Saber ganar, saber perder

Saber ganar, saber perder

De veras una pena que Berrío y Marlos Moreno estropearan un final que todo Nacional merecía.

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21 de mayo 2016 , 08:39 p.m.

Aquiles y Héctor libran una lucha colosal a las puertas de Troya. Dos guerreros fabulosos debatiéndose frente a miles de ojos troyanos y griegos. Lastimosamente, uno de los dos tendrá que morir. Se impone la mayor fortaleza de Aquiles (Brad Pitt) ante la admiración general. Pero ese encanto se derrumba por la ferocidad excesiva de Aquiles, su encono desmesurado hacia Héctor (Eric Bana), quien en batalla anterior ha matado a un joven primo de aquel sin saberlo. Uno sale del cine casi despreciando a Aquiles. Es cuando el vencedor no vence. No ha sabido hacerlo. Faltó el honor. Los héroes nunca cruzan esa línea invisible de la ignominia o la humillación. Siempre tienen la templanza, la serenidad, aún en la supremacía y en el fragor. Acaso le faltó al director autoridad para ponerle límite al libre albedrío actoral de Brad Pitt. O acaso buscó eso, que no hubiera gloria.

Si Cronos les permitiera volver atrás, Orlando Berrío y Marlos Moreno sin duda cambiarían el epílogo de Atlético Nacional 3 - Rosario Central 1. Borrarían esa foto vergonzante de ambos agachados gritándole en la cara al arquero centralista Sosa, quien estoico, inmóvil, mira sin ver y recibe el rabioso escarmiento de los ganadores. Faltaba nada, segundos… la hazaña verdolaga estaba consumada, apenas los tres silbatazos para desatar el festejo glorioso. Pero ese detalle de enrostrarle el gol a Sosa derivó el festejo en un final miserable, borrascoso, más acorde a otras Libertadores, de décadas pasadas.

Berrío y Marlos son apenas culpables de arrebato. Invocaron racismo, lo cual no se puede confirmar ni desmentir. Tampoco se puede desmentir esa imagen tan desagradable. Se dejaron convencer por su furia interna y le dieron a Rosario Central la excusa para sentirse vulnerado, herido, cuando nada había sucedido que le diera para victimizarse. Una pena. Un día antes habíamos visto una final ejemplar de Europa League, en la que el Liverpool iba ganando, el juez no le dio un penal claro que podía determinar el 2 a 0 y luego el Sevilla se lo dio vuelta 3 a 1. Todo en un marco de deportivismo y corrección que siempre decimos admirar pero nunca emulamos en estas tierras. Allá, la corrección dio paso al honor.

Aquí tal vez el deportivismo debiera imponerse a fuerza de sanciones ejemplares. Pero la Conmebol no es la más adecuada impartidora de ejemplaridad. No tiene reservas morales para sancionar de verdad a nadie. Un tipo noquea a un referí y le dan 2 fechas. Y a la semana le reducen una… La Conmebol no puede quitarse el traje de inefable.

Los futbolistas, es entendible, están tensos, se juegan mucho porque el vulgo sólo admite triunfos, como un león que exige chuletas y hay que arrojarle una tras otra. Pero hay límites en todos los órdenes de la vida. Hasta en la guerra los hay. Y esa imagen tristísima de Coudet corriendo a todos, amenazando… El técnico debe ser un pacificador, no un tipo que deambula por el campo con un bidón de nafta. A veces pareciera que Coudet quiere ganar el Premio Nobel al centralismo. Ese premio no está en disputa, ya fue otorgado en propiedad a don Ángel Tulio Zof, un señor, un caballero educadísimo y sereno que nunca tuvo siquiera una palabra descortés ni con Newell’s Old Boys. Y aquel Central de Zof jugaba bien, y era campeón en puntos y en corrección.

De veras una pena que Berrío y Marlos Moreno estropearan un final que todo Nacional y ellos mismos se merecían por tan bella actuación. Obligados desde los 9 minutos a remontar un partido con tres goles. Y lo lograron con fútbol, con actitud, con fuerza. Fue, por grado de adversidad, la más brillante producción de Nacional en la Copa, que vuelve a instalarlo como primer favorito a la corona. Le sobra fútbol por todos lados a este Nacional. Mérito de sus jugadores y de ese notable entrenador que es Reinaldo Rueda, él sí siempre sereno, compuesto, incapaz del grito desaforado o el gesto descomedido. Pero Reinaldo no vende espejitos, hace un trabajo profesional e intachable. Merece la consagración que da una Libertadores.

Enorme el venezolano Guerra; enorme otra vez Armani al salvar el 2-2 en el minuto 94 (su excepcional triple tapada en Rosario ahora se cotiza en oro). Excelente Berrío generando desequilibrio con su tranco de gigante; bien Marlos Moreno, aunque no con la explosión de los primeros partidos; descontrolado Alexander Mejía, estaba para hacer tres rounds con Coudet. Flojo otra vez Sebastián Pérez y fantástica toda la línea defensiva, por lo que jugó y empujó. 

No sería justo ignorar el jugadón monumental de Andrés Ibargüén en un momento (minuto 95) en que las ideas no fluyen y la mente está borrosa, caliente. Un jugadón y centro notable hacia atrás que generó el gol del pase a semifinales. El técnico debe valorar acciones tan positivas.

Una lástima, también, el indecoroso final para Rosario Central, porque había hecho una bonita Copa, con buen fútbol y con un racimo de jugadores destacadísimos como Marco Rubén, Cervi, Montoya, el fracturado Pinola, el zaguero Esteban Burgos y el lateral derecho Víctor Salazar.

Las semifinales enfrentarán a Nacional con un flaco São Pablo, que no debería ser un obstáculo infranqueable. Es el peor momento de los clubes brasileños. Tuvo suerte de eliminar al Mineiro por el tirano gol de visitante. Del otro lado, tampoco Boca asusta. Ya empezó con su especialidad: pasar fases por penales. Y del sorprendente Independiente Del Valle y Pumas saldría el otro aspirante. De ninguna manera parece imposible. Menos si Nacional persiste jugando al fútbol.

Último tango…

JORGE BARRAZA
Para EL TIEMPO
@JorgeBarrazaOK

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