'Con lo que cuesta un mercado me podía comprar un carro hace 10 años'

'Con lo que cuesta un mercado me podía comprar un carro hace 10 años'

Venezolanos narran la dura situación a causa de la inflación y la crisis económica.

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21 de mayo 2016 , 06:16 p.m.

“Ve tú al mercado porque a mí me da miedo”, dice la esposa en un estacionamiento en Caracas. Se podría pensar que el miedo es por la inseguridad, pero en realidad es el temor que se siente ante la cuenta que se va a pagar. Hacer mercado en Venezuela, literalmente, pone los pelos de punta.

“En el mercado del lunes pagué 34.000 bolívares y no compré carne ni pollo. Con el equivalente a eso, hace 10 años (34 millones de bolívares, antes de que el presidente Chávez ordenara quitar tres ceros al bolívar) me compré el carro. Es tu turno de pasar por esa angustia”. Lo convence. Le toca al marido hacer los malabares con el presupuesto.

Es la discusión que, bolívares más o menos, se repite en cada familia venezolana, no importa su tamaño. La celeridad con la que los precios han subido durante 2016 es tal, que se siente incluso a ritmo semanal. No es para menos: hace dos semanas, el pan de sándwich costaba 700 bolívares; esta semana llegó a 1.100. Un huevo, un solo huevo, cuesta 100 bolívares, el billete de más alta denominación del país.

El monstruo de la hiperinflación respira a todos en la nuca, desde temprano en el día. El clásico café mañanero que hace dos meses costaba 200 bolívares, pasó hace un par de semanas a 300 y amaneció el lunes a 400. El pastelito de queso costaba en una famosa pastelería italiana 350 bolívares la semana pasada, pero desde hace cinco días saltó a 600. “No conseguimos mantequilla ni harina, tenemos que pagar a revendedores y las cantidades son mínimas”, se lamenta la dueña del negocio, con pena ante los clientes, a quienes les duele el bolsillo pero la entienden, y se limitan a comprar menos.

Si los grandes números estiman que la inflación cerrará este año con 700 por ciento de aumento, el bolsillo de cada venezolano dice que esa cifra puede quedarse corta. La masa de bolívares que hacen falta para vivir está tomando proporciones épicas, como le pasó al ingeniero Eduardo Taka, quien tuvo que pagar 270.000 bolívares solo por los repuestos de los frenos de su carro, el mismo monto que hace siete años le costó su apartamento de tres habitaciones en una de las zonas de clase media más bonitas de Caracas. “Los pagué pero me quedé ‘limpio’ (sin nada); la otra opción era estacionar el carro y no trabajar”.

En los sectores con menos posibilidades económicas, el asunto se plantea como de supervivencia. Cada día es, literalmente, un reto. Con el kilo de papa a casi 2.000 bolívares y con la tremenda escasez de harina para arepas y de arroz, los sectores populares acuden a tubérculos menos ‘nobles’ como el ñame o el ocumo para suplir el consumo de carbohidratos. El plátano sancochado es otro gran “resuelve”. Las proteínas, por su parte, se fugan de la mesa venezolana –el kilo de carne no baja de 4.000 bolívares y el pollo, de 3.000–, lo mismo que los embutidos. Un kilo de queso amarillo ya se cobra a 8.000 bolívares en algunos mercados, y vale recordar que el sueldo mínimo es de 15.000 bolívares.

Hace un mes, los precios de estos productos marcaban la mitad.En la redoma de Petare, los revendedores –mejor conocidos como ‘bachaqueros’– encuentran cada vez más difícil ubicar sus productos a los astronómicos precios que piden (una harina para arepas de 19 bolívares la venden a 1.500; un paquete de pasta de 25 bolívares lo venden hasta en 500, el sobre de un kilo de leche de 700 bolívares lo venden en 3.500, y así…). Por eso se inventaron formas tan detalladas como vender, en una bolsita, los ingredientes para una tacita de café con leche: una cucharada de café, dos de leche en polvo y un sobrecito de azúcar a 50 bolívares.

Pero todavía no se ve aquello de la ‘untada’ de desodorante, muy mencionada como epítome de la crisis. Celoso de su higiene, el venezolano se bandea con lo poco que tiene para no llegar a esos extremos, y en el peor de los casos “me he lavado el pelo con jabón a falta de champú”, dice una muchacha vanidosa que lamenta, sobre todas las cosas, que por ningún lado y a ningún precio consigue acondicionador.

EL TIEMPO
Caracas

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