"Soy Andrés Parra"

"Soy Andrés Parra"

BOCAS entrevistó al actor que interpretó a Pablo Escobar en la exitosa serie El patrón del mal.

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25 de mayo 2016 , 03:23 p.m.

No fue fácil. Negarse a interpretar nuevamente a Pablo Escobar –el papel televisivo que más lo ha marcado hasta el momento– significaba dejar de recibir 160.000 dólares al mes.

No fue fácil porque, una vez más, pensó en ese apartamento gigantesco con el que siempre había soñado y, de paso, recordó sus inicios en la actuación, cuando a duras penas la plata alcanzaba para arañar el fin de mes, o cuando lloraba en el regazo de su madre enfrentado a la pregunta de si podría llegar a ser actor o no.

“No fue fácil –dice–, porque eso implicaba perder mucha plata, mucha. Y hay que tener las cosas muy claras para poder hacer eso porque, incluso, con las cosas tan claras, uno llega a pensar: ‘¿Será que se me está yendo la mano?’. Pero ahora sé que hice lo correcto”.

Tras abrir la puerta de su apartamento, Andrés Parra, el afamado actor bogotano que se atrevió a decirle “no” a un sueldo de 160.000 dólares (¿cuántos hacen eso a cambio de no repetirse?), desaparece unos minutos y regresa enfundado en un traje de ciclista. “Ahora voy a salir a montar un rato”, explica. La bicicleta ha sido uno de los secretos para que consiguiera bajar unos 40 kilos en poco más de dos años. Para la mayoría, se trataría de una cuestión de salud (que también), o de vanidad (que no mucho); pero para él, como la mayoría de las cosas, pasa más por una inquietud artística que tiene que ver con su profesión. “Es como convertirme en otro, me permite hacer otros papeles, mirarme de una manera diferente”.

Esa posibilidad de “convertirse en otro”, su ya celebrada habilidad camaleónica, es una de las características de su trabajo que más le admiran en el medio, y que lo ha convertido en uno de los actores más respetados del país (si no, el más). Carlos Moreno, quien estuvo al frente de Escobar, el patrón del mal se sorprende de la capacidad de transformación de Parra. “Cuando terminaba de grabar y se quitaba la peluca la gente se demoraba para reconocer que era la misma persona”. Klych López, quien lo dirigió en el largometraje Siempreviva, lo define como un actor “en todo el sentido de la palabra”, cuya capacidad de entrar en situación de un momento a otro “lo deja a uno entre asombrado y maravillado”.

Parra asegura que su carrera como actor es más producto de una revelación, de una especie de epifanía, que de una decisión o un empeño consciente. El menor de cuatro hermanos fue siempre un niño solitario y en el colegio, debido a su habilidad casi nula para los deportes, se la pasaba hablando de todo y de nada con un par de compañeros igual de retraídos a él. “Siempre estaba como en contravía. A mí me daba pereza el prom, el fashion show, todo eso por lo que la gente se hacía matar, a mí me importaba cinco. No me sabía ninguna canción de Los Prisioneros ni de Soda Estéreo, pero me encantaban Pavarotti y Juan Gabriel. ¿Por qué? No sé”.

Un día que la lluvia les impidió ocupar su lugar tradicional en el descanso, Andrés, en ese entonces de ocho años, sugirió refugiarse en la capilla del colegio. Cuando estaba a punto de entrar abrieron la puerta desde adentro y salió un estudiante de los grados superiores, seguramente de once, con el cabello lleno de talco y cejas de algodón encarnando a un rey que de lo precario parecía escapado de un pesebre. “Yo lo vi y lo único que pensé fue: ‘Yo quiero ser eso’”.

Esperó años para que lo dejaran formar parte del grupo del colegio (solo los estudiantes de secundaria podían pertenecer), y luego fue tanta la dedicación que, tras haber sido un estudiante aplicado durante casi todo el colegio, perdió un grado tras otro, ocupado en actuar, dirigir y hasta producir sus propias obras.

Era tanta su pasión por el teatro que cuando le dijo a su padre, un poco condescendiente, que quería ser piloto, este lo regañó. “Me dijo que lo que yo tenía era miedo de ser pobre y que ese no era el hijo que él había educado. ‘Usted lo que quiere es ser actor, así que vaya y sea el mejor’”.

Su padre, un hombre estricto y trabajador, que sin embargo era capaz de unas impresionantes muestras de cariño, fue otra víctima más de la violencia. Cuando Andrés tenía unos 12 años, don Horacio Parra fue secuestrado en una finca de su propiedad en el pie de monte llanero. Solo cuando habla de esos momentos su rostro se ensombrece y su buen humor desaparece. “A mi papá nos lo apagaron”, reflexiona en voz baja.

