'Violaciones infantiles son el Everest de los traumas': James Rhodes

'Violaciones infantiles son el Everest de los traumas': James Rhodes

El pianista fue víctima de abuso sexual durante años. Cuenta su historia en el libro 'Instrumental'.

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26 de mayo 2016 , 06:25 p. m.

James Rhodes tomó entre sus manos el frasco de champú que le había dejado un amigo con la advertencia disimulada de que lo partiera por la mitad. En la clínica psiquiátrica no podía recibir nada que no pasara el control estricto del personal médico. Era la tercera o la cuarta o la quinta vez que estaba internado, después de otro intento de suicidio, o de cortarse los brazos con cuchillas de afeitar, o de perder el sentido por tanta droga. El amigo que le llevó el champú sabía lo que hacía: Rhodes rompió el frasco y adentro encontró un iPod Nano. Buscó unos audífonos, se recostó en su cama y lo puso a funcionar. Lo primero que sonó fue el adagio del Concierto para oboe en D menor, de Alessandro Marcello, una obra que en su momento impactó tanto a Bach que decidió transcribirla para piano. La versión que tenía Rhodes estaba interpretada en ese instrumento, nada menos que por Glenn Gould. “Fue como rozarle la cara a Dios”.

Esto sintió al oír el adagio. Y de inmediato pensó que podía salvarse. La música, de nuevo, venía a su rescate. Bach, otra vez. Como cuando tenía 7 años y encontró un casete en su casa, lo puso en su Walkman Sony y oyó una obra que luego supo que era el último movimiento de la Partita para violín solo n.° 2 , del compositor alemán. Su famosa chacona. Al oírla, cuenta, “no me subí volando al techo ni me alejé del dolor físico de lo que me estaba pasando, sino que llegué al interior de mí mismo”. La música se volvió su refugio. Cuando oyó el adagio, en la clínica, decidió recuperarse y buscar la manera de salir de allí. Dos meses después lo dieron de alta.

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1980. James Rhodes tiene 5 años. Es tímido, un poco nervioso. Estudia en un colegio de niños ricos en Londres, que queda en la misma calle de su casa. Durante las primeras clases de gimnasia siente algo de miedo porque no es muy hábil trepando cuerdas ni persiguiendo balones. James se aleja un poco. El profesor Peter Lee se da cuenta de eso, pero no le preocupa que el niño no cumpla con los ejercicios. Le sonríe, como dándole ánimo, o es lo que entiende James. Así es cada vez que tiene clase con él, hasta el día en que Lee lo llama y le pide que se quede para ayudarlo a guardar las cosas en el cuarto de atrás del gimnasio. James se siente especial: el profesor lo ha elegido para esa tarea.

A partir de ese momento comienzan cinco años de abusos sexuales. Cinco años de violaciones que Rhodes soporta en silencio, por vergüenza, por miedo.

Nadie se da cuenta. Ni sus padres, ni sus compañeros, ni los otros profesores. James guarda silencio. Porque así se lo exige el abusador, y también porque siente que él mismo está haciendo algo malo, que puede ser su culpa. Incluso cuando tienen que operarlo de la columna debido a los traumas generados por las violaciones, mantiene la verdad en reserva. Nadie se imagina la razón por la cual tiene la columna destrozada. Suponen que es algo de nacimiento. A los 10 años lo cambian de colegio, pero a ese lugar nuevo llegó siendo otro James. “De un día para otro, pasé de ser un niño lleno de vida que bailaba, que daba vueltas, que reía, a ser un autómata aislado, de pies de cemento, apagado”, escribe en Instrumental, el libro en el que narra su historia. Pero encuentra lo que él dice que salvó su vida: el casete, Bach. La música.

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Hoy, Rhodes –nacido en Londres en 1975– es un pianista reconocido no solo por su talento como intérprete, sino por el libro que escribió y que le implicó una larga lucha judicial. Su exesposa, con quien tuvo un hijo, quiso impedir que lo publicara por temor al daño psicológico que pudiera generar en el niño. Se enfrentaron en los tribunales. El pleito duró casi un año y, en primera instancia, el fallo le dio la razón a ella. Rhodes apeló la decisión y logró que al final los jueces afirmaran que “la libertad de contar la verdad es un derecho básico al que la ley otorga una muy alta protección”. Instrumental salió al mercado y en pocos meses se ha traducido a dieciséis idiomas. Un libro duro que relata las consecuencias, a corto y largo plazo, generadas por el abuso sexual. También es un libro que tiene esperanza, la esperanza que ofrece el arte.

Después de tantos años de silencio, ¿cómo se hubiera sentido sin poder publicar el libro?

Aterrador. Me hubiera sentido amordazado. Escribir el libro fue muy difícil. Mirar hacia atrás y pensar que podría haber hecho tantas cosas de otra manera. Pero estoy contento de haberlo hecho. La sola idea de no poder hablar de mi propio pasado era aberrante.

¿Conversó con su hijo sobre el libro?

Sí, y él no está interesado en leerlo en este momento. Tal vez lo lea cuando sea mayor. Espero que, si lo hace, se dé cuenta del amor que le tengo.

En el libro dice que espera poder perdonar algún día al profesor que lo violó durante tantos años. ¿Ya llegó ese perdón?

Todavía no. Me parece importante hacerlo porque en el perdón uno encuentra libertad. Eso pienso. Pero la ira todavía me mueve, y temo dejarla ir.

