La cursilería de las novelas y la temeridad de las series policíacas

La cursilería de las novelas y la temeridad de las series policíacas

En su columna, Jairo Valderrama reflexiona sobre las 'expresiones de película'.

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26 de mayo 2016 , 11:58 p.m.

Imaginen a Ignacio Arturo Samuel Villarreal de Torrealba y Argote, el protagonista de cualquiera de las telenovelas que inundan los canales latinoamericanos.

Él, de pie, con su cuerpo rígido y conservando la mirada perdida hacia arriba, con una voz de trueno que sobrepasa el punto máximo de testosterona, mientras apoya una de su manos en el espaldar de un asiento mullido donde se halla la mujer de ojos llorosos y muy claros, que bien puede ser Rubí, Esmeralda, Ágata, Topacio (todas la variedad de piedras preciosas y semipreciosas): “He guardado en mi pecho durante más de 10 años aquella pasión contenida; ahora la fuerza de la Naturaleza me lleva hoy, ante ti, para confesarte que, si mi declaración de amor no se da al instante, todo mi ser explotará (¡Iiiiijole¡)”.

Él también gime, suspira, se atraganta, todavía con esa bendita mirada perdida, apuntando (también imaginamos) a uno de los elevados reflectores del estudio donde se lleva a cabo la grabación.

El conjunto todo de esta escena, no tan hipotética, debe desbordar la ridiculez y la cursilería, así como empalagar a la audiencia con su palabrería retocada. Ella representa a la mujer herida, vapuleada, discriminada, engañada, robada, humillada, a quien le han arrebatado la fortuna y el abolengo; él, por su parte, debe conformar el perfil del hombre absolutamente varonil, muy adinerado, perseguido por todas las demás mujeres casaderas, hijo de una egoísta, posesiva, distinguida y clasista dama.

A su vez, todos ellos han de estar inmersos en una trama donde, al parecer, nadie trabaja, porque en todos los capítulos pasan el tiempo hablando y hablando, en la mañana, la tarde y la noche.

Al final, Golondrina, Paloma, Calandria o Alondra (también con toda la variedad de aves) acepta el inmaculado amor de su galán, con el respaldo de Pancho, Lupita y Nacho, los “buenos” y fieles amigos. Minutos después, tañen las campanas, llueven flores multicolores en medio de un día soleado (¡qué padre!), y la toma de la cámara se eleva al cielo, entre una mezcla de risas y abrazos. ¡Fin!

“Vamos, suelta el arma”

Desde otros enfoques, en Las Vegas, Nueva York, Washington, Detroit, Los Ángeles, Miami o Chicago, aparece una infinidad de parlamentos todavía más reiterados. Por lo regular, se trata de un grupo de policías (detectives, investigadores, escuadrones, excombatientes resentidos, etc.) que pretenden defender la Ley (o imponerla, con la ley o en contra de esta). Si hay “errores de procedimiento”, ya el público está amaestrado para perdonarlos, porque estos “justicieros” son los “buenos”. Por supuesto, hay que montar la trama; al fin y al cabo, es una ficción.

Vamos. Dame tu arma y tu placa: estás fuera del caso”, le dice el capitán a uno de sus tenientes, pero el testarudo teniente, a pesar de las advertencias del jefe, continúa metido en el caso, y, al final, lo resuelve. Eso sí: se lleva una herida de bala, que apenas rozó uno de sus antebrazos, el que mantiene atado al cuello cuando recibe una medalla al mérito o al honor o a la eficiencia o a la valentía. Y, frente a sus colegas, nota los gestos de complicidad por el feliz término de esta historia: “¡Te lo advertí!”.

La intención comercial lleva solo a cambiar, la ciudad, los rangos, los nombres (el del “malo” también) y las salas de interrogatorios, donde un culpable agazapado sufre el choque de su frente y su nariz contra la mesa de turno, cuando el protagonista se sale de casillas y quiere forzarlo a confesar hasta lo que jamás ha hecho.

Sin embargo, los espectadores suponen que disfrutan de la más original experiencia; pero, cuando se trata de palabras, basta con usar la plantilla de los libretos: “Es una propuesta que no podrás rechazar”, dicen muchos de los sobornadores.

Quienes no se dan por aludidos siempre preguntan: “¿De qué hablas?”, aunque sepan perfectamente de qué se habla. “¿Cómo sabías que iba a funcionar?”, interroga otro luego de desactivar una bomba atómica, y responde su interlocutor: “No lo sabía”. Unas horas después, en un bar está el hombre arrepentido frente a una barra: “¡Camarero, un whisky! Y deja la botella”.

Y si alguien está de afán, solo estira el brazo y aparece mágicamente un taxi: “Siga ese auto”. Los oficiales, llevando cada uno su arma en la mano, dicen: “¡Separémonos! ¡Rodéalos!”; y por radio: “Se dirigen al norte, por Bronx Street y 33”. Luego, cuando ha pasado la persecución, se escucha un grito: “¡Prepárate a morir!”. Empieza una lucha intensa donde “la regla es que no hay reglas”. Y cuando el “bueno” ya ha sometido al “malo”, pero este último, arrogante y soberbio, no quiere rendirse, debe escuchar: “Vamos, suelta el arma. No lo hagas más difícil. Ya todo acabó”.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA
Profesor Facultad de Comunicación
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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