La ópera del malandro

La ópera del malandro

Brasil sigue siendo un país promisorio. A los jueces corresponde proteger esta democracia.

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24 de mayo 2016 , 04:30 p.m.

Hasta hace poco hablábamos de Brasil como el ejemplo de un país donde la izquierda gobernaba de manera más que exitosa. Lula da Silva, un obrero metalúrgico entrenado en las fraguas sindicales, había conquistado a puro pulso electoral la Presidencia, hasta llevar al poder a su Partido de los Trabajadores; y sus programas sociales habían logrado que amplios sectores de población dejaran la pobreza para incorporarse a la clase media. Treinta millones de personas de la llamada “economía sumergida” pasaron a tener un salario formal, nada menos que un 15 por ciento de los habitantes.

Estos programas de asistencia no contradecían a la economía de mercado, que seguía funcionando a plenitud, para felicidad de los empresarios, entre ellos quienes talaban la selva amazónica con el fin de sembrar soya y venderla a China; y por primera vez el crecimiento sostenido parecía ser obra de la continuidad, pues Lula no había hecho tabla rasa de las políticas de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, como suele ocurrir en América Latina a cada cambio de gobierno.

Y Lula pudo escoger como sucesora a una antigua guerrillera urbana, encarcelada y torturada por la dictadura militar. Dilma Rousseff era la heredera de un modelo exitoso, a la cabeza de un país que se colocaba entre las 10 economías más grandes del planeta, listo para colarse entre las cinco mayores, al lado de Estados Unidos, China e India, y que reclamaba un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Nadie metió nunca a Brasil en el saco de los gobiernos populistas fallidos, y era fácil hacer comparaciones con Venezuela, donde más bien la pobreza seguía creciendo. Hasta que comenzaron las protestas masivas en las semanas anteriores al Mundial de Fútbol del 2014. Millones salieron a las calles en más de 200 ciudades, pidiendo la renuncia de la presidenta.

Es cierto que la economía se había desacelerado, llegando la inflación y el desempleo; pero el edificio comenzaba a venirse abajo porque lo carcomía la polilla implacable de la corrupción, escándalo tras escándalo que llegarían a alcanzar al propio Lula y a su círculo más íntimo, y del que no se escapan tampoco los líderes de los partidos de oposición, diputados y senadores.

Todo comenzó desde entonces a parecerse a la Ópera de Malandro, el musical de Chico Buarque de Holanda que tiene por personajes a los arribistas y buscones del dinero fácil salidos de los bajos fondos. Estos otros, más conspicuos, se atropellan en la carrera para hacerse millonarios de la noche a la mañana.

En las cámaras legislativas, donde la presidenta Rousseff fue desaforada, la cuchilla pende sobre las cabezas de más de la mitad de diputados y senadores, acusados de delitos de corrupción y hasta de narcotráfico y homicidios, según la organización independiente Transparencia Brasil.

Un alegre y ruidoso escenario de vodevil. Hay 28 partidos políticos, entre los que se repite la denominación ‘cristiano’, pues no pocos son apéndices de sectas religiosas. El payaso Tiririca ganó su asiento de diputado con un mensaje simple: “¿Qué hace un diputado? La verdad no lo sé, pero si votas por mí, te lo diré”.

La sesión donde se desaforó a la presidenta Rousseff fue un reality show insuperable, seguida como un partido de fútbol, cada voto cantado en versos rimados o en prosa, y dedicado a “la familia cuadrangular”, a la secta evangélica de pertenencia, a la madre querida, al hijo por nacer, al cumpleaños de la tía solterona, y a los torturadores del tiempo de la dictadura.

El diputado Jair Messias Bolsonaro, quien ha cambiado siete veces de partido y aspirante a la Presidencia de la República, evocó el triunfante golpe militar de 1964, al emitir su voto “por la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el pavor de Dilma Rousseff…”. El coronel homenajeado dirigió un centro de tortura, y al llegar la democracia fue procesado y condenado.

Brasil sigue siendo un país promisorio, diverso, creativo y sorprendente. A los jueces toca apuntalar ahora el edificio de la democracia con más electores en América Latina, metiendo en cintura a los malandros.


Sergio Ramírez

www.sergioramirez.com
@sergioramirezm

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