Editorial: Los muertos de Hiroshima

Editorial: Los muertos de Hiroshima

La visita de Obama a esta ciudad japonesa es un punto de reflexión sobre el uso de armas nucleares.

27 de mayo 2016 , 09:27 p.m.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el primer ministro japonés, Shinzo Abe, en el Parque Memorial de la Paz (Hiroshima, Japón). Foto: Carlos Barria/ Reuters


No fue un pedido de perdón. Tampoco una muestra de remordimiento. Fue un gesto histórico para que jamás vuelva a suceder.

El 6 de agosto de 1945 la historia del mundo se partió en dos. Después de seis años de un devastador conflicto que mató a millones de personas y dejó en ruinas a Europa, Japón y otras regiones del mundo, el presidente estadounidense Harry Truman dio la orden de lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima (140.000 muertos). Tres días después, el mismo castigo cayó sobre Nagasaki (64.000 muertos). Seis días pasaron para que el Imperio del Sol Naciente se rindiera, lo que puso fin a la Segunda Guerra Mundial.

En esas jornadas trágicas el mundo contempló horrorizado cómo su ciencia había sido capaz de desarrollar un arma que podía acabar con el género humano. Un imperativo moral difícil de asumir entonces, y que aún hoy se discute abiertamente.

Por eso, lo de Obama este viernes en Hiroshima, al convertirse en el primer presidente estadounidense en ejercicio que visita la emblemática ciudad, no fue un pedido de perdón ni una muestra de remordimiento, por una razón: no puede cuestionar la decisión de Truman de estrenar tan brutal método de devastación.

Para muchos historiadores, la decisión de Truman era la única vía posible de detener la guerra y así salvar miles de vidas, de estadounidenses y japoneses. Para otros, antes de las bombas, ya el emperador Hirohito estaba a punto de la rendición, por lo que el ataque nuclear fue un mensaje dirigido a Rusia, que ya era un amigo incómodo, con lo que se empezaba a perfilar la Guerra Fría. Por lo que sea, se cruzó una línea roja que hoy sigue asustando al mundo.

“Hace 71 años la muerte cayó del cielo”, dijo Obama en el homenaje a las víctimas y frente a algunos de los sobrevivientes, muchos de los cuales sufren varios tipos de cáncer derivados del bombazo. “Encontremos juntos la valentía para extender la paz y aspirar a un mundo sin armas nucleares”, había escrito antes en el libro de visitas del Museo de la Paz, que contiene testimonios inquietantes de lo sucedido ese día. “Sus almas nos hablan”, dijo el mandatario casi en un tono pastoral.

Pasada la ceremonia, es mucho lo que aún falta por hacer. Esta visita le sirve a Obama para relanzar el tema en la agenda internacional, pues finalmente por eso recibió el Nobel de Paz en el 2009, pero hay incongruencias en las políticas de las potencias, pues a la vez que hablan de reducción de arsenales, se acogen a los principios maquiavélicos de la ‘disuasión’, que no es más que el convencimiento de que no me lanzan una bomba atómica porque saben que yo le puedo causar al agresor un daño intolerable así no tenga un gran arsenal.

Casos como el de Corea del Norte, por ejemplo, ilustran este dilema, o el de Pakistán, una potencia inestable en plena ebullición.

Con su visita a Hiroshima, el legado de Obama en este aspecto llega a un punto muy alto. A la negociación de un nuevo tratado de reducción de armas con Rusia y la organización de las cumbres de seguridad nuclear se suma el muy complejo acuerdo para que Irán no se dotara de la bomba. Logros indudables, pero falta mucho. Es necesario escuchar a los muertos de Hiroshima y Nagasaki.


editorial@eltiempo.com

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