Gracias al talante de este hombre, que alguna vez se conmovió hasta las lágrimas por haber tenido que reunir todo sus ahorros para cancelar el dinero del rescate y no tener siquiera con qué pagar el tratamiento de ortodoncia de su hijo menor, Andrés Parra reunió de nuevo el valor y se inscribió en la escuela del Teatro Libre.

De sus épocas de estudiante le quedaron profundas convicciones, una sólida preparación actoral y Sebastián, fruto de una relación con una de sus compañeras de la escuela (“eso fue entre Shakespeare y Chéjov y tenga”); un chico que hoy tiene 14 años y con quien lo une una relación inmejorable. “Como fui papá muy joven siento que entre nosotros hay una mezcla de autoridad y amistad muy chévere”.

Después de una temporada en la que hizo de todo –hasta disfrazarse de Papá Noel con el fin de conseguir con qué mantener a su hijo–, Parra decidió olvidarse de los prejuicios del teatro y comenzar una carrera en televisión. En 2005 le dieron el papel de un detestable abogado llamado Lorenzo de la Pava en la telenovela Por amor a Gloria, al lado de figuras como Carolina Acevedo, Silvia de Dios, Lully Bossa, Isabella Santodomingo y Juan Pablo Raba. “Eso sí, hice como siete castings. Me citaban a las once de la mañana y me llamaban a presentar prueba a las ocho de la noche, y cuando comencé a grabar, como no tenía carro, llegaba seis horas antes del llamado y me devolvía a mi casa diez horas después, porque tenía que esperar a que salieran los buses de la producción. Yo he hecho todo el proceso: me he quedado sin trabajo, me han dejado de llamar, todo”.

Esas épocas parecen haber quedado atrás. Ahora resulta muy difícil encontrar a alguien que no sepa quién es Andrés Parra. Antes de consolidarse como la figura televisiva que es hoy en día, ya había asombrado a los aficionados al teatro con una magistral interpretación en Pillowman, una pieza del dramaturgo irlandés Martin McDonagh que fue elegida como la mejor obra del 2010 (para ese entonces su recorrido teatral incluía una gran variedad de montajes que iban de La Orestiada a Bodas de sangre pasando por El rey Lear, Julio César y hasta En la diestra de Dios Padre).

En 2009 ganó sus dos primeros premios, un India Catalina como mejor actor protagónico de una serie, por su interpretación de un narcotraficante llamado Anestesia en El cartel de los sapos, y el Mayahuel de plata a mejor actor iberoamericano en el Festival de Cine de Guadalajara, por su papel de un sacerdote en el largometraje La pasión de Gabriel, el mismo trabajo por el cual recibió el reconocimiento como mejor actor principal en la primera edición de los premios Macondo, que se le otorgan al cine colombiano. Para entonces, aunque pocos lo recordaban, Parra había formado parte de cintas tan reconocidas como Satanás, El amor en los tiempos del cólera y Perro come perro.

Hoy los galardones son más de una docena (pero ¿quién los cuenta?) y tienen un lugar especial en su estudio. “No me desvelo por los premios, pero si me gano uno me lo gozo”. Las estatuillas y una serie de fotografías de paisajes tomadas por él (su afición y distracción) son casi la única decoración de un apartamento particularmente sencillo, donde hoy comienza a prepararse para su próximo reto, el mismo que confirma una sensación que Parra ha tenido por años. “El poder de mi palabra es algo que a mí me sorprende”, asegura hoy. “Quisiera interpretar a Hugo Chávez, es un personaje fascinante, actoralmente hablando”, dijo hace casi dos años. Como una premonición…

Además de la fotografía (y sus predicciones), ¿qué otros pasatiempos tiene?
De chiquito era un enfermo por el Lego. Me gustaba hacer cosas grandes. Los pedía de Navidad, porque eran caros, y después me pasaba mes y medio armándolos. Tuve una época en que me engomé “tenaz” con el simulador de vuelo en el computador. Me hacía Bogotá – Madrid, que son como diez horas, sin problema.

Pero fue más que una afición. De hecho, en algún momento usted pensó en ser piloto.
Sí, pensé en ser piloto. Me parecía muy loco el tema de manejar un bicho de esos, siempre me han gustado mucho los aviones, pero después decidí que no, que lo que yo quería era otra cosa.

