Una impresión de Lilian Tintori

Una impresión de Lilian Tintori

Es posible que Tintori se convierta en una opción política eficaz en el futuro próximo de Venezuela.

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23 de mayo 2016 , 06:59 p.m.

Entre los tantos y tantos errores como ha cometido la errática dictadura venezolana, el peor fue hasta hoy la condena a prisión de Leopoldo López después de un juicio sumario, compuesto a las carreras, porque con eso desplazó el foco de la atención pública hacia su mujer.

En el principio ella se limitaba a aparecer junto a su marido como una presencia traslúcida en las actividades políticas de la oposición, con su sonrisa de colegiala que acreditaba un odontólogo responsable. Con sus diademas de margaritas, más recordaba una novia de vacaciones que una esposa seria, o una pera en dulce, más que una copartidaria comprometida.

Pero cuando él, Leopoldo, fue reducido al silencio de la cárcel en aislamiento, en la soledad del amor Lilian Tintori comenzó a irradiar con luz de aurora. Y la voz amable de una joven mujer con un discurso sencillo, tranquilo, coherente y generoso, sin rencor pero con rabia más que justa, es ahora el peor enemigo de las verbigeraciones de Nicolás Maduro. Ojalá la fuerza suave de la ternura femenina sea invencible, como piensan algunos optimistas de la línea dorada. Porque Maduro es un vecino exasperante. Y todos estaríamos mejor sin él. Incluso sus amigos cercanos.

La dictadura madurista convirtió a Lilian Tintori en la embajadora viajera de un país harto de experimentos arbitrarios y de improvisaciones macabras: corriendo por todos lados, junta voluntades, doliente y digna; concede entrevistas, asiste a congresos de mujeres. Y objetiva la desgracia de un país caído en la oscura trampa del engendro ideológico del socialismo del siglo XXI, ese grotesco sancocho de grillos donde hierven al mismo tiempo un millonario masón dado a la melancolía llamado Simón Bolívar, un senescente Fidel Castro terco como una mula, y Guaicaipuro, claro, y Jesucristo, y el filósofo Evo Morales, y el odio a Colón, y a los Estados Unidos, a Santander y a Álvaro Uribe, y la complacencia con las más reaccionarias teocracias del mundo en una lógica perversa. Donde cabe incluso el culto de los sombreros de paja. Y un avión gringo por la tarde para despertar la compasión de los imbéciles. Todo con el fin confeso de precipitar el fin del capitalismo, de realizar la profecía horra de la crisis definitiva de Occidente, inducida por un idealismo tártaro. Pero no se trata de reseñar las inconsistencias de una espeluznante fantasía política. Sino de la presencia peligrosa y real de Lilian Tintori.

Yo estoy por creer que la derrota del chavismo en las elecciones para la nueva Asamblea Nacional, hasta diciembre copada por los gamberros herederos de las lecturas enloquecidas del indigesto erudito que fue Hugo Chávez, se debió en mucha parte a la irrupción de la belleza y el valor en el espacio de un marido secuestrado. A la inteligencia, tan atractiva siempre, que el instinto les da a las mujeres cuando, como la misma Lilian Tintori dice con angelical franqueza, les quitan a sus hombres.

Maduro y sus secuaces, al encarcelar a López, se inventaron sin querer una opositora que no se deja amilanar con el espectáculo de los desfiles militares o con las amargas humillaciones del sistema carcelario que retiene al papá de sus hijos. Porque el amor herido de una mujer no se puede amedrentar cuando defiende sus derechos contra la tiranía.

Es posible que Lilian Tintori se convierta en una opción política eficaz en el futuro próximo de Venezuela, junto a las otras mujeres de los alcaldes detenidos sin apelación posible, esposas y madres. Entre todas las personalidades de la oposición al autócrata, ella irradia eso que llaman el carisma, y despierta una simpatía que lo pone a uno del lado de los venezolanos que se resisten a perder la libertad de expresión y de prensa, de los que defienden la división de los poderes y apelan al referendo revocatorio en una situación límite como la que vive Venezuela ahora, en pie de lucha contra la barbarie política de los hunos y las hunas.

Eduardo Escobar

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