió lanzar las 500 Millas en 1911 hasta el espectáculo de hoy, en el que los bólidos pasan a más de 320 kilómetros por hora, en un extravagante ballet de tres horas que sigue dejando huella en la historia del deporte.

Tres de los 33 pilotos que compiten son colombianos

‘Es un honor’: Montoya

En charla telefónica con EL TIEMPO, el bogotano Juan Pablo Montoya, que ha ganado dos veces las 500 Millas, incluida la edición del 2015, habló sobre la actual temporada de la serie IndyCar –en la que marcha tercero, después de ser segundo el año pasado– y sobre la carrera de hoy: “Hemos tenido un buen inicio. Obviamente, hay semanas en las que no se dan las cosas, pero vamos por buen camino. Las 500 Millas son una de las carreras más importantes del mundo, si no la más importante, y ser parte de su edición 100 es un honor. Hay casi 300.000 sillas, todas vendidas. Indianápolis es diferente. Pero cuando llegue el momento de correr, será una carrera más, porque siempre damos lo mejor para ganar”.

‘Tengo confianza’: Chaves

“Para la carrera tengo un buen auto y confianza”, resume Gabriel ‘Gabby’ Chaves, que terminó en el lugar 16 en el 2015 y que este año se quedó sin cupo para la IndyCar, a pesar de haber sido el mejor novato en el campeonato anterior.

“Voy a arrancar la carrera unas posiciones más adelante que el año pasado, y esa vez pude escalar hasta el ‘top 8’ antes de tener daños en mi carro. Estoy muy feliz de estar aquí, en la edición del centenario de la Indy 500”, dice el corredor bogotano, de 22 años, que representa al equipo Dale Coyne Racing.

‘Todo puede pasar’: Muñoz

Carlos Muñoz, del equipo Andretti Autosport, será el colombiano mejor colocado en la partida. Saldrá en la segunda línea (puesto 5), por delante de Montoya (17, sexta línea) y de ‘Gabby’ Chaves (21, séptima). En el 2013, en su debut, terminó segundo, a 1,1 décimas de segundo del ganador. “Hemos hecho el mayor esfuerzo con el motor (Honda). En las 500 Millas habrá que demostrar su potencial –dice este bogotano, de 24 años–. En el inicio de temporada no se nos han dado los resultados (marcha en la casilla 15 de la IndyCar), pero no hay de qué preocuparse. En las 500 Millas todo puede pasar, no se sabe quién está mejor hasta la carrera. Los equipos Ganassi y Penske están muy fuertes. Y Juan Pablo Montoya también. Soy un afortunado por poder correr hoy”.

JOSÉ CLOPATOFSKY
Director de MOTOR

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