¿Lo decidió usted o fue porque su papá lo regañó?
A él le molestó mucho cuando yo le dije lo de la aviación. Me dijo: “Muéstreme un solo avión en su cuarto”. Claro, los pelados que quieren ser pilotos tienen el cuarto lleno de aeromodelos, cabinas de avión y cosas de esas, yo no, lo único que había eran afiches de teatro. Al final me di cuenta de que yo lo que quería era disfrazarme de piloto.

¿Lo mismo le pasó con la idea de ser torero?
A mí me encantan los toros, es un arte que me genera muchas inquietudes. Negar el arte en los toros es tan estúpido como negar la crueldad, son las dos cosas y se tiene que acabar, porque nos hemos vuelto mucho más sensibles y eso está bien. Yo pensé en ser torero. Tenía 12 años y alcancé a tener capote y muleta, entrenaba todo el día y soñaba con toros todas las noches, pero realmente la pasaba mal, era más lo que lo sufría que lo que lo disfrutaba, tenía pánico, me hicieron falta seis huevas más para ser torero, llegué solo con dos y para eso se necesitan ocho o diez, creo que como con los aviones, yo lo que quería era disfrazarme de torero.

¿Qué sintió cuando secuestraron a su papá?
Estaba muy chiquito entonces y como que no terminaba de entender, pero sí sé que eso afectó a mi familia tremendamente. Mi padre no era un hombre rico, pero siempre fue muy organizado con las cosas de plata, muy ahorrador, y con el secuestro perdió todo lo que había guardado para la vejez, se lo quitaron. Recuerdo cuando llegaron con la noticia, la angustia de mi mamá, de los amigos, las noches en vela en la casa, y luego el regreso de él, y un ambiente muy raro. La familia nunca volvió a ser igual. Mi papá se sentía muy impotente, muy triste. Él había encontrado la felicidad en ese sitio, era el lugar donde había decidido pasar su vejez y no pudo volver. Tenía todo un plan y se lo quitaron. Eso lo cambió a él para toda la vida, creo que a todos. Es muy difícil seguir igual después de haber sido víctima de esta guerra. El secuestro es una cosa muy fuerte, yo agradezco que me tocó chiquito porque eso es algo que le cambia a uno la vida, no importa si es político o económico. Lo de mi papá, como era por plata, se pudo resolver rápido, yo no me imagino lo que es un secuestro de diez años, eso puede acabar con la vida de todos.

Vamos a las tablas. ¿De dónde un niño de ocho años, sin ninguna vinculación artística, decide convertirse en actor?
No sé, cuando yo vi ese ensayo en la capilla del colegio decidí que eso era lo que yo quería hacer en la vida. Era una obra muy pequeña, creo que ni siquiera era el grupo de teatro del colegio, sino una obra de algún curso para la semana de la cultura o algo así, pero a mí me pareció maravilloso. ¿Cómo así que actuar? ¿Cómo así que uno se podía disfrazar? Me metí tanto en eso que perdí primero de bachillerato, y luego también perdí noveno, porque no solo actuaba, sino que me dio por dirigir mi primera obra a los 16 años. Me conseguí un patrocinio y entonces no solo dirigía, sino que también era el productor, me tocaba conseguir las vallas, mandar a hacer los afiches y las boletas, entonces, obviamente, qué colegio ni qué colegio, me eché el año.

Y se convirtió en actor…
Es que yo tenía que ser actor, no tenía otra alternativa en esta vida, tenía que serlo así me fuera mal.

Pero no fue fácil...
Nooooo, para nada. De hecho, poco después de entrar al Libre tuve una crisis terrible. Los primeros tres meses fueron horribles. Me acuerdo llorando en la cama de mi mamá y ella diciéndome: “Bueno, ¿y entonces qué más quiere hacer?”. Y yo le decía: “Nada, yo lo que quiero es ser actor”, pero seguía llorando. Fue un momento muy tenaz, sentía que eso me estaba quedando grande, pero que no tenía opción.

¿Crisis por qué?
Porque cuando entré a la escuela del Teatro Libre me di cuenta de que de verdad estaba haciendo un voto de pobreza. Yo quería no creer eso, quería creer que era una exageración, pero uno ve a los profesores de la escuela o pasa a La Candelaria y ve un teatro chiquito, con gente toda bohemia que apenas sobrevive, ¡y eso que era el mejor grupo de teatro de este país!, con un montón de premios, y mire a ver cómo están, trabajando con las uñas, fue muy duro, pero se me quitó rapidito y me comí la carreta del Libre, toda.