Si una víctima de abuso sexual está leyendo este artículo, ¿qué le diría?

Primero, que siento que también haya pasado por algo tan horrible. Que busque un terapeuta de confianza o a un amigo con el que se sienta cerca y que la escuche con bondad y compasión. Creo que hablar es lo mejor. También me gustaría sugerirle que busque algo creativo para hacer, sea la escritura, la música, la pintura. Y, sobre todo, le pediría algo que es casi imposible: que no se culpe y trate de encontrar un poco de amor por sí mismo.

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Cuando James Rhodes empezó sus estudios universitarios, inicio también el recorrido por las drogas. Desde adolescente conocía el tabaco y el alcohol, después llegó a la marihuana, la cocaína, la heroína, los ácidos. Era un muchacho solitario, ansioso, lleno de tics, de manías, de obsesiones. “Guerra es la mejor palabra para describir la vida cotidiana del superviviente de una violación. (...) Es muy fácil suponer que los abusos terminan cuando el abusador ya no está presente. Para quienes los han sufrido, la cosa no ha hecho más que empezar”, dice en Instrumental. Sus padres vieron lo que estaba pasando con las drogas y lo llevaron al psiquiatra. En la primera cita el médico decidió internarlo en un hospital. Fue el primero de muchos ingresos.

En un momento Rhodes sintió que podía retomar su vida. Viajó a París, dejó el alcohol, compró un piano, conoció a la mujer que sería su esposa, consiguió trabajo en la City londinense, empezó a ganar dinero. Una fachada. El dolor seguía guardado. Cuando supo que iba a ser papá, la desesperación volvió a aparecer. “Empecé a sumirme en una desesperación y un pánico cada vez más profundos”, cuenta. Y no sabía por qué. Años después lo entendió: temía que a su hijo le sucediera lo mismo que a él. Llegó entonces al siguiente paso de autodestrucción: sus intentos de suicidio. Rhodes navegaba por internet en busca de maneras de hacerse daño. Ahí encontró información sobre algo que después se le volvió hábito: cortarse los brazos con cuchillas de afeitar.

Aunque en su cabeza reinaban las ideas de acabar su vida, siempre buscaba la música como rescate. Como el dinero no le hacía falta, pensó que era buen negocio convertirse en mánager de un pianista ruso que admiraba por encima de todos: Grigory Sokolov. Llamó a su agente, Franco, y le propuso ser su socio. Se reunieron. En medio de la conversación, Franco le preguntó a Rhodes si tocaba el piano. James le dijo que un poco y se sentó ante un piano que había en la sala. El agente le dijo que nunca había oído tocar así a una persona que no fuera profesional. Y agregó: “No te vas a convertir en mánager, vas a estudiar piano y a tocar. Puede que no triunfes. Pero debes intentarlo”.

Hoy, Rhodes tiene cinco discos publicados. A su estilo, con el repertorio que lo ha marcado. El primero se titula Razor Blades, Little Pills and Big Pianos (Cuchillas, pastillas pequeñas y pianos grandes) e incluye, por supuesto, la chacona de Bach. El segundo es Now Would All Freudians Please Stand Aside (Ahora, por favor, que los freudianos se aparten), frase que tomó de Glenn Gould; el tercero, Bullets and Lullabies (Balas y canciones de cuna); el cuarto lo tituló Jimmy, como le dicen sus amigos cercanos; y el quinto, Five, Piano Recital. En todos revela su modo de ver la música clásica, que para él debe estar más cerca de la gente, sin acartonamientos, con una puesta en escena cotidiana y relajada. Rhodes toca en sus conciertos en jeans y tenis. “A la industria de la música clásica no le gusta el cambio, y quiere mantenerse solo para la gente rica y vestida elegante –afirma–. Eso me vuelve loco de rabia”.

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Cuando toca el piano, ¿qué es lo más satisfactorio y qué es lo más difícil?

Lo mejor es ser capaz de desaparecer entre la música. Tocar piezas que he escuchado y de las que me he enamorado desde niño. Lo difícil es que no siempre soy capaz de tocar a la altura de las intenciones de los compositores.

Usted creó su propio sello musical, al que también llamó ‘Instrumental’. ¿Qué proyectos musicales tiene en camino?

Estoy planeando un nuevo álbum, un montón de conciertos, nuevos libros, un programa de radio y otras cosas divertidas. ¡Y siempre ando en busca de artistas talentosos que tengan algo que decir! También espero visitar pronto Colombia, algunos amigos han ido y me han dicho que es un lugar increíble.

¿Por qué se tatuó el nombre de Rachmaninov en su brazo derecho?

¡Porque es maravilloso! Un compositor genial que se lanzó a la música romántica cuando otros iban en direcciones nuevas y extrañas. El tatuaje me recuerda cuánto brillo hay en el mundo si nos ceñimos a lo que creemos.
James Rhodes permanece atento para no caer de nuevo en cualquiera de las trampas que lo dominaron en el pasado. Sabe que nada le asegura superar del todo lo que vivió. “Las violaciones infantiles son el ‘Everest’ de los traumas”, dice. Pero se aferra. Al amor por su hijo, a su nueva pareja, a sus pocos y buenos amigos. A la música. Se aferra a lo que alguna vez dijo Schumann: “Mandar luz a la oscuridad del corazón de los hombres: ese es el deber del artista”.

MARÍA PAULINA ORTIZ
REDACCIÓN EL TIEMPO

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