Porque el teatro venía con ideología…
Sí, y yo era cero hippie, que eso también era raro. Yo era un pelado de clase media, gordo, egresado del Gimnasio Campestre que quería ser actor de teatro. No tenía nada a mi favor. Estudiantes y profesores me miraban como diciendo “vamos a ver hasta dónde llega”. Yo entré al Libre convencido de que me quería graduar de allá y lo logré. Entramos 16 y terminamos nueve, la mitad se fueron.

¿Por qué entró al Libre?
Porque lo que sí tenía claro era que yo quería ser actor de teatro y para ser actor de teatro era el Libre o salir del país, y yo en ese momento tampoco tenía las huevas para irme. Igual, yo sí creo que el ideal es hacerse actor en su propio país, estar conectado con sus raíces a la hora de formarse.

Se graduó y ¿qué hizo?
Pues en ese momento tenía un hijo recién nacido, entonces lo que hice fue trabajar en lo que fuera para recoger plata. Quería asegurarme de que en un futuro no tuviera que tomar decisiones equivocadas como actor para tener que ver por mi hijo. Comencé siendo profesor de teatro en una academia y luego de expresión corporal en un colegio de niñas, trabajé en un restaurante, hice de Papá Noel, impulsé una marca de leche en un supermercado, participé en unas campañas para unos cigarrillos, hice de extra para comerciales; mejor dicho, “chisgas a la lata”, como los músicos, buscándome la plata. Duré como cuatro años en esa “volteadera”, tratando de reunir un millón mensual y nunca lo logré.

Hasta que se cansó...
Sí. Tengo muy claro el momento en que dije: “No le jalo más a esta güevonada”. Fue un día que tenía clase con las niñas de primero de primaria. Llegué con mi carpetica al salón a tomar lista y esas “chinas” ríanse y jodan y brinquen y griten y yo casi rogando: “Niñas, necesito pasar lista; niñas, por favor”. Eran treinta niñas gritando contra mí y yo les valía cero, como si no estuviera ahí. Me senté en un butaco, de esos chiquitos, con cara de desilusión, tiré la carpeta contra el piso y ni así me pararon bolas. No lo logré, no hubo clase, me quedé ahí sentado en un butaquito de niña hasta que sonó el timbre. Me puse a pensar “¿Yo que estoy haciendo aquí rogando para que unas niñas de siete años me paren bolas sin lograrlo? No puede ser que yo sea tan malo, si a mí en la escuela no me fue mal”. Ese día decidí que tenía que buscar otra cosa y dije: “¡Que se joda el Libre! Si no me vuelven a hablar, que no me hablen. Vamos a hacer todo lo que me dijeron que no se podía hacer”. Y me metí a trabajar en la televisión.

Y le fue bien...
Yo caí parado porque entré de una a una novela de las ocho de la noche, con un personaje secundario muy agradecido al que le saqué jugo. Me pude pegar mi lucidita, tanto que le escribieron un poquito más y un poquito más y me fui hasta el último capítulo.

¿Cuándo comenzó a sentir que era famoso?
Cuando me pidieron el primer autógrafo, con ese papel de Lorenzo de la Pava. Fue para Helen, la mesera de un restaurante, eso fue muy bonito.

¿Qué lo hizo volver al teatro?
Volví al teatro cuando me quedé sin trabajo en televisión, después de Por amor a Gloria. Me junté con otro compañero del Libre y montamos una obra. Ahí descubrí otra ventaja de la televisión, que mucha gente va a teatro para ver en persona al actor que ve en la pantalla. Siempre he tratado de ser yo quien me aproveche de la televisión y no al revés, y eso sirvió, porque estuve mucho tiempo sin trabajo. Salieron las películas Satanás, Doctor Alemán y La pasión de Gabriel, pero es que el cine no da plata, la ventaja fue que yo ahorré todo lo que había hecho con la novela y ese sueldo lo estiré dos años. Estaba en las últimas, me quedaban 300.000 pesos en la cuenta cuando me salió lo de El cartel de los sapos, y de ahí no he parado.

Y se convirtió en una estrella.
No, ahí comencé realmente a vivir de esto, pero no caí en la trampa del sistema. Yo tenía un Renault 12 y seguí con mi Renault 12, no me compré una camioneta, ni una acción en el Country, ni alquilé una casa en Peñalisa, ni empecé a ir todos los fines de semana a Cartagena. Seguí siendo el mismo güevón con el mismo jean de Los tres elefantes y la misma camisetica de un dólar que me regaló mi mamá. Eso sí, comencé a invertir para poder vivir de algo que es tan inestable, pero no cambié de estrato, que es algo que pasa mucho en este medio, seguí almorzando pollo y comiendo perro en la calle, no en Harry Sasson; es más, nunca he ido a Harry Sasson.

¿Entonces para qué trabaja tanto? ¿Cuáles son sus lujos?
Ahora me estoy dando el lujo de viajar, que fue algo que en esa época tampoco hacía. Ahorro un tiempo, me privo de otras cosas y me doy unos viajes chéveres, eso es lo que me gusta. No sueño con un carro de lujo. El día que tenga mucho, mucho dinero, mi extravagancia sería comprarme un apartamento muy grande, no sé por qué, pero me gusta la idea de tener un sitio con muchos espacios. Con eso sueño, no sé si lo logre.

Usted es un actor de teatro que no va a teatro.
No, la verdad no me gusta mucho. Cero. Igual me fascina hacer cine, pero tampoco voy a cine [risas], ni soy un gran lector, ni conozco la carrera de ningún actor, ni hablo con seguridad de las películas de determinado director, no. Claro, en las reuniones, cuando me junto con gente así como muy inteligente y como muy sabida, pues miento con descaro. Imagínese que pregunten: “¿Te viste tal película de tal director?”, y uno diga que no, se caga en la reunión. Lo que sí me gusta mucho es ir a ver a mis amigos actuar, pero porque son mis amigos. Yo puedo no ir al Festival Iberoamericano de Teatro, sin ningún problema, me puedo ir a la finca en Semana Santa y no ver ni una sola obra.

“Cuidado con lo que deseas”, dicen por ahí. Usted quería interpretar a Pablo Escobar, lo dijo en una entrevista cuando estaba en El cartel de los sapos.
Hacer de Pablo Escobar fue una bendición, pero también una maldición. Esa producción se jodió al tercer día, se salió de control, llegó un momento en que se descarriló, nadie sabía para dónde íbamos ni de dónde veníamos, era un proyecto demasiado grande y atropelló a todo el mundo, nadie calculó que iba a costar lo que costó, ni lo que iba a implicar, ni lo difícil que iba a ser, ni las presiones que iba a tener, o mejor dicho, lo calcularon, pero todos los cálculos salieron mal. Fue un proyecto muy duro, con unas condiciones muy exigentes. Al final, cada ocho días llegaba un asistente nuevo, la gente renunciaba porque no aguantaba, los mandaban a hacer Escobar y era como un castigo, nadie quería trabajar ahí, eso era como si lo mandaran a una zona de guerra. Vivíamos tan estresados que todo era a los madrazos, conflictos entre los equipos, roces, gente peleando, era tenaz.

Y a usted casi le cuesta el noviazgo, ¿cierto?
Sí, claro, la relación con la novia hecha mierda, destrozada… Pues claro, uno todo el tiempo de mal genio, aburrido, viviendo en un hotel seis meses sin poder salir porque la gente no dejaba, se me echaba encima. Recibía insultos en Twitter de gente que me decía “vendido”, “narco actor” y que ojalá me mataran como a Escobar. Yo soy una persona calmada, y ahí se me salió la madre, perdí el control, un día cogí a una asistente y le dije hasta de qué se iba a morir, por una pendejada “trapié” el piso con ella, fue horrible. Luego le ofrecí disculpas y ella fue muy profesional y entendió, me disculpó y me ayudó. Yo fui otro después de ese episodio, había estado acumulando muchas cosas y estallé, encontré una disculpa y me descargué, por fortuna ella también entendió que había sido la reacción de alguien desesperado. Toda la presión caía sobre mí porque yo era el que estaba grabando todos los días, todas las escenas. Todos los actores pasaban por mí, todas las escuelas, todos los egos, todos los lenguajes, todas las mañas, todo. Yo tenía que atender a la reina, a la modelo, al actor superculto que llegaba a darme clases, al comemierda, al querido, al rabón, al malo, al bueno y, cuando no estaba grabando, a los periodistas. Me entrevistaron hasta de Al Jazeera. Yo lo digo con orgullo, me considero un sobreviviente de ese proceso.

¿Cómo va la preparación de su nuevo personaje, el comandante Hugo Chávez?
No me puedo referir al tema.

¿Cómo se ve a sí mismo como actor?
Como el actor que quiero ser. He perseguido el respeto, no la fama, y siento que voy por el camino que es. Quiero ser un actor importante a nivel latinoamericano. Sigo contra la corriente, como cuando era un “pelao”, ese es como mi radar, cada que tomo una decisión que sorprende a todo el mundo sé que voy bien. Siento que como actor he sido coherente y en la medida en que siga así voy a llegar a donde quiero, ser un actor importante, no un escándalo importante o un famoso importante, sino un actor importante.

SERGIO RAMÍREZ
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 51 - ABRIL 2